7 de junio de 2026

COLUMNISTA

COLUMNISTA. La lechería argentina: una historia de inmigrantes, esfuerzo y transformación

Cuando hablamos de lechería argentina solemos enfocarnos en los precios, los costos o la coyuntura. Sin embargo, pocas actividades productivas tienen una historia tan rica y tan ligada al desarrollo del país.

por
Gustavo Huesca Pérez

Los primeros pasos de la lechería moderna argentina se dieron a fines del siglo XIX, impulsados por colonos inmigrantes, especialmente suizos, italianos y franceses, que se asentaron en las provincias de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires.

Aquellos pioneros introdujeron conocimientos técnicos, sistemas cooperativos y una cultura de trabajo que marcaría el ADN del sector durante más de un siglo.

La cuenca central de Santa Fe fue el corazón de ese desarrollo. Colonias como Esperanza, Rafaela y Sunchales se transformaron en verdaderos polos lecheros, donde nacieron muchas de las cooperativas y empresas que luego serían emblemas de la industria nacional.

La historia de organizaciones como SanCor es inseparable de esa etapa fundacional.

Durante gran parte del siglo XX, la lechería fue una actividad de fuerte arraigo familiar. Miles de tambos producían leche diariamente con sistemas pastoriles, mano de obra familiar y una estrecha relación con las industrias locales.

Los años noventa marcaron probablemente uno de los momentos de mayor expansión productiva. Argentina llegó a superar los 10.000 millones de litros anuales y se consolidó como un actor relevante en los mercados internacionales. Muchos productores recuerdan ese período como una etapa de inversiones, incorporación tecnológica y crecimiento. Sin embargo, también comenzó un proceso de transformación estructural que continúa hasta hoy.

La principal característica de las últimas décadas fue la desaparición de tambos medianos y familiares y la concentración productiva. A fines de los años noventa existían más de 30.000 tambos.

Actualmente quedan me nos de 10.000 establecimientos en actividad. La producción total se mantuvo relativamente estable, pero cada vez es generada por menos empresas y de mayor escala.

¿Por qué ocurrió esto?

La respuesta es múltiple: aumento de costos, volatilidad macroeconómica, dificultades para financiar inversiones, sucesivas crisis climáticas y la necesidad de ganar escala para sostener la rentabilidad.

Pero la principal transformación ocurrió porque muchas empresas emblemáticas desaparecieron o fueron absorbidas por capitales extranjeros.

El resultado es una paradoja interesante: hoy hay menos tambos, pero los que permanecen son mucho más eficientes y productivos. El tambo promedio argentino produce varias veces más leche que hace apenas dos décadas.

Empresas históricas que desaparecieron o perdieron su identidad original y fueron reemplazadas.
· Milkaut: nació como cooperativa santafesina (AUT), fue una de las grandes competidoras nacionales y terminó bajo control del grupo francés Savencia (ex Bongrain). Hoy la marca existe, pero ya no es una Milkautempresa argentina independiente.
· Ilolay: pertenecía a Williner, una empresa familiar santafesina. En 2023 fue adquirida por Savencia, por lo que pasó a manos francesas.
· Parmalat Argentina: la multinacional italiana fue muy importante en los años 90 y 2000, pero abandonó el mercado argentino como actor relevante.
· Molfino: fue una de las grandes lácteas nacionales. Pasó a manos de la canadiense Saputo, conservando marcas, pero perdiendo el control argentino.
· ARSA: fabricante de yogures y postres vinculados a SanCor, terminó en quiebra en 2025 tras años de problemas financieros.

La Suipachense: histórica elaboradora de quesos y lácteos, entró en una crisis profunda y aparece entre las firmas que colapsaron durante la reestructuración del sector.

Las nuevas protagonistas y qué capital representan

La gran novedad de los últimos 20 años fue que la lechería argentina dejó de estar dominada por cooperativas y familias locales para pasar a grupos internacionales.

Empresa actual - Capital
Saputo Canadá
Savencia Francia
Danone Francia
Adecoagro Capital internacional con origen en fondos de inversión y presencia regional
Nestlé Suiza

Un dato interesante

En los años 80 y 90 el mapa era dominado por empresas argentinas o cooperativas: SanCor, Mastellone, Milkaut, Williner (Ilolay), Molfino, Manfrey, entre otras.

Hoy el escenario es muy distinto:
· SanCor prácticamente desapareció como actor relevante y terminó en quiebra.
· Milkaut e Ilolay quedaron bajo control francés.
· Molfino quedó en manos canadienses (Saputo).
· La Serenísima mantiene la marca argentina, pero el negocio está fuertemente asociado a Danone y Bagley-Arcor.

