16 de julio de 2020
En la Boya (2018), su más reciente película y “el hecho artístico más poderoso” de su vida, Fernando Spiner cuenta la historia de su corazón. Y en esta entrevista exclusiva, el realizador nos comparte la génesis de una obra que “es poética” y no “sobre poesía”, entretelones del proceso de trabajo, que insumió diez años, las transformaciones que experimentó en el camino y lo que simboliza una pieza que une a cinco generaciones de su familia y que “siempre será especial”.
El escritor Abelardo Castillo dice que el cómo es más importante que el qué, y que cualquiera que se anime a contar la historia de su corazón tendrá un gran libro, si sabe contarla. ¿La boya es la historia de tu corazón?
-No conocía esa cita de nuestro gran escritor, a quien tuve el gusto de conocer y de leer. Lo admiro mucho. Y sí, el de las propias vivencias es un género muy difícil de abordar. Uno se lanza con todos los riesgos que se corren, pero hay una gran ventaja: como a ningún otro universo, uno lo conoce por la propia vivencia. Fue también un descubrimiento darme cuenta de que tenía en los bolsillos una historia que podía contar con mucha verdad. Ya desde el principio sentí eso.
El disparadorreúne dos elementos o puntas: Por un lado, “las nadadas que desde hace cuarenta años hago con mi gran amigo Aníbal Zaldívar hasta esa boya. Lo hacíamos jugando, sin darnos cuenta de que estábamos construyendo con ella un elemento de una poderosa potencia simbólica. Para nosotros era disfrutar de una aventura entre amigos, sin percibir que dábamos forma a un rito”, explica el cineasta, que elaboró el guion junto a Zaldívar y Pablo De Santis.
El otro elemento que activó el film fue el descubrimiento de Spiner de los talleres de poesía que desde hace muchos años dicta en Gesell su cumpa Aníbal, a los que asistió por primera vez en esos días en los que ya andaba con La boya en la cabeza. Son encuentros que giran en torno al mar. “Me sorprendió ese acto tan desprovisto de otra intención que vibrar con la poesía y compartirla con otros. Ahí consolidé una idea con la que me lancé a la película durante casi diez años: la de que cualquier persona puede trascender a través de la expresión artística”.
Durante el viaje interior que la construcción de toda obra de arte es, casi aleatoriamente Spinerse encontró con la poesía de su padre, “y ese hecho terminó de confirmar esa premisa” de que todes podemos burlar la finitud de la condición humana mediante la creación artística. Su papá fue farmacéutico en Villa Gesell, ciudad costera donde la familia porteña se mudó cuando Fernando tenía 11 años, algunos menos que su hermano Eduardo, médico. Con el tiempo, su pasión por escribir terminó desbordando el molde de su profesión (publicó un libro), aunque la farmacia gesellina aún perdura, bajo otra gestión.
Es decir que encontrar esos poemas e incluso el taller de Zaldívar, lejos de modificar el proyecto o llevarlo hacia otro lugarratificó tu rumbo.
-Lo ratificó y consolidó. Y lo hizo más genuino, porque de golpe veía esta idea de iniciar el proyectoyendo a mi pueblo a hacer un documental de ese otro yo que yo no fui, que es mi amigo que se quedó en el lugar y es un poeta. Ratificó el rumbo y me puso en el compromiso de que la película construyera su propia poética y no fuera simplemente una obra sobre poesía, sino que la poesía debía encarnarse en ella.
¿Qué representa esa boya?
-Siempre tuve conciencia de su potencia simbólica. Me obsesioné, incluso no había ninguna posibilidad de que en el verano fuera a otro lugar. Porque además estaban mis padres, están mi amigo y esos cuatrocientos metros de mar que recorrí desde el principio de mi vida. Pero por sobre todo estaba la idea de lo bien que me hacía ese juego de ir todos los días nadando hacia la boya.
