22 de agosto de 2020
Salven a Juanjo, merece vivir. La Vida merece que viva, incluso más que él.
El escritor Juan José Sebreli batalla contra el coronavirus, como varios miles de argentinos. Resiste en una cama de hospital, después de haber instigado con sus intervenciones públicas de los últimos meses la marcha pro contagios del lunes, que tuvo uno menos: él mismo. Una movilización con un vaho destituyente, lo que queda demostrado en el hecho de que nadie quiso hacerse cargo de la convocatoria, como si a los líderes de la oposición y sus alfiles mediáticos les diera alguito de vergüenza.
Sebreli, el socio ideológico de un Brandoni que días atrás rompió a llorar en tv como si estuviera dándole la bienvenida a un nuevo nieto a este mundo corrompido por los populismos. Invocaron a San Martín pero son la patota intelectual.
Sebreli, uno de los cráneos de la infectadura. El que va del brazo con el diputuit Fernando Iglesias, otro encumbrado anti gobierno que invitó a reemplazar las cacerolas por fusiles para salvar la democracia. En la calle codo a codo son mucho más que dos, algunos más son, y según la massmedia encarnan la realidad, la verdad y el honor patriótico. Con covid si, ponele, pero enfermos de peronismo jamás, de la peor peste que existe siempre estarán a salvo, lástima el país, no se esclarece más. Ya lo dijo el actor Oscar Martínez, devenido nueva lumbrera del pensamiento nacional: desperdiciamos a ese gran estadista llamado Mauricio Macri, una síntesis impar entre conocimiento, sacrificio, talento y honestidad, y así se esfumó nuestra última chance de ser algo serio. Con el equipazo que había, otra que la Selección del ’94. Ahora sí, que nos tiren a los chanchos de una definitiva vez, o sea a los peronistas k.
El mismo Sebreli de Asedio a la modernidad asediado por la antigüedad, que eso es para él el peronismo, peor aún en su vertiente k. Qué ironía. El covid ha de ser peronista, todo lo malo lo es; ese bicho verdoso, como una cabeza parlante de púas purulentas, tiene cara de Aníbal Fernández. Pobre Canosa, cuánta ingenuidad, pretender desinfectarlo con un chorrito de alcohol… Si el peronismo fuera bueno la izquierda no le tendría repulsión.
Salven a Jota Jota, el de Comediantes y mártires. Ni una cosa ni la otra, pobre Juani, pero puede seguir intentando. El mundo merece que viva para que siga arrancándoles la careta con su gracia riquelmeana a todos los populismos, porque hay países que insisten en revolcarse en el mismo lodo, por ejemplo una Argentina insólitamente emperrada en no corregir su rumbo de fracaso. De tanto chocarse la misma piedra, ya es la piedra. Parece Romain Grosjean, piloto de la Fórmula 1: no le pega al cielo porque es de aire. Mirá cómo volantearon Brasil, Bolivia, Ecuador, con qué elegancia, qué coraje, qué apego a lo cívico. Sí, se puede. Es extrañísimo y exasperante que nosotros no podamos, dos siglos después. ¿Quién nos educó, D’Elía, Milagro Sala? ¿Setenta años de peronismo y persistimos en el error, ese aborto de la política llamado justicialismo? ¿Para qué sirvió el ’55, no aprendimos nada?
Pero sí, que alguien salve a Sebreli. Caer en la salud pública, qué desgracia, pobre tipo. Imaginate si se descubre una vacuna y llaman a Maduro de enfermero, acá con tal de tirarles un centro a Mínimo y La Cámpora son capaces. (Al hermano de Fidel ya no, tá viejo y le ha de temblar el pulso, y lo de Lula sería complicado.) El gordo Maduro, gritando a lo Tarzán y encarando con la venganza incendiándole las pupilas y la jeringa erecta las inermes nalgas de Juanjo. Apuren con el ibuprofeno, que lo otro ya sería demasiado.
El desafío para el humanismo, para los verdaderamente humanistas, es tolerar a los malos. Porque es fácil amar a un Galeano y una Estela Carlotto, ponele, a un Pepe Mujica en chancletas y escarbadientes, lo difícil es aceptar a Juan José Sebreli, a esa clase de especímenes. Y si de verdad se quiere a la Vida, hay que salvar a Sebreli, desearle que supere este trance, incluso colaborar, si cupiera. No es Juan José Sebreli, el que volvió del ocaso para escupir sus últimas perdigonadas de animadversión contra todo lo que nazca desde el pie, negro y embarrado, sino un hombre enfermo que pelea por sobrevivir. No les hagamos la fácil a los malos de reducir la dinámica social a una gran batalla entre unos y otros, porque así legitimaremos que sólo algunos merecen vivir, lo que en un marco capitalista tendría un inequívoco resultado: sólo sobrevivirían los que tuvieran de su lado al poder económico, mientras los pobres, bien lejos de la torta, reventarían en los rincones, entre el enchastre de la fiesta. En cierta forma, lo que está sucediendo y pretendemos cambiar, algo que jamás lograríamos convalidando las ‘reglas de juego’ que provocaron este desastre global del que la pandemia es vidriera y catalizador. No se trata de dar vuelta la moneda para que las caras queden al revés, lo que hay que hacer es cambiar de moneda.
