1 de noviembre de 2026
por
Juan Emilio Junco
Un psicoanalista premiado y un escritor bloqueado se enfrentan a su propio límite. La comedia negra que es furor en Netflix sirve de excusa para preguntarnos qué pagamos cuando no queremos soltar lo que supimos ser.
La película arranca con la escena siguiente: Ulises Verón (Darín), entre bambalinas, a punto de recibir el premio a la excelencia frente a un auditorio lleno de colegas. Y dice: "Tenemos un problema serio: Argentina es el país con mayor concentración de psicoanalistas del mundo. Sin embargo, en los últimos 30 años, el porcentaje de población que padece algún tipo de trastorno, se duplicó".
Antes el prestigio era consecuencia del trabajo. Hoy, en la época de Ulises y de Martín Bouchard, el escritor bloqueado, el prestigio se volvió el trabajo en sí mismo (Peretti).
Para Ulises, el "prestigio" es su identidad: es "el que puede con todo". Se siente casi omnisciente, capaz de resolver cualquier problema a como dé lugar. Su método poco ortodoxo le dio resultados, le dio fama, le dio un premio. El prestigio lo valida.
Para Martín, el prestigio es su condena: es el "célebre escritor" que ya no puede escribir. Vive del prestigio acumulado, pero sin obra presente. En esta época, donde todo es visible, medible, premiable, el prestigio es valioso porque da existencia social. El problema es cuando deja de ser efecto y se vuelve causa.
La película lo responde con la clínica misma: el costo es la transgresión ética. Ulises empieza a sobrepasar algunos límites éticos de la profesión, poniendo en práctica métodos sin validación científica, aunque "comienza a obtener resultados favorables". Todo parece funcionar hasta que llega Martín.
Cuando sostenes el prestigio a costa de cualquier cosa:
1) Perdés el límite. Ya no atendés al paciente, atendés la imagen. Ulises no ve a Martín, ve un desafío a su omnipotencia. "Total, él todo lo puede... ¿O no?"
2) Se invierte la cura. El que debería ser cuidado - el analista - necesita ser sostenido por el éxito. Entonces el paciente tiene que curarse para que el analista siga siendo prestigioso. Es una manipulación que atraviesa a todos los personajes.
3) El costo final es la soledad. El prestigio mantenido así no hace lazo, hace auditorio. Tenes gente que te aplaude, no gente que te sostiene.
Tanto Ulises como Martín están profundamente solos, bloqueados, uno en alcohol y otro en su propia omnipotencia.
El "prestigio" es quedar atrapado en ser legible para el Otro social, a costa de no poder leer el propio criptograma. El prestigio te exige respuesta inmediata, productiva, visible. El psicoanálisis propone lo contrario.
En el Seminario 1 Lacan no lo dice con la palabra "productividad", porque en 1953-54 no existía el coaching y el imperativo del rendimiento, pero ataca el mismo fantasma: la psicología del yo que quería hacer del análisis una técnica de adaptación rápida. Lacan les dice a esos analistas: Ustedes quieren traducir rápido, adaptar rápido, curar rápido. Quieren un yo fuerte que responda. Yo les digo que el sujeto solo aparece cuando se suspende la exigencia de respuesta.
El escritor bloqueado de la película - Martín Bouchard - sufre exactamente eso. Tiene que producir. Tiene que responder a su prestigio de "escritor célebre". Y por eso no puede escribir. Ulises, el analista, también: tiene que responder a su prestigio de "el que cura todo".
La lectura calificada del criptograma exige otra cosa. Una lectura calificada no es una lectura rápida. Es una lectura que se detiene, que vuelve, que se pierde en el detalle. Es pasional, no eficiente.
Salir de la exigencia de respuesta es un acto político hoy. En la época del prestigio, ser improductivo a propósito es subversivo. Es decir: "no voy a traducir mi síntoma a una solución vendible ahora. Lo voy a dejar hablar, aunque no sirva para nada".
"Lo dejamos acá" es brillante porque es la frase donde esa lucha podría hacerse evidente. Es el momento donde ambos podrían decir: che, acá ninguno de los dos puede.
La historia de la siembra directa en Argentina.
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