29 de junio de 2026
por
Chino Castro
¿Cuestionar la organización del Mundial de Fútbol es estar en contra? Si lo es, estoy en contra.
Por varias razones:
- Lo primero es que se haga en Estados Unidos, un país que, más que estar en guerra, despliega con Trump una fruición terrorista que no le conocíamos -sin que jamás hubiese sido una carmelita en patas, veamos cómo acumuló poder históricamente, hasta imponernos a todos el yugo del capitalismo-. Sin embargo, a casi nadie parece importarle, nadie teme un 'confitazo' ni le interesa que se lo tiren a otro.
Esa pasión por la violencia y la injusticia selectiva ha llevado a atropellos contra algunos planteles, con el iraní a la cabeza pero no el único. Tampoco nadie ha puesto el grito en el cielo, salvo en algún oscuro rincón de la massmedia.
En Argentina, lo que ha indignado es que Florencia Peña "matara" al padre de Messi por televisión. La acusan de no ser periodista, como si Gallardo, Tévez, Palermo y Ruggeri lo fueran. Y de haber sido K, encima; también Florcita, qué puntería. Del mismo modo que no vemos legiones de enajenados porque los miércoles la seguridad pública, a la que sostenemos con la plata de todos, con la tuya y la mía, reprime a palos a los viejos en pleno centro porteño, y si alguna vez se les fuera el garrote y liquidaran a una abuelita por cometer la terrible infracción de reclamar unas migajas de dignidad en el desalmado (pero armado) 'país-Milei', no pasaría 'naranja' ni tronaría nothing escarmiento.
Europa combate a los inmigrantes y expulsa como a perros infectos a los negros desesperados que quieren ingresar al continente en pos de una vida... salvo que jueguen bien al fútbol. Ahí no hay restricciones que valgan, de otro modo Francia, Inglaterra e incluso España no tendrían ninguna chance de ganar un Mundial.
-Se blablea de que la FIFA está en contra de la discriminación, pero resulta que la primera discriminada es la enorme mayoría de la población mundial, privada de entrar al Mundial por no poder pagar la entrada. Así, no va a la cancha el hincha genuino, sino quien puede abonar el ingreso y costearse el avión. Es lo que sucede hoy con los grandes espectáculos planetarios. Los mismos rostros radiantes de plástico esplendor que por la tele vemos en los estadios aparecen también en un gran torneo de tenis, en una carrera de Fórmula 1 y en un recital de Ed Sheeran, ponele. Es igual que en esos programas de cocina donde terminan comiendo: si te fijás bien, los que están morfando en la mesa de los Petersen son los mismos que en la de los demás ciclos.
-La pausa de hidratación -con música y todo- opera del modo en que lo denunció el técnico Jürgen Klopp: el partido resulta una interrupción entre tandas publicitarias. Es un imperativo del negocio, no del juego. Y no casualmente surge en un Mundial en Estados Unidos, un país definido en lo cultural por su cualidad de reducir hasta al amor a una hamburguesa saturada de salsas, que ha exportado esa miseria al mundo.
Hace tiempo que el fútbol fue cooptado por los grandes capitales, que inficionaron con su lógica depredadora la pureza del deporte más popular del planeta a punto tal que ahora no tenemos dos tiempos, sino cuatro cuartos. Hablame de creación de climas, en un tiempo global donde lo que impera es la mutilación de atmósferas, como si sembraras un árbol en tu patio y no bien asomara el primer brote lo arrancaras de cuajo, impaciente porque no da sombra. Así vivimos. Aun atendiendo que ya nadie aguanta concentrado nada durante cuarenta y cinco minutos, un pibe menos.
