7 de junio de 2020
Escribe: Mario Cuevas
Estos días inéditos que estamos viviendo nos llevan a resignificar mucho de los que nos rodea, nos vemos ni sentimos de la misma manera una canción, ésa película o aquél libro que leímos hace un tiempo.
En este momento las ciudades son los centros neurálgicos y tormentosos dónde confluyen todas las historias posibles, es por esa razón que hoy abordaremos el tema con ‘Las ciudades invisibles’, obra capital del escritor y periodista italiano Ítalo Calvino, además de canciones que conforman una suerte de banda de sonido ciudadana.
LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 1
‘Partiendo de allá y andando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas en lo alto de una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, siente envidia de los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices.’
Una de las duplas imbatibles del tango moderno, Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, le cantaron a las ciudades: “Ciudades, fundadas para odiar. Ciudades, tan altas, ¿para qué? Ciudades, cadáveres de pie. Ciudades, al polvo volverán. / Si aquí la estrella no se ve jamás, de aquí la tierra, el ser y el sol se irán / Y reinará la soledad total, que escrita fue la destrucción final / Ciudades, fundadas para odiar. Ciudades, tan altas, ¿para qué? Ciudades, cadáveres de pie. Ciudades, al polvo volverán.”
Recomendamos las versiones ya conocidas de ‘Las ciudades’ de Amelita Baltar y Elena Roger, más la de Adriana Filgueiras y el trío Malajunta.
LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 2
‘Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.’
Un adolescente Luis Alberto Spinetta escribía en la Argentina de Onganía una canción inspirada en la inundación que provocaba la sudestada en su barrio: “El hielo cubre la ciudad, el cielo ya no existe aquí / Un congelado amanecer tiñe de blanco hasta mi hogar / Cuando la luz ya no puede llegar, la gente en vano se pone a rezar / No es el diluvio, no es el infierno / Voy a perforar el hielo, voy a remontarme al cielo para observar hoy todo el hielo en la ciudad…” (Hoy todo el hielo en la ciudad’)
Aparte de la original de Almendra, hay que visitar las versiones de un integrante de Almendra, Emilio del Guercio, de la agrupación Valle de muñecas, y la que aborda Adriana Varela con Ricardo Mollo.
LAS CIUDADES Y EL DESEO. 1
‘De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir que cuatro torres de aluminio se elevan en sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que franquea el foso cuyas aguas alimentan cuatro verdes canales que atraviesan la ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas y setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas casaderas de cada barrio se casan con jóvenes de otros barrios y sus familias intercambian las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad: bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas, hacer cálculos a base de estos datos hasta saber todo lo que se quiera de la ciudad en el pasado el presente el futuro; o bien decir como el camellero que allí me condujo: “Llegué en la primera juventud, una mañana, mucha gente iba rápida por las calles rumbo al mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban directamente a los ojos, tres soldados tocaban el clarín en una tarima, todo alrededor giraban ruedas y ondulaban carteles de colores.”
Miguel Cantilo y Jorge Durietz nacieron como Pedro y Pablo en 1967 y durante los 70, y también los ochenta regaron Argentina de canciones hermosas e infalibles en sus denuncias y retratos. ‘Yo vivo en una ciudad es una de ellas: “Yo vivo en una ciudad donde la gente aún usa gomina, donde la gente se va a la oficina sin un minuto de más / Yo vivo en una ciudad donde la prisa del diario trajin parece un film de Carlitos Chaplin aunque sin comicidad / Yo vivo en una ciudad que tiene un puerto en la puerta y una expresión boquiabierta para lo que es novedad / Y sin embargo yo quiero a ese pueblo tan distanciado entre sí, tan solo, porque no soy más que alguno de ellos sin la gomina, sin la oficina con ganas de renovar…”
La original de Pedro y Pablo hoy sigue degustándose con placer; más tarde Miguel Cantilo la grabó junto a Rubén Rada; y otro histórico, Litto Nebbia, la registró en su monumental tributo de diez discos, “Una celebración al rock argentino”.
LAS CIUDADES Y EL DESEO. 2
‘Al cabo de tres jornadas, andando hacia el sur, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas. Debería ahora enumerar las mercancías que aquí se compran a buen precio: ágata ónix crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que aquí se asa sobre la llama de leña de cerezo seco y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces –así cuentan– invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos, uno tras otro, para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo rodean. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte.’
Los Canturbe editaron su primer disco en 1980. “Canturbe” debió llamarse “El vuelo de los olvidados” pero no lo permitió el sello Polygram por temor a represalias del gobierno militar. Jorge Garacotche, cantante y compositor, canta en uno de sus temas: “Llueve en la ciudad, un lago ha subido al cielo me salpica, se murmura ya no es fácil caminar / Inquietos los colores en baldosas y cordones brotarán viejas intrigas y me mojarán / Llueve en la ciudad, en las manos ya no hay piel / Por los charcos van dibujos y se trepan por mis pies / Los autos ya no asombran y en el vidrio de ese bar el desgano de mi rostro más allá del bien y el mal…”
Esta tarde en el mástil central por la victoria de la Selección Argentina ante Egipto en el Mundial. La Scaloneta se clasificó a cuartos de final con una épica remontada.