En términos históricos, puede decirse que la lechería argentina pasó de un modelo de cooperativas y empresas familiares nacionales a uno dominado por grandes grupos multinacionales, principalmente franceses y canadienses.

Las grandes que desaparecieron o dejaron de ser argentinas

SanCor
Fue la mayor cooperativa láctea de América Latina. Llegó a procesar más de 4 millones de litros diarios. Desde 2017 comenzó una venta masiva de activos y perdió el liderazgo histórico.

Milkaut}
Nació en 1925 como cooperativa de tamberos santafesinos. Desde 2011 está controlada por el grupo francés Savencia.

Ilolay (Williner)
Fundada por inmigrantes suizos en 1928. Permaneció casi un siglo bajo control familiar hasta su venta a Savencia en 2023.

Molfino
Empresa histórica argentina que pasó a manos de la canadiense Saputo, uno de los mayores grupos lácteos del mundo.

Parmalat Argentina
Tuvo fuerte presencia en los años noventa. Tras la crisis global de Parmalat desapareció como actor relevante del mercado local.

Los nuevos protagonistas

Empresa - Capital actual - Origen
Saputo Canadiense Canadá
Savencia Francés Francia
Danone Francés Francia
Nestlé Suizo Suiza
Adecoagro Capital internacional Luxemburgo / Sudamérica

Las que siguen siendo argentinas

Aunque con menor peso relativo que hace 30 años:
· Mastellone Hermanos (control familiar histórico con participación de Danone).
· Manfrey.
· Verónica.
· Punta del Agua.
· La Paulina.
· Tonadita.

En síntesis

Si en 1980 uno observaba la lechería argentina, veía un sector dominado por cooperativas y familias empresarias nacionales: SanCor, Mastellone, Williner, Milkaut, Molfino.

Si la observa en 2026, encuentra un mapa muy diferente:
· SanCor prácticamente desapareció como líder.
· Milkaut pasó a manos francesas.
· Ilolay pasó a manos francesas.
· Molfino pasó a manos canadienses.
· El tercer y cuarto jugador del mercado son multinacionales.

Por eso muchos analistas consideran que el cambio estructural más importante de la lechería argentina en las últimas tres décadas no fue tecnológico ni productivo, sino el reemplazo progresivo del capital cooperativo y familiar argentino por grupos multinacionales, principalmente franceses y canadienses

La historia de la lechería argentina demuestra una enorme capacidad de adaptación. Pasó de los carros tirados por caballos a la robotización; de los tarros de leche a los sistemas digitales de gestión; de los pequeños establecimientos familiares a empresas altamente profesionalizadas.

Y probablemente esa capacidad de reinventarse siga siendo su principal fortaleza para enfrentar el futuro.

El futuro de la lechería argentina: menos tambos, más tecnología y una oportunidad global

La lechería argentina atraviesa uno de los momentos más interesantes de su historia.

Por un lado, el sector viene de años difíciles. En 2024 la producción cayó alrededor de 6,5%, afectada por cuestiones climáticas, financieras y económicas. La actividad sufrió además una fuerte reducción del consumo interno.

Pero al mismo tiempo, comienzan a aparecer señales que permiten mirar el futuro con mayor optimismo.

La primera es la competitividad natural. Pocos países poseen las condiciones agroecológicas de Argentina para producir leche. Disponemos de tierras fértiles, abundancia de agua, capacidad para producir granos y forrajes y una tradición técnica reconocida internacionalmente.

La segunda es la tecnología.

Los tambos actuales incorporan cada vez más herramientas de gestión, monitoreo de rodeos, genética, nutrición de precisión, automatización y robotización. El productor moderno ya no solamente ordeña vacas: administra datos.

La tercera es la demanda global.

Mientras muchas economías desarrolladas enfrentan restricciones ambientales y limitaciones para expandir su producción, el consumo mundial de proteínas lácteas continúa creciendo, especialmente en Asia, África y Medio Oriente.

Argentina tiene una oportunidad extraordinaria para posicionarse como proveedor confiable de leche en polvo, quesos y productos con valor agregado.

Sin embargo, el desafío más importante no es tecnológico.

Es económico e institucional.

Ninguna actividad puede desarrollar plenamente su potencial si enfrenta incertidumbre permanente, dificultades para invertir a largo plazo o reglas que cambian constantemente.

La lechería argentina: una historia de resiliencia, pero también de oportunidades perdidas

Si bien la transformación tecnológica y la concentración productiva explican parte de la reducción del número de tambos, sería incompleto analizar la historia de la lechería argentina sin mencionar los factores políticos, económicos y sociales que durante décadas desalentaron la permanencia de miles de productores.