Con esos guardavidas, que conozco hace cuarenta años, ya el diálogo discurría siempre en torno a la boya: a si se la veía, si cada mañana estaba, si se la había llevado o no la última tormenta, si teníamos que poner una nueva y cómo organizarnos. Cuando venía una tormenta y la boya desaparecía había una tristeza… Había vecinos y turistas que el único diálogo que tenían con nosotros era sobre la boya. Siempre tuve esa conciencia, y creo que eso también me empujó a intentar hacer una película sobre ese objeto simbólico y que se llamara con su nombre. Algo tan cargado de misterio, de intriga y también de poesía, merecía una película.
El bisabuelo de Fernando Spiner, ucraniano, escapó del nazismo en un barco del que, metros antes de arribar a la Argentina, se lanzó al Río de la Plata. Otros pasajeros habían contraído tifus durante el largo periplo desde Hamburgo, y esto había desencadenado una atmósfera de intrigas que quizá en puerto trocara en acusaciones, violencia y hasta muertes. Para librarse de esos peligros y salvar su vida, Spiner se tiró al agua. Alcanzó por fin la costa de Buenos Aires abrazado a una boya, que legó a su familia. Recién muchos años después, cuando Fernando vivía en Roma, su padre le pidió a Aníbal Zaldívar que sembrara en el mar el preciado objeto, es decir que repitiera la ceremonia que compartía con el cineasta todos los días de cada verano, pero esta vez en soledad y con una misión muy especial.
Que el mar se llevara la boya, paradójicamente implicó que esa historia familiar cobrara más potencia, más luz, en vez de desaparecer.
-Totalmente. Indagando, vi que tenía los bolsillos llenos de cosas, y que todas apuntaban para el mismo lado. Eso agrega a la película una capa más, al hablar del legado, de cómo nos constituye.
Spiner dice que La boya “es el hecho artístico más poderoso de mi vida”. Y que seguirá haciendo películas, “pero esta será siempre especial”.
Sólo faltó que la viera tu viejo. ¿Qué hubiera dicho?
-Y mi madre también, que actúa en el film haciendo de sí misma. Ella hubiera llorado de principio a fin, y mi padre hubiese sentido ese mismo orgullo y ese amor que siempre nos vinculó. Él fue quien me abrió la puerta a la cultura y al arte, igual que mamá, que como se ve en la peli era artista plástica, ella más desde la acción. Pero mi padre me hizo descubrir el cine, la literaturay la poesía, y yo con La boyade alguna manera le devuelvo algo de todo eso.
Papá Spiner se fue antes de que el film estuviera listo, pero Fernando analiza que una obra así “sólo se puede hacer a cierta altura de la vida”, cuando algunas pérdidas esenciales ya pesan sobre los hombros y “uno carga con ese dolor de entender que son ciclos y que hay que soltar, para que ese ciclo pase y empiece uno nuevo”.
“Cuando la tormenta se lleva la boya, cargada de historia y de simbolismo, vamos y ponemos una nueva”, piensa en voz alta. En esa imagen está representada la idea de soltar para dar lugar al surgimiento de lo nuevo. Sembrar la boya constituyó así un “poderoso ritual” en el que “resuena la vozde mi padre”, que escribió que volvería “transformado en un grano de arena”.
AÑORAR CELEBRANDO
La piezaestá cruzada por un tono melancólico y una lograda cohesión entre la poesía de la historia y la calidad de los rubros técnicos a través de los que es contada. Cuando Spiner abre la cámara hacia el mar, todo cierra: lo que está y lo que no está se reflejan allí, juegan y se entrelazan. Aparece, además, un recorte de la cultura de Gesellde estos años, con el testimonio delosescritores Juan Forn y Guillermo Saccomano y el pintor Ricardo Roux, que viven allí. (“Decidimos no rotularlos ya que la idea no era captar un testimonio de alguien reconocido sino mostrar cómo mi amigo los entrevistaba”, explicó el director a Infobae.)
Con esta obra Fernando consiguió el prodigio de unir a cinco generaciones de Spiner, ya que la música fue compuesta por su hija Natalia.