Una sociedad más sana nunca podrá construirse desde el odio de un@s a otr@s, lo que no significa poner la otra mejilla. No es cuestión de cristianismo, sino de seguir dando con ingenio el combate contra los que quieren un mundo para pocos, esos sempiternos odiadores centinelas de un orden meritocrático que sistemáticamente niega la igualdad de oportunidades y oprime a las minorías con la vara asesina de la economía. Entre ellos Sebreli. Pelearle al sebrelismo de la vida con armas nobles y sin pretender que el propio Sebreli, por anhelar lo que anhela, termine sus días tirado en una zanja. Es mayúsculo el desafío, por incómodo y porque nos obliga a interpelarnos en el último rincón del corazón. No es sencillo, ni quizá justo, aceptar a los que siempre nos odiarán/despreciarán, pero servirles el juego es aún peor. Así que nada de sarcásticos memes para hacer justicia facebookera, aunque un negro día que nunca cicatrizó nos hayan tirado el siniestro ‘viva el cáncer’, y hoy también. A cualquier pro covid que se contagie la covid hay que atenderlo con el mismo compromiso que a alguien que haya hecho todos los deberes del aislamiento, sin dejar de señalar que si el sistema colapsa será por su culpa, y ahí te quiero ver. Si Leucocito se enferma, ídem. A pesar de que festejó la escalada de contagios en la tv, apretando el puño como quien celebra un gol en un partido chivo. (Igual el pibe de Lewkowicz tiene algo cordobés en su sangre, no necesita nada: entre el humor típicamente serrano y el fernet, bebida madre de la tierra de la ‘Mona’ Jiménez y el exquisito Luis Juez, seguramente está inmunizado y puede celebrar tranquilo la muerte ajena.) Aún sabiendo que si Argentina produjera o importara la mentada vacuna, la creativa patota intelectual la llamaría la vakuna y la negaría. La imaginación en grado sumo, y que se corran los poetas, que vayan a laburar: ya no se trataría de imaginar lo que no hay, sino de negar lo que hay.
Sólo así seremos mejores. Aunque después de salvarlos, porque los salvará el cascoteado sistema público argentino de salud hoy manejado por el kirchnerismo, no el FMI ni los sensibles megaempresarios ‘amigocios’ del francés Maurice Macrì, sigan degradando el espacio público con sus cartuchos de rencor, esos que jamás se extinguen, que se reproducen hasta cuando duermen, ya que el odio es una fuerza tan poderosa como el amor. Al ‘viva el cáncer’, que nunca dejarán de actualizar y arrojarnos, no deberíamos responderle con un ‘a comerla con la covid’. Y no es ofrecer la otra mejilla, renunciar a la lucha que alimenta y justifica nuestra existencia ni darles la razón a la mentira y la crueldad. Es querernos bien, es merecernos lo mejor, la dignidad suprema de honrar la vida. Es tal vez más que solidaridad. Si hace falta, recurramos al invicto y siempre a mano ejemplo de las Madres, que pidieron/construyeron justicia contra los verdugos de sus hijos y esperaron añares con un dolor infinito comiendo sus entrañas, una perenne punzada de horror que quienes no atravesamos ese trance no podemos ni imaginar.
Sólo así seremos mejores. Quedarnos en la miseria de detestar a los que siempre nos detestarán, no nos hará crecer, y tirria contra tirria perderemos, porque el de la violencia no es nuestro partido. No nos humillemos, que estamos para otra cosa.
No te queremos ni un poquito, Juanjo, pero ojalá te salves. Aunque tu única misión en lo que te quede de vida sea seguir odiándonos.
Hace unos días le dieron el alta a Sebreli, que continúa su recuperación en su casa, lo que no modifica el núcleo de esta nota, escrita antes.)
Chino Castro
Cuando todo parecía perdido, apareció el corazón de la Selección. Argentina protagonizó una remontada épica, venció 3-2 a Egipto y se clasificó a los cuartos de final de la Copa del Mundo tras revertir un 0-2 en apenas once minutos.