La producción de leche tiene una particularidad: no puede detenerse. Las vacas deben ser ordeñadas todos los días, llueva o truene, haya feriados o no. Es una actividad que exige presencia permanente y un enorme compromiso familiar.

Además, durante largos períodos, los productores enfrentaron escenarios de alta inflación, tasas de interés prohibitivas, falta de crédito de largo plazo, intervenciones en los mercados, controles de precios y una marcada volatilidad económica. Muchas veces el productor tomaba decisiones de inversión para diez o quince años en un país donde las reglas cambiaban cada poco mes.

A diferencia de otras actividades agropecuarias, el tambo requiere inversiones permanentes en instalaciones, genética, maquinaria, bienestar animal y manejo de efluentes. La incertidumbre económica afectó especialmente a quienes necesitaban planificar a largo plazo.

Pero existe otro factor del que se habla menos y que probablemente haya sido tan importante como los económicos: la calidad de vida en el medio rural.

Miles de tambos desaparecieron no solo porque fueran inviables productivamente, sino porque las nuevas generaciones eligieron otro camino.

Durante años, muchas familias vivieron en establecimientos aislados, con caminos rurales deficientes, dificultades para acceder a servicios de salud, educación, conectividad y transporte. En muchos casos, después de una lluvia importante, el acceso podía quedar comprometido durante días.

La infraestructura rural no es solamente una cuestión de caminos.

También implica internet confiable, energía eléctrica estable, acceso a escuelas de calidad, servicios médicos cercanos, seguridad y posibilidades de desarrollo para toda la familia.

Muchos productores medianos, se han animado y han destinado parte de su campo a la actividad lechera, han construido un tambo y su funcionamiento lo han transferido a una figura muy común en nuestros campos, el "tambero", una actividad que desarrolla un padre de familia e interviene toda la familia. Las vacas hay que ordeñarlas, como señale, cada 4 cuatro horas,generalmente, hay que traerlas y agruparlas en las instalaciones del tambo, colocarles las pezoneras y aprovechar para observar posibles problemas, como enfermedades, etc.

Esa actividad la realiza prácticamente el tambero e involucra a su familia. Los 365 días del año. Las vacas no se pueden dejar de ordeñar en navidad, a fin de año o el 01 de mayo.

Indefectiblemente hay que hacerlo, Los jóvenes hijos del tambero son los que hoy no encuentran incentivos para continuar con las tareas y suceder a su padre.

Finalmente deciden emigrar y así se pierde la actividad. Este motivo influye mucho en el cierre de tambos, a los que llamamos familiares, son los que no pueden continuar, pues no tienen quien haga las tareas.

Y así comenzó un fenómeno silencioso: el cierre de tambos por falta de sucesión generacional.

Muchos establecimientos desaparecieron cuando sus propietarios llegaron a la edad de retiro y sus hijos decidieron no continuar la actividad.

La consecuencia fue un proceso de concentración que aún continúa. Cada cierre representó mucho más que una reducción estadística. Fue una familia menos viviendo en el campo, una escuela rural con menos alumnos, un comercio local con menos clientes y una comunidad que perdió parte de su dinamismo.

Por eso, cuando pensamos en el futuro de la lechería argentina, no alcanza con hablar de litros de leche, genética o robotización.

La verdadera pregunta es si seremos capaces de construir un medio rural donde las familias quieran vivir.

Porque el futuro de la lechería no depende solamente de las vacas.

La experiencia internacional demuestra que los países que lideran la producción láctea mundial -como Nueva Zelanda, Países Bajos, Canadá o Estados Unidos- combinan tecnología con bienestar humano y eso contribuye a la previsibilidad.

Si bien ha caído la productividad por varios motivos que aquí menciono, los tambos sobrevivientes, son más eficientes, más profesionales y producen mucho más que antes. Están gerenciados y el fenómeno familiar influye menos, hay, menos familias de tamberos.

La gran pregunta es si el país logrará convertir esa eficiencia en crecimiento sostenido. Mi visión es que sí.

Si existe estabilidad macroeconómica, acceso al financiamiento, gerenciamiento profesional y una estrategia exportadora consistente, la próxima década podría convertirse en una de las mejores de la historia para la lechería argentina. Como siempre señalo, la previsibilidad es la rectora de las decisiones del productor argentino, sea agricultor, criador, engordador o tambero.

No será la lechería de nuestros abuelos. Habrá menos tambos, más grandes y más tecnificados. Pero el tambo seguirá siendo una de las actividades que mejor representan la capacidad productiva, emprendedora y resiliente del campo argentino.

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