23 de febrero de 2026
Con Marcelo "Chiqui" Cabrera, fotógrafo por hobby.
por
Chino Castro
Se celebró el 20 del corriente el Día Internacional del Fotógrafo y el Camarógrafo. Sin embargo, también en nuestro país y otros de la región los fotógrafos tienen, en particular, su propio día: el 21 de septiembre -lo mismo que los estudiantes-, en conmemoración de la llegada del daguerrotipo a América Latina. Aquí Marcelo 'Chiqui' Cabrera, que abrazó el oficio "como hobby", nos entrega una imagen ampliada de su corazón de fotógrafo.
La fotografía es una de tus grandes pasiones. Le dedicás muchas horas de tus días, de tu vida, aunque sin embargo no de modo profesional, ya que vivís de otra cosa.
- Es una desconexión para mí. No me dedico profesionalmente, he recibido ofertas para hacerlo pero no me ha interesado. A mí me interesa como hobby, retratar la naturaleza, desde hace más de veinte años. Aunque he hecho tres exposiciones y un curso para mejorar, aprender cosas.
"Al atardecer se le llama la hora mágica".
¿Qué de la naturaleza?
- Los paisajes. Las aves. Y hago macrofotografía de insectos. Me voy a caminos rurales, o a veces en la ciudad surgen en los atardeceres paisajes muy lindos e interesantes, ricos en matices. Al atardecer se le llama en fotografía la hora mágica. Por los distintos matices que trae, y de combinaciones de tonos y colores que uno puede amalgamar en las fotos. Te ofrece un muy buen material de laburo. Además, no hay dos atardeceres iguales, como no existen dos días iguales.
El ojo no entrenado en fotografía quizá no advierta esos cambios entre dos atardeceres seguidos, de un verano o un invierno, pero un retratista sí percibe las diferencias.
- Claro, el fotógrafo ve esas diferencias. Y están esos días muy grises o plomizos, que teóricamente no tienen mucho para expresar, pero siempre se les encuentra algo, siempre esconden alguna que podría resultar interesante.
Tampoco es igual un atardecer de otoño que uno de verano, de invierno o de primavera. ¿Cuál preferís para retratar?
- Obviamente, sí, cambia totalmente el panorama. Y ahí vos tenés que ver qué querés hacer, qué elegís tomar como elemento central. Yo prefiero el de primavera y el de verano, que me invitan a realizar salidas fotográficas en la moto, arranco hacia los caminos rurales y encuentro buen material. Desplazarme a esos sitios me permite desconectar de la realidad, o me transporta a otra realidad.
Ahí tenés un estallido de colores que no se da en invierno.
- Sí, sí... Los inviernos son más opacos en tonos y colores. Pero siempre, como te digo, uno puede encontrar cosas. En el atardecer y también en el amanecer puede hallar elementos como para componer una fotografía que luego valga la pena mostrar y recordar.
He visto algunas buenas fotos nocturnas tuyas. ¿Tenés la rutina de salir a la noche, o directamente a la madrugada, a tomar imágenes de la ciudad, de plazas, de calles?
(Se ríe). - Sí. Hago mis caminatas diarias. Siempre hay un momento que uno quiere fotografiar, o algo que despierta el interés del ojo. Hay que andar atento.

¿Sacás fotos para vos? ¿Qué hacés con todo ese material?, porque tomás muchísimas imágenes casi diariamente, y sólo una parte menor de todo eso das a conocer en tus redes sociales.
- Publico algunas, y el resto va quedando en mi archivo personal, en pendrives. En su momento cubrí a través de imágenes la campaña del equipo de vóley de primera que hacía de local acá, el Club Ciudad, si bien mi especialidad es la foto de naturaleza. Esas publicaciones tenían muchas visualizaciones.
"Me llevé bien de entrada con la cámara digital".
¿No te interesa algo que vaya más allá de las redes, como podría ser publicar un libro de fotografías?
- Cuando hice las exposiciones fue tocar el cielo, ya que nunca me lo esperé. Eso fue por Miguel Vázquez, cuando era director de Cultura. Le mostré algunas fotos y me incentivó a a exponer. Quería que hiciera algo distinto, algo llamativo. Me puse a pensar y a buscar. En ese momento tenía una de las primeras cámaras digitales que había, se estaba dando el pasaje de las analógicas, las de rollo, a las digitales, año 2006, aproximadamente. Esa máquina que yo tenía me permitió comenzar con la macrofotografía (registra insectos y amplifica la imagen; esas muestras promovidas por el entonces director de Cultura tenían su núcleo en ese tipo de obra, algo que resultaba novedoso).
¿Hiciste fácil el paso de lo analógico a lo digital?
- Me resultó sencillo. Quizá tenga es ductilidad de ponerme a investigar y aprender lo que me interesa. Y esto también va ligado a lo que conocemos como prueba y error, una gran forma de aprender. Me llevé bien de entrada con la cámara digital, hoy estoy sacando con una Canon profesional. Pero por su facilidad, también empleo el teléfono, es diferente a una cámara pero te permite la celeridad de tomar una imagen y subirla al toque a las redes sociales. También el volumen del objeto es diferente, el teléfono en ese sentido es mucho más práctico que andar a la madrugada caminando con una cámara profesional.