El color que flota durante los noventa minutos essuave, el ocre típico de la nostalgia, pero sobre un tapiz celebratorio. No estamos en presencia de un fresco consagrado a la añoranza como una actividad que ya nace marchita, consistente en idealizar lo que se fue y ubicarlo siempre unos peldaños por encima de los sucesos de hoy.Tal vez sin querer queriendo, Spiner se propuso algo más edificante.
De La boya no nos quedará el shock retroactivo de los rimbombantes efectos especiales típicos del cine hollywoodense ni esa tensión hormigueando en el cuerpo que dejan los grandes filmes de suspenso, sino su ternura, “como resolana debajo la piel”, tal lo que escribió Jaime Dávalos en ese pétalo de rocío que floreció canción. A su modo también La boya es un pétalo de rocío que se volvió película.
¿El tono fue buscado, o la forma que la obrafue adquiriendo te llevó ahí?
-Yo coincido con lo que observás. Alegremente coincido. Creo que es algo de mis propios mecanismos sensibles, y en ese sentido me representa mucho. Y también es un homenaje a mis viejos, que han sido así.

Podemos metaforizar que la vida de casi todos está llena de boyas, y que hay quienes se aferran a ellas y quizá no se permiten crecer o volar, y quienes van soltándolas en el mar para que aparezcan nuevas.
-Tal cual. Y agrego que lo poderoso y paradójico es que esa misma boya que es necesario soltar, es la que nos permite aferrarnos en medio del océano y mantenernos a flote. O sea que hay un tiempo para aferrarnos y seguir flotando, y un tiempo inexorable para dejarla ir.
Chino Castro
Fernando Spiner nació en 1958 en la ciudad de Buenos Aires.
Es egresado del Centro Sperimentale Di Cinematografía de Cinecitta, Roma, Italia, donde fue alumno de Gianni Amelio, FurioScarpelli, Carlo Di Palma, Giuseppe De Santis y Roberto Perpignani. Fue profesor en la carrera de Comunicación Social de la UBA y en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica. En 2013 y 2014 fue director artístico del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
(Del sitio cinenacional.com).
Además de La boya, en la que se centra esta entrevista (ver aparte), dirigió Aballay, el hombre sin miedo (2010); Angelelli, la palabra viva (2007); Adiós, querida luna (2003) y La sonámbula, recuerdos del futuro (1998), entre algunas más, ficciones y documentales.
Es también guionista y productor. Para la tele, dirigiólas series Bajamar, Los siete locos, Cosecharás tu siembra, Poliladron y Zona de riesgo, entre varias más. Por sus trabajos para la pantalla chica logró el premio Konex al mejor director de TV de la década del noventa.
Además, ha dirigido cortometrajes.
Su obra obtuvo premios nacionales e internacionales, además del mencionado.
El recorrido con La boya, que durante la cuarentena fue liberada gratis en la plataforma Vimeo, resultó y aún es gratificante: “Una película argentina independiente difícilmente encuentre un ámbito donde mantenerse viva, son obras generalmente condenadas a una semana en los cines y listo. Nuestra peli estuvo ocho meses en el MALBA, una vez por semana, con sala llena y un boca a boca que la mantuvo activa. Y concurrió a muchos festivales, ganó muchos premios y fue muy valorada”, destaca Spiner.
Por fuera de esos circuitos, gira en uno más artesanal y entrañable: los dos últimos veranos y con el apoyo de la Municipalidad y la Cooperativa Telefónica del lugar, se emitió al aire libre en Villa Gesell, con funciones gratuitas también muy concurridas. Quién sabe el ritual se recree en el verano 2021, si la pandemia nos deja vivir (y mirar cine).
Cuando todo parecía perdido, apareció el corazón de la Selección. Argentina protagonizó una remontada épica, venció 3-2 a Egipto y se clasificó a los cuartos de final de la Copa del Mundo tras revertir un 0-2 en apenas once minutos.