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miércoles, 21 de julio de 2021
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Con amigos así

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Albertítere, tu abuelite: a pesar del patético desconche en bancos que lo salpica hasta el bigote y podría arruinar la mismísima cuarentena, Albertoángel tiene un plan y aferrado a él timonea en el horror pandémico por el pacman del coronacoso: dijo que “una economía que se cae siempre se levanta, pero una vida que cae no”, y esa definición lo explica todo acerca de su decisión de escoger la salud por sobre la economía. Debería ser una elección obvia, sin embargo en países ‘no bananeros’ han preferido la economía. Salvar el dinero para un mundo sin gente parece ser el genial nuevo axioma de los capitostes del capitalismo. Lo que debería abrirnos los ojos para el día después, si es que estamos entre los que zafarán de las invisibles ventosas del coronacrac: ¿cómo será posible construir un mundo más justo, solidario y empático con gente que prefiere la economía a la salud, su bolsillo al universo? Entre esos tipos y nosotros debería haber algo personal. Desde esa perspectiva tendría razón Byung-Chul Han, que en su polémica con Zizek vaticinó que de este berenjenal saldremos más individualistas, es decir que el propio capitalismo reemergerá fortalecido. Acaso al costo de carnear a su gran vaca sagrada, Estados Unidos. Será cierto que tiene los siglos contados… Y podría resultar peor, si se acentúan los cerrojos policíacos sobre las poblaciones y se instaura un monitoreo más grosero y vintage que el que, aunque no lo advirtamos, ya nos oxida las alas de la libertad. El sociólogo Alain Touraine ya se permite especular con el advenimiento de un neofascismo. El cimbronazo es tal, que el nuevo álter ego de las naciones pasaría a ser China, al ‘american way of life’ le habría sonado el despertador. No hace falta ser conspirativo ni apocalíptico para entrever hasta en nuestra amada Bolívar señales de alerta, cuando por violar la cuarentena la policía y la municipalidad sólo detienen y escrachan a pelunyines sin ‘cartera’ ni apellido, aunque ahora parece que aflojaron (como en todas partes, acá también tenemos hijos y entenados).

Nuestro presidente tomó un camino y lo defiende minuto a minuto, a lo ‘Masche’ contra Holanda en 2014, mientras va edificando una imagen positiva de ribetes inauditos en la democracia moderna vernácula. En el siempre inestable aquí y ahora todos somos albertistas: los peronistas con sobretodo, los kirchneristas paladar negro, los ‘independientes’ y esos antiperonistas a los que en el facebook del escritor Javier Chiabrando alguien propuso denominar peronchetos, y Chiabrando de un modo un touch más crudo. Incluso muchos radicales son albertistas, ven en Fernández cosas de Alfonsín. Si esto sigue así, pronto hasta algún trosko boleado enchastrará su celibato mezclándose en la new grey. Pero cuidado, that is the fiction: cuando la trilladora parta, los albertistas golondrina que se arrancan el cárdigan elogiándole al presidente templanza, esfuerzo y criteriosidad (es un neologismo muy de ellos), muy orondos desde el Monte Sinaí le facturarán la desocupación, el cierre de pymes, laburantes de oficios en la ruina, pibos sin clase, dengue, antiwichismo solapado, que Messi juega muy atrás y con esa cara, la sempiterna inseguridad que impide a venerables ancianas vacacionar encarteradas en bancos y un largo etcétera de flagelos de un íspa que, nunca sobra recordarlo, (otra vez) yacía al asador cuando el cumpa de Dylan llegó. No se levantaron buenos y piden más estado para ampliar derechos, se amigan un rato con ‘lo público’ para salvar sus privilegios. Pero el hacha caería aún más temprano sobre el rockstar del apellido que empieza con Fe, si se desbocara una pandemia que, aunque sigue esperándose lo peor, en nuestro país cabalga controlada. Es que no son solidarios y piolas todes los que lo apoyan en esta ‘hora-purgatorio’, hay mucho malo asustado que jamás guardará sus granadas hogareñas contra un gobierno popular que, muy en la trastienda de su almita, no puede dejar de ver como su enemigo. Acaso no sea que eligen la salud por sobre la economía, sino que sencillamente temen enfermarse, quizá se tocaron la frente y la sintieron caliente y aguante Fernández no Cris cerrando todo que total yo todavía ‘tiro’. Ha de ser muy duro para ellos, en esta instancia en la que tampoco pueden agarrárselas con esos moroches alma de caquite que, en toda la furia, alguna tarde de su vida sin terciopelo cruzarán la General Paz rumbo al centro porteño a panear vidrieras de objetos inalcanzables. Insisto: ya que somos inclusivos, con todos esos argentinos tendremos que elaborar una sociedad más sana con el pan que deje la pandemia, si es que semejante paliza sirve para algo más que desinfectar algún libro leyéndolo, aplaudir religiosamente a las 21 a médicos que puteamos todo el año, recomendarnos arte, ay, tan sensiblis que somos, postularnos pa humoristas y/o pa filósofos y postear cálidas fotos de hogar en sofocantes días en los que, ojal, de tanto definirse en la vidriera cambalache de las redes, ya hay algunes que empiezan a ablandarse. ¿Tiro una pálida si aviso que con los quetejedi será insalubre?