Vos pensás las fotos en función de publicarlas enseguida, darlas a conocer.
- Unas sí y otras no. También hay muchas fotos que me interesan por algo en particular pero para guardarlas, como si se tratara de algo más privado, o que tal vez más adelante podría compartir.
Cabrera realiza salidas fotográficas casi a diario. Casi siempre con su Canon, en ocasiones sólo con el teléfono, como en el caso de algunas excursiones puntuales por los caminos rurales en las que prefiere, por razones de cuidado -el polvillo ambiente, por ejemplo- no incluir su cámara profesional, un 'fierro' que a un laburante le cuesta caro. "Utilizo ambos aparatos. Pero por ejemplo con el celular no podés fotografiar a la luna, que es otra de mis pasiones", diferencia.
No interviene las fotos digitalmente con programas de edición, se inclina por lo natural. Sólo se permite "un mínimo balance de iluminación, en algunos casos". Aunque últimamente sí está incursionando en la Inteligencia Artificial, aprovechando los recursos que ella provee. Fundamentalmente, para realizar montajes en los que gusta incluir su propia imagen junto a macrofotografías de insectos, lo que da por resultado composiciones de tono psicodélico cruzadas por el humor o lo caricaturesco. Con ello podría armarse toda una serie, y quizá lo esté pensando. En un punto -o en su criterio-, retocar la foto equivale a violentar el instante que contiene, por eso él prefiere la composición, que sería como brindarle una nueva e inesperada vida a una imagen y a lo que en ella late, un soplo extra de luz. Como producir algo creativo con lo que está fijo, como quien estira el trazo de un color hasta que surge un nuevo matiz. Darle dinámica a lo estático, vendría a ser algo así.

¿Nunca te interesaron los rostros, las siluetas humanas, retratar gente?
- Por ahora no. Sólo lo hice cuando cubrí la campaña del Club Ciudad y en algún evento popular en el Centro Cívico. No me dedico a la cobertura de fiestas privadas, aunque me lo han ofrecido. Para hacerlo tenés que equiparte mucho más, con dos o tres memorias, dos o tres baterías, más cámaras porque no te van a durar igual usándolas tanto, todo eso cuesta dinero y entonces uno debería asumir el compromiso de utilizar esos nuevos elementos, de hacer de la fotografía tu profesión y medio de vida. En mi caso, yo lo hago por hobby, como te dije.
Sus giras a caminos rurales y otros lugares de la ciudad le permiten desconectarse de sus problemas y lo que le hace mal. Desengancharse, porque hay toda una pasión -acaso un signo de época- por enredarnos en lo que nos angustia, como si fuese una especie de deporte emocional donde en algún punto chapalear en los propios dolores y espectacularizar el drama alivia, aunque parezca un contrasentido. Esas excursiones tienen algo de terapéutico, como para otro podría ser salir a correr o ponerse a cocinar. Cámara en mano y sin la ansiedad de consultar la hora, Cabrera fluye. Se va, se eleva. Se aleja para mirar mejor y regresar más liviano al camino conocido. Un rato todos los días. Como quien medita. Como quien, casi sin darse cuenta, sale de una habitación y entra en otra envuelta en calma. Y a la vez, "te vas poniendo observador", dice con algo de Viejo Viscacha en el gesto. "Con los años vas cultivando un ojo diferente en relación al del común de la gente", que no piensa su andar en términos de imágenes por capturar y eternizar, o, dicho de otro modo, que no va escribiendo el sendero de sus días pendiente de atrapar alguna porción de eternidad que arroje un hálito de color en medio del gris inconmovible de la rutina. Eso es, ponele.
En sus periplos sabe acompañarlo Don Rodolfo Rigoberto, su querido perro, a quien 'Chiqui' suele 'bendecir' incluyéndolo en alguna composición fotográfica: "Es un can muy fotogénico", según él, al que a veces le pone anteojos y una gorra para una composición humorística. "Él se deja, le encanta todo eso", dice su compañero y guía de aventuras. Cualquiera los habrá visto o los podría ver en alguna plaza, el parque, la zona del ferrocarril o una esquina de la ciudad, un atardecer que nunca será uno cualquiera ya que como el fotógrafo nos explicó, no han existido ni existirán dos iguales.
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