Pero mientras hasta los que cuestionamos la organización del Mundial continuemos disfrutando sus partidos, nada va a modificarse de raíz, y mañana tranquilamente podría institucionalizarse interrumpir los cotejos con consejos sobre cómo usar un arma para defensa personal con tanto pobre dando vueltas en la calle dispuesto a baldearle su muerte en vida al primero que pase, y seguiremos gritando goles. ¿O no se institucionalizaron ya las apuestas? ¿Cuánto falta para que en el cine empiecen a entorpecer las películas cada media hora para una tandita? Estaría bueno, el público podría ir al baño tranquilo y, más vale, rehidratarse con pochoclos.
¿Cuestionar el Mundial es estar solo? ¡De ninguna manera! En todo caso estoy del lado de los Cappa, los Víctor Hugo, los Klopp, los Bielsa, los Zlatan, los Alejandro Fabbri de la vida, porque el sur también existe. Así como hay otros/as, acaso la dominante mayoría, que ansían ser el norte, y entonces se alinean con los Mariano Closs, los Gustavo López, los Ruggeri, el team ESPN, los esmerados muchachos de TyC y la pléyade de babeados televisados de 'Leo' y el Mundial.
Sin embargo, refulge una linda contradicción, un rayo partiendo la oscuridad: se está viendo buen fútbol en esta edición, sin que quepa esperar al Brasil del '70 aunque sí, paso a paso, a la Argentina y la Francia del 2022, y eso es un montón. Si fuera que los partidos inevitablemente representaran a la organización, estaríamos asistiendo a bodrios insufribles o carnicerías futbolísticas, y está ocurriendo bastante al revés: casi todos los equipos, por flojos que sean sus integrantes, intentan jugar con la pelota en sus pies, ir en busca del arco de enfrente desde la tenencia del balón en lugar de cedérselo al rival en espera de su error. Hay más nobleza que mezquindad, más asociaciones y paciencia que pelotazos revoleados para ver qué pasa y salir atropellando como en el rugby. Como si los Guardiola, los Luis Enrique, los Arteta, los de la Fuente, los Deschamps, los Scaloni y hasta los Tuggel y los Ancelotti hubiesen hecho docencia, y hoy a escala global eligieran sus recetas. Claro, siendo generosos ganaron, y aunque los prefieran desde el pragmatismo, al fútbol le hace bien.
Es un campeonato con muchos goles, casi no ha habido scores en cero, aunque ahora el goleo mermará porque en las fases de eliminación directa empiezan a primar los cerrojos defensivos y la cautela por miedo a perder. Es, también, un Mundial de goleadores, y eso siempre representa una bocanada de aire fresco para el juego: si a los Messi, los Mbappé, los Kane, los Ronaldo, los 'Vini' y los Haaland les va bien, el deporte sonríe, ¡y se venden más figuritas! Semejante conjunción de estrellas consteladas, no es lo usual.
Y ni hablemos de Lionel: es Gardel con zurda, Maradona recargado, a un nivel que hasta un nihilista con pronóstico reservado sucumbiría a la 'messimanía'. Y bien que se puede sucumbir... sin ahogarse en los imperativos de la FIFA y de los grandes capitales que han secuestrado al fútbol, con la pretensión de privatizar hasta su esencia. (Cappa habla de "privatizar la pasión".) Messi es Borges: te puede perturbar, si formás parte de las minorías sociales, de ese hidalgo sur ya mencionado, que no haya ido a brindar con Alberto cuando conquistó la Copa 2022 y todo sonriente 'le haga la pelota' a Trump (para unos, una pavada de kirchneristas tardíos que "la tienen adentro"; para otros, un asunto muy serio, que tiene todo que ver con tu plato de comida), pero una cosa no debería arruinar la otra. Es el mundo el que se ha derechizado, y el plantel nacional resulta un reflejo de ello, con ricos viviendo en burbujas, aunque jugando a la pelota son más zurdos que Fidel. Todo esto permite ver que, asomando su ternura desde la parva de mugre que el negocio, que jamás descansa, le arroja encima, la poesía, que en esta metáfora equivale a la verdad, no se entrega. Tenía razón Maradona: la pelota sí se salva.
Ubicado en Av. San Martin Nª 883.
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