16 de febrero de 2026
El éxodo no es un hecho aislado, sino el resultado de múltiples dinámicas sociales, económicas, culturales e infraestructurales.
por
Gustavo Huesca Pérez
En los últimos cien años, Argentina experimentó una transformación demográfica que marcó profundamente al campo y a las ciudades. Si bien nuestra historia agroexportadora fue un pilar de desarrollo económico, las dinámicas socioterritoriales impactaron de manera contundente sobre las poblaciones rurales y su capacidad para sostener comunidades vibrantes y sostenibles.
· En 1991, la población rural representaba alrededor del 13,4% del total nacional, mientras que en 2001 fue aproximadamente el 10,6% y en 2010 bajó al 9,1%, lo que refleja un proceso de despoblamiento rural constante.
· Según estimaciones del INDEC, para 2020 alrededor de 92% de la población vivía en zonas urbanas, proyectándose que para 2030 esta cifra podría superar el 94%.
Estos números ponen en evidencia cómo la población se concentró, y continua concentrándose en grandes centros como el Gran Buenos Aires, Gran Córdoba y Gran Rosario, con los consiguientes inconvenientes que esto representa en cuanto a aspectos sanitarios, de seguridad, etc, que más adelante estudiaremos, mientras el interior rural perdió habitantes de forma sostenida.
La migración del campo argentino hacia las ciudades no se explica por una sola causa, sino por una combinación de factores estructurales.
1. Falta de oportunidades económicas
La falta de empleo formal, registrado y de oportunidades productivas en muchos ámbitos rurales ha empujado a la población joven y activa a buscar alternativas en las urbes. En ciertos períodos, incluso, se registraron pérdidas significativas de puestos de trabajo en cadenas agroindustriales que afectaron la continuidad de trayectorias laborales rurales.
2. Informalidad laboral y baja calidad de empleo
La informalidad y la escasez de empleos de calidad son barreras persistentes para la retención de población en las zonas rurales. La ausencia de sectores que generen trabajo formal competitivo acelera la partida hacia ciudades donde existe mayor oferta de empleo y servicios.
3. Acceso limitado a educación y salud de calidad
La falta de acceso a servicios educativos y sanitarios de calidad contribuye a que las familias elijan mudarse a centros urbanos donde estos bienes son más accesibles y mejores. Esto impacta no solo en el presente, sino en las expectativas de futuro de las nuevas generaciones.
4. Déficit de infraestructura básica
La carencia de infraestructura, como caminos pavimentados, conectividad digital y transporte público eficiente, aísla a muchos territorios rurales. Esto no solo dificulta la vida cotidiana, sino que encarece la producción, limita la llegada de servicios y reduce las posibilidades de integración al mercado.
5. Limitado acceso a actividades culturales y recreativas
La vida rural muchas veces carece de la oferta cultural y de entretenimiento que facilita la vida social en comunidades más grandes. Esto se traduce en un menor atractivo para quienes valoran estas dimensiones del bienestar.
Un episodio paradigmático del siglo XX fue el desmantelamiento progresivo de la red ferroviaria que conectaba vastas zonas rurales del país:
· A partir de 1959, con el llamado Plan Larkin, se inició el cierre sucesivo de ramales ferroviarios en todo el territorio, priorizando tramos rentables y reduciendo servicios de pasajeros y cargas en el interior profundo.
· En las décadas de 1960 y 1970, con decretos de reducción de kilómetros de vía y clausura de numerosos ramales, miles de estaciones y servicios dejaron de operar, alterando la vida económica y social de comunidades originadas alrededor del tren.
· Para 1993, muchos servicios de pasajeros de larga distancia ya se habían discontinuado, profundizando la desconexión de localidades que dependían de esa infraestructura.
Este fenómeno no solo implicó la pérdida de una forma de transporte: también significó la desaparición o fuerte declive de pueblos cuya razón de ser estaba en la actividad ferroviaria y en la actividad económica asociada. Muchas localidades pequeñas vieron disminuir su población hasta convertirse en caseríos o "pueblos fantasmas", con efectos sociales y culturales duraderos. En próximas entregas, profundizaremos este tema y detallaremos algunas localidades activas que "murieron" debido a este proceso
Otro factor relevante ha sido la estructura de tenencia de la tierra: la ausencia de primogenitura en herencias familiares provocó fraccionamientos sucesivos de tierras, generando unidades productivas cada vez más pequeñas y con menor rentabilidad. Esta fragmentación dificultó la viabilidad económica de muchas explotaciones familiares, empujando a los productores a vender, migrar o integrarse al mercado urbano en búsqueda de mejores oportunidades.
Conclusión
La historia del agro argentino no puede entenderse sin considerar los procesos demográficos que han acompañado su evolución. El éxodo rural no es un hecho aislado, sino el resultado de múltiples dinámicas sociales, económicas, culturales e infraestructurales.