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A ese bolsón de argentinos vuelve a apelar la massmedia, al intentar reinstalar que la ‘clase política’ debería bajarse los sueldos. (Raro aún no se les ocurrió empúar un escrache contra los que viajan afuera, así dejan de traernos peste.) Grotescos, ya indujeron un cacerolazo mudo, porque cacerolear en casa es como bailar arquitectura, diría Elvis Costello. Y si el periodista de guerra Eduardo Feinmann llega a decir dos veces que clamar eso constituye una suerte de misión humanitaria con la que Argentina daría ejemplo mundial de que somos derechos y humanos, al toque saltarían varios dispuestos a jugarse la vida aporreando cacharros en el Obelisco para meter más ruido. Curioso: han vivido pidiendo consenso y chau grieta, y hoy que lo hay juegan a dinamitarlo. Intentarán asar un costillar con la chispa de que el ‘Capitán Beto’ tachó de miserables a empresarios que rajan laburantes en el ojo de este sismo en cámara lenta, y aunque apeste a obvia el gobierno no debería subestimar esa jugada, porque ya han demostrado que son capaces de meter un elefante por una hendija. El enemigo, que atesora en la intocada concentración mediática su trampolín, su ariete y su refugio, por más tosco no Agustín que parezca trabaja como una hormiga, y siempre hallará en los depósitos del ‘medio pelo’ el insumo indispensable de bocha de ñates sin una gota de dulzura dispuestes a pavonearse de Sra. Graciela SanCor. Peor, ahora tienen el desconche en bancos para seguir serruchando. ¿Trajeadas fieras con las que también habrá que salir a tejer un nuevo cielo cuando deje de llovernos?

Esta cuarentena mata cuaresma abre un tiempo de estentóreas contradicciones. Una es que alejándonos nos acercamos, encerrándonos a no compartir ni una miga somos solidarios, ayudamos a nuestro hermano desconfiando de él. Al revés que el slogan del 13, ‘estar cerca es muy malo’. Marche un freezer de amor. Otra es que con las calles y plazas cerradas como ni en dictadura, sin bares donde tramar una revolución de cotillón con dos de azúcar, reina una comunión que ni en Mundiales, y ya deberíamos darle el okey al desdeñado José Narosky, quien en uno de sus aforismos sentenció que “la nacionalidad agrupa hombres, pero sólo el dolor los une”. El dolor, o el miedo. Corre un inesperado loco riel que nos hilvana y empareja pa’bajo a todes, con el virus de locomotora. Son días opacos en los que parece prohibido enfermarse de algo que no sea coronacoso. Incluso estaría prohibido morirse hasta después de la pandemia, si uno anda apurado podría darse el gusto antes a condición de fenecer de un coronazo. ¡Coronazo mata bobazo!, y coronados sin gloria morir… Como sea, es triste pensar que sólo nos queda apostar al egoísmo de los malos para salvarnos todes, a que aflojen dos dentelladas su intrínseca voracidad no por buenos ni por satisfechos, sino por ladinos.

Chino Castro

 

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