14 de junio de 2026
En una nueva edición de los premios al Mérito, entregados por el Rotary Club.
por
Ángel Pesce
Nos hemos pasado la vida escuchando las virtudes y bondades del profesor Adolfo Cancio, ese que compartió equipo de profesores junto a Julio Cortázar y otros en el viejo Colegio Nacional de calle Güemes. Y hasta hoy algunos se preguntan cómo se llama la calle de ingreso al parque "Las Acollaradas", cuando no algún distraído la nombra como la "prolongación San Martín".
El Rotary Club esta vez entre sus premios al Mérito, en la categoría "Bolivarenses en el recuerdo", eligió a Cancio como el hombre a homenajear. Se contactaron con sus familiares, consiguieron datos, fotos y se armó el speach para que desde la locución Jorgelina Gherbi y Juan Manuel Cánepa nos contaran detalles de la vida del hombre que no nació en Bolívar, pero que es considerado un bolivarense más, pese a que ya pasó casi medio siglo desde su muerte en 1980.
Se dijo en las glosas leídas ayer en la sala "Isaac Mosca" del primer piso del edificio de la Cámara Comercial e Industrial, sito en calle Las Heras: "El Rotary Club Bolívar quiere recordar a quien fuera profesor de Literatura, formador de varias generaciones de estudiantes que lo recuerdan con mucho cariño, al igual que docentes que compartieron diferentes momentos en su paso por el ex Colegio Nacional ubicado en Güemes 62, al profesor ADOLFO JOSE CANCIO".
Y continuaron los locutores de ocasión poniéndole vos a palabras de la hija de Cancio, Susana: "Mi padre nació un 7 de septiembre de 1915 en Capital Federal. Vivió su infancia y adolescencia en una hermosa casona de la calle San Eduardo (hoy Arangüren) del barrio de Floresta. Egresó del Colegio Mariano Acosta junto a Cortázar y Sordelli. Los tres recibieron el ofrecimiento de titularidad en el Colegio Nacional de Bolívar, que fuera adscriptal Nacional de Azul para luego ser oficializado".

Y continuaron con la historia: "Así, junto a Cortázar y Sordelli llegaron a Bolívar en 1937. Las habitaciones del Hotel La Vizcaína se transformaron en testigos de charlas, horas de estudio y hasta ensayos de trompeta. Allí también comenzó a gestarse la amistad de mi padre - continúan leyendo el relato de su hija Susana- con Alberto Bonatti y Esteban Muzzio, estanciero de 25 de Mayo. Muy rápidamente Bolívar se convertía en su lugar y el Colegio Nacional en su casa".
Y siguieron: "En 1942 se casó con Irma Belén, y sus hijas Susana, Irma y Ana, nacidas en 1944, 1947 y 1949, completaron la familia. Su pasión fue el aula, donde se movía con total naturalidad, enseñando la riqueza de nuestra lengua e inculcando el amor a la lectura, pero esa pasión no quedaba restringida al colegio, la trasladaba a cada acto cotidiano, a la forma de expresarse, de vestirse, de moverse".
Y su hija describió también cómo se manejaba como docente: "El mismo día que tomaba un examen o recibía trabajos, llegaba a casa -recordó Susana-, se ponía cómodo y se encerraba a corregirlos. En medio de un mar de hojas y revisiones, se tomaba el tiempo para llamarme con entusiasmo y leerme algo interesante escrito por un alumno. Era esperable que no tardara en contagiarme su pasión. Y sí, fue contagiar, enseñar y educar en el sentido más amplio de la palabra, a eso dedicó todos los días de su vida, hasta que nos dejó, el 18 de mayo de 1980, a la temprana edad de 64 años".

Los locutores siguieron poniéndole voz a palabras de su hija Susana: "Gracias al Rotary Club por este reconocimiento y a la comunidad bolivarense por tenerlo siempre vivo en su memoria".
Y continuaron con las palabras de su nieto, Franco Rossi, también interpretadas por quienes estaban al micrófono: "Adolfo Cancio no fue de aquellos personajes ligado a efemérides ni grandes titulares, creo que dedicó su vida a transformar la de aquellos que se cruzaron en su camino y supieron verlo, a sembrar motivación, integridad y respeto. Pero intentaré acercarles otra versión de aquel profesor al que muchos bolivarenses conocieron, hablando simplemente de mi abuelo Adolfo".
Y su nieto relató: "Muchas veces me pregunté cómo aquel tipo, al que pude disfrutar apenas los primeros diez años de mi vida, pudo marcarme realmente hasta los huecos. Convertía un evento simple y cotidiano en un hito, cada costumbre en un ritual, tenía, por ejemplo, debilidad por los grillos, cada vez que encontraba uno lo paseaba un rato en el bolsillo de la camisa, porque sí nomás".
Y continuaron las anécdotas del nieto: "Después de cenar salía al patio, y sentado en una mecedora debajo de la hiedra, se fumaba uno de los dos cigarrillos diarios. Cuando lo terminaba me llamaba, y con el patio completamente a oscuras, me hacía mirar el cielo para encontrar las Tres Marías y a la Cruz del Sur. Como me daba miedo la oscuridad, a pesar de los rezongos de la abuela Irma, sacaba del ropero un viejo rifle calibre 14 para que lo sostuviera sentado en su falda. Me sentía absolutamente inmortal".
Y siguió: "Siendo yo muy chico nos mudamos a Río Negro. Nuestros viajes a Bolívar en vacaciones de invierno eran una verdadera fiesta, y los abuelos nos correspondían en verano. Durante aquellas visitas, escudado en el anonimato y la quietud de la siesta, el abuelo Adolfo me invitaba a jugar al ring raje o tirar bombitas de agua a las parejitas que intentaban algunos arrumacos en la plaza del pueblo. Me pedía que no se lo contara a nadie, era secreto de Estado. Felicidad, complicidad, incondicionalidad, no tenía que buscar ninguna de esas palabras en el diccionario, las aprendía en el campo de batalla, junto a ese Quijote que llevaba de la mano".
Su nieto continuó recordando que "algunas mañanas, luego de obligado café con leche y sus clásicas tostadas con manteca y azúcar, me llevaba a esas fascinantes salidas al campo, por las orillas, en aquel tiempo agrestes y solitarias del Lago Pellegrini. Buscábamos nidos, reconocíamos aves y faunas de todo tipo. Sólo me ponía una condición irrevocable, al regreso tenía que volcar en una hoja todo lo ocurrido en esa salida. ¿Tendría conciencia de lo que generaba en los demás cuando leía algo en voz alta? ¿Sabía acerca del poder real que constituye animar a alguien a escribir? Seguro que sí".
Y el relato continuó: "Casa subida a una montaña, cada viaje de pesca, cada experiencia movilizadora hoy me llevan a escribir, poner el punto final a un relato es congelar esa porción de tiempo como si presionara el obturador de una cámara fotográfica, y esa fortuna conservo como legado junto a la fascinación por las salidas a la intemperie y un pequeño cuchillo criollo que me había regalado. Gracias de corazón al Rotary Club de Bolívar por este reconocimiento para mi abuelo y de paso gracias por haberme hecho viajar por un rato a mi hermosa niñez".
De esta manera no sólo se premió a la familia de Adolfo Cancio, sino que se retrotrajo el tiempo y se puso en consideración de muchos la historia de alguien que fue muy importante en el Bolívar del ayer y que hoy muchos ni siquiera reconocen su apellido cuando les dicen que el pasaje que va desde el pórtico del parque hasta el Cristo lleva su nombre.
Fuerte incertidumbre en los precios frente a un Brasil beneficiado con aranceles más bajos.
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