1 de noviembre de 2026
La historia de la siembra directa en Argentina.
por
Gustavo Huesca Pérez
El 1 de agosto de 1989 se fundó la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa, Aapresid. Su primer presidente fue Víctor Trucco. Entre sus referentes fundadores estuvieron Rogelio Fogante, Luis Giraudo y Jorge Romagnoli. La asociación dio organización y continuidad al intercambio entre productores, investigadores, asesores y empresas.
Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Víctor y de construir con él un vínculo de cierta amistad e intercambio durante mi desempeño como jefe de asesores de la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados de la Nación.
En aquella etapa de afianzamiento del sistema, nuestra interacción me permitió seguir de cerca el entusiasmo y las dificultades de quienes buscaban extenderlo. También conocí cómo técnicos y referentes de Aapresid eran convocados a seminarios y congresos en distintos países para explicar la experiencia argentina.
Nuestro campo podía aportar conocimientos además de alimentos. Esa capacidad de enseñar lo aprendido, y de seguir aprendiendo de otros, constituye un motivo de orgullo. La soja fue un motor de expansión, pero el sistema se consolidó también en maíz, trigo y otros cultivos.
Incorporarlos en rotaciones tiene una razón agronómica: sus raíces, residuos y ciclos diferentes ayudan a diversificar el funcionamiento del lote y a interrumpir problemas de malezas, plagas y enfermedades. Sembrar soja todos los años sin arar puede ser siembra directa como técnica de implantación, pero deja incompleto el enfoque conservacionista. La FAO define la agricultura de conservación mediante tres principios complementarios: mínima alteración del suelo, cobertura permanente y diversificación de especies. La sustentabilidad depende de sostenerlos en conjunto.
En Brasil, Herbert Bartz inició en 1972 una experiencia comercial emblemática de plantiodireto en Paraná. Investigadores y productores brasileños construyeron un camino propio, mientras en Chile también se destacaron las experiencias de Carlos Crovetto. La historia regional se enriqueció con intercambios y adaptaciones, sin un recorrido idéntico para todos los países. Paraguay y Uruguay desarrollaron asimismo experiencias importantes, y la cooperación técnica del Cono Sur contribuyó a compartir resultados. PROCISUR reunió instituciones de investigación y documentó estos procesos. En América del Norte, Estados Unidos, México y Canadá aportaron sus propios desarrollos. La innovación avanzó por una red de conocimientos que cruzó fronteras.
La experiencia argentina se proyectó también fuera de América. Aapresid documenta proyectos de transferencia y adaptación en países africanos, como Ghana y Guinea, e intercambios técnicos en Europa. Es una muestra concreta de que el conocimiento agronómico puede convertirse en una contribución internacional del país.
Su expansión exige adecuaciones. Un suelo frío y húmedo plantea desafíos diferentes de uno cálido y seco. En explotaciones pequeñas, los rastrojos pueden necesitarse para alimentar animales, lo que dificulta conservarlos sobre el terreno.
Las máquinas, el acceso a asesoramiento y la capacidad de financiar la transición también condicionan la adopción. Para extender el sistema hacen falta ensayos locales, capacitación, equipos adecuados y políticas que acompañen el cuidado del suelo.
La experiencia sudamericana ofrece una base valiosa; cada región debe encontrar cómo aplicarla. Un logro que debemos sostener Las cifras deben leerse con fecha y alcance. Aapresid registró para 2016/17 una adopción del 93% en soja y del 90% para el conjunto nacional relevado.
Más recientemente, su Red de Manejo de Plagas estimó que en 2024/25 el 82% de la superficie agrícola nacional se produjo bajo siembra directa y que el 18% recibió alguna labranza. Son relevamientos de momentos y alcances distintos, y el último no constituye una cifra específica de soja. El dato reciente merece atención: la propia entidad advierte sobre el regreso de labores asociado, en parte, a las dificultades para controlar malezas. Los logros técnicos necesitan seguimiento y mejoras continuas. El orgullo por lo alcanzado debe impulsarnos a resolver esos problemas.
La historia de la siembra directa demuestra cuánto puede conseguir la Argentina cuando conecta investigación pública, iniciativa de productores, industria y organizaciones técnicas. El INTA y los pioneros que se animaron a cuestionar prácticas establecidas merecen un lugar destacado en esa memoria. Acercar el campo a la ciudad también consiste en explicar estas transformaciones. Detrás de una cosecha hay décadas de ensayos, decisiones y aprendizajes que rara vez llegan al debate público.
La tierra fértil tarda mucho más en formarse que una cosecha en crecer. Producir cuidándola es una responsabilidad que trasciende al campo: compromete el alimento y las oportunidades de las próximas generaciones. La Argentina ya demostró que puede abrir ese camino. Nos corresponde sostenerlo y compartirlo.
Haciendo el trabajo sucio.
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