Para pensar el futuro del campo argentino y de sus comunidades, es clave:
· Promover políticas que generen más oportunidades laborales formales y diversifiquen la actividad económica en el interior.
· Invertir en infraestructura integral y conectividad.
· Fomentar el acceso a educación y servicios de calidad en las zonas rurales.
· Repensar modelos de tenencia de tierra y de desarrollo territorial que hagan sostenible la vida en pequeños y medianos núcleos rurales. Reformular el sistetema hereditario, dando lugar a sistemas que impidan la subdivisión indefinida y consiguiente formación de minifundios no viables económicamente.
Argentina tiene el potencial de equilibrar su enorme capacidad productiva con una población rural activa, conectada y satisfecha, si se abordan integralmente los desafíos que hoy explican su despoblamiento.
La Argentina discute recurrentemente su modelo productivo, pero rara vez se anima a debatir una de sus consecuencias más profundas: la crisis demográfica del interior. El vaciamiento de pueblos y regiones productivas no es una fatalidad ni un fenómeno natural. Es el resultado directo de decisiones -y omisiones- de políticas públicas poco conducentes sostenidas durante décadas.
La migración desde zonas rurales y pequeñas ciudades hacia los grandes centros urbanos responde a causas estructurales, no a una supuesta falta de vocación por el arraigo. Las familias no abandonan el campo por elección, sino por expulsión.
La falta de educación de nivel, especialmente en el nivel medio y superior; una salud pública insuficiente o de baja complejidad; la deficiente conectividad digital; el deterioro de caminos rurales y rutas principales; y la casi total ausencia de oferta cultural configuran un escenario que vuelve inviable quedarse.
Cuando vivir en el interior implica resignar futuro, los jóvenes hacen lo inevitable: se van.
Argentina supo tener una de las mejores redes ferroviarias del continente. Alrededor de sus estaciones crecieron pueblos dinámicos, integrados al sistema productivo y social. Hoy, muchos de esos pueblos son apenas un nombre en un mapa o estaciones fantasmas, testigos mudos de un país que decidió abandonar su integración territorial.
El desmantelamiento del ferrocarril no solo encareció la logística y aumentó la dependencia del transporte carretero, sino que concentró un poder desmedido en un sector, con impactos económicos y políticos evidentes. La ausencia de alternativas logísticas no es eficiencia: es fragilidad estructural.
Otra de las grandes fallas del modelo argentino es la escasa instalación de industrias transformadoras en origen. Las materias primas -tanto de economías regionales como de producciones extensivas- viajan miles de kilómetros sin agregar valor en los territorios donde se generan.
Leche sin industrializar, granos sin procesar, frutas que no se transforman, carnes que no se integran a cadenas locales. El resultado es conocido: menos empleo calificado, menos ingresos locales y más dependencia de los grandes centros urbanos.
Industrializar en origen no es una consigna ideológica: es una estrategia de desarrollo territorial.
Detrás de cada migración hay una historia de desarraigo. Familias fragmentadas, abuelos que quedan solos, jóvenes que crecen lejos de sus afectos, comunidades que pierden identidad. El impacto psicológico y social de este proceso es profundo y pocas veces contabilizado. Nadie lo menciona, para los políticos y los economistas el sector agropecuario se resume en una planilla de Excel.
La pérdida del arraigo no solo empobrece al individuo, y a su familia: debilita el entramado social y erosiona la cohesión nacional.
Revertir esta tendencia no requiere megaplanes inviables ni gastos desmedidos. Existen medidas concretas, de bajo costo relativo y alto impacto, que podrían cambiar el rumbo; menciono algunas, seguramente existen mas:
-Conectividad digital plena en todo el territorio productivo.
-Escuelas con alto nivel educativo, especialmente las técnicas y agrotécnicas con calidad, articuladas con universidades y sectores productivos.
-Salud regionalizada, con centros de complejidad intermedia bien equipados, con niveles óptimos, y no meramente "salitas de primeros auxilios" u hospitales escasamente equipados.
-Mejora sostenida de caminos rurales , condición básica para producir y vivir. Que cada productor pueda entrar y salir de su establecimiento sin problemas de acceso por deterioro o inundación.
-Incentivos fiscales simples y estables para industrias que se radiquen en origen.
-Logística multimodal, recuperando y modernizando el ferrocarril.
- Rutas troncales en buenas condiciones de transportabilidad de productos del campo
-Créditos blandos y programas de primer empleo para jóvenes del interior.
Nada de esto es revolucionario. Todo esto es sentido común aplicado al desarrollo. Es inversión, no gasto.
Argentina debate retenciones, tipo de cambio y exportaciones, pero casi nunca se discute una crisis más profunda: el vaciamiento demográfico del interior productivo.
El agro argentino no solo sostiene exportaciones y divisas. Sostiene población, cultura, identidad y soberanía territorial.
Sin productores no hay territorios. Sin territorios, no hay Nación.
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