25 de febrero de 2026

COLUMNA DE OPINIÓN

COLUMNA DE OPINIÓN . El agro: un aliado estratégico que Argentina todavía no termina de incorporar

"El agro no pide privilegios. Pide reglas claras, previsibilidad y ser considerado parte de la solución, no del problema".

por
Gustavo Huesca Pérez

En la discusión pública argentina, el agro suele aparecer de manera fragmentada: a veces como salvación económica, otras como enemigo fiscal, casi nunca como lo que realmente es: una de las columnas estructurales del funcionamiento del país. No se trata de privilegiarlo, sino de comprender su peso real y su efecto multiplicador sobre el conjunto de la economía.

En Argentina, el complejo agroindustrial explica, según estimaciones oficiales y privadas coincidentes, entre el 15 y el 18% del Producto Bruto Interno ampliado (producción primaria, industria asociada, transporte, comercio y servicios La diferencia no es menor: el agro no es solo campo, es industria, logística, energía, ciencia, tecnología y empleo urbano (diferentes actividades: comercios, bancos talleres, servicios varios asociados).

Exportaciones: el ancla externa del país

Más del 60% de las exportaciones argentinas provienen del complejo agroindustrial. Ninguna otra actividad tiene esa capacidad de generar divisas de manera sostenida. La industria automotriz aporta entre el 8 y el 10%, la minería alrededor del 7%, la energía cerca del 12%. No compiten entre sí: se complementan, pero el agro sigue siendo el principal sostén del ingreso de dólares.

Sin ese flujo, el resto de las actividades -industriales y de servicios- enfrentan mayores restricciones para importar insumos, invertir o crecer.

Empleo y entramado productivo

El agro y sus cadenas asociadas generan más de 3,5 millones de puestos de trabajo, directos e indirectos. Esto representa cerca del 20% del empleo privado formal e informal del país. Desde el operario rural hasta el camionero, el mecánico, el empleado de una estación de expendio de gasoil, el ingeniero, el investigador, el acopiador, el trabajador portuario o el empleado de una pyme metalmecánica y de una agronomía del interior.

Comparativamente:

La industria manufacturera explica alrededor del 13% del empleo.

La construcción, cerca del 7%.

La energía y minería, menos del 3%.

No es una cuestión de jerarquías: es una realidad estructural.

Energía y combustibles: un gran consumidor, pero también un gran financiador

El agro consume aproximadamente el 25% del gasoil que se vende en el país. Es, por lejos, el mayor usuario individual de este combustible. Transporte de granos, maquinaria agrícola, cosecha, siembra, riego y logística dependen de él.

Para ponerlo en contexto:

El transporte de cargas y pasajeros consume cerca del 35%.

La industria y la construcción, alrededor del 20%.

El resto se reparte entre generación eléctrica y otros usos.

Sin embargo, ese consumo no es un gasto improductivo: cada litro de gasoil utilizado por el agro se transforma en alimentos, exportaciones, empleo y recaudación fiscal. El agro no solo consume energía: la financia, vía impuestos y divisas.

Recaudación y efecto fiscal

Entre derechos de exportación, impuestos nacionales, provinciales y tasas municipales, el complejo agroindustrial aporta entre el 20 y el 25% de la recaudación tributaria total, aun representando menos del 10% de los productores registrados. Es una de las actividades más gravadas de la economía.

Esto no es una queja sectorial: es un dato que debería servir para pensar políticas más inteligentes, que alineen producción, inversión y desarrollo territorial.

El verdadero debate pendiente

El problema histórico argentino no es el agro. El problema es no haberlo integrado plenamente a una estrategia nacional de desarrollo, articulándolo con la industria, la ciencia, el comercio, los servicios, la energía y las economías regionales.

Los países que lograron estabilidad y crecimiento sostenido no enfrentaron campo contra ciudad. Sumaron capacidades. Transformaron producción primaria en valor agregado, conocimiento y empleo.

El agro no pide privilegios. Pide reglas claras, previsibilidad y ser considerado parte de la solución, no del problema. Incorporarlo plenamente no es una concesión: es una decisión estratégica.


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