8 de septiembre de 2026
por
Chino Castro
Un concierto de proporciones fabulosas (y fue verdad, no fantasía) nos regalaron el pianista Hernán Jacinto, el bajista Daniel Maza y el baterista 'Pipi' Piazzolla el sábado en Artecon, de la mano de Cable a Tierra y a caballito de una combinación imbatible de destreza técnica, sensibilidad artística, buen gusto para elegir al servicio de qué montar esas cualidades y generosidad para brindarse entre ellos y al público, que se retiró de la sala 'Duilio Lanzoni' levitando de la emoción, flotando sobre la goma del piso y con esas marcas que sólo el arte deja en el corazón y abrigan para siempre.
La productora, Daniela López, para promocionar la fecha había anticipado que lo del trío sería una cumbre artística, de lo mejor que podríamos ver acá en años 'a la redonda'. Allende el picante que 'Dani' anexó para acicatear la venta de entradas, es imposible comprobarlo ya que esto es arte y no matemáticas, pero sin necesidad de recurrir al calidómetro -que, por otra parte, no existe, aunque muchos crean poseerlo- cualquiera que haya estado en esa sala coincidirá en que resultó un concierto hermoso, tan cálido como caliente, tan atmosférico como explosivo, o todo eso sabiamente combinado en pro de los matices que siempre optimizan el producto.
Dedos, para homenajear a Rada, fue el tema elegido para abrir el concierto, a diez minutos de las diez de otra noche helada más y ante una muy buena concurrencia en una sala que, digámoslo ya, sin ser la más coqueta es quizá la mejor de la ciudad para escuchar música en vivo, por sus condiciones acústicas, su comodidad y la cercanía con el escenario, vale decir con los artistas, a los que podés verles hasta los gestos entre ellos. La voz la puso Maza, a su modo: el eximio bajista uruguayo es un decidor, más que un cantante, lleva las cosas a su molde y todo lo resuelve con estilo, buen gusto y corazón. No dijeron mucho de Rada, no es que salieron a rasgarse las camisas pletóricos en elogios, pero los tres lo adoran como tipo y lo veneran como músico, por lo que fue más que suficiente preferir esa canción suya de los años setenta y la que interpretaron al final, como segundo bis.
Uruguay es bandera en el corazón de los tres, y de nuestro hermano país seleccionaron para tocar un tema instrumental, bellísimo, de Hugo Fattoruso; dos de Eduardo Mateo, esa suerte de patriarca y gurú de todos ellos, y, como dije, dos de Rada. El segundo de la noche fue justamente de Mateo, su clásico Esa tristeza, puro atardecer que acaricia. A él volverían hacia el final del viaje, para tocar un tema suyo con el que cerraron el concierto a puro lucimiento, cada cual en su elemento, antes de los bises.
El cantor de la noche, Daniel Maza, fue también quien se hizo cargo de la tarea de comunicarse verbalmente con el público, y aquí apareció otra faceta deliciosa suya: la del contador de anécdotas, un histriónico maestro de ceremonias 'a la uruguaya', es decir sin gritos ni desbordes gestuales, sin ponerse en ese pobre papel de interesantes en el que algunas figuras mediáticas caen, como si cualquier cosa que les pasara, por sucederle a ellos, mereciera la atención de las multitudes. Un recurso con el que 'el Maza' condimentó el concierto a la hora de ir presentando algunas de las canciones.
Contó, por ejemplo, que su madre musicalizaba con una música en particular cada tarea doméstica del hogar: un tipo de música, o incluso una canción o cantante en específico, para limpiar; otra para planchar; otra para cocinar. A él le gustaba ese momento del día en el cual la que sonaba era Cuando cuando (del portorriqueño Tito Rodríguez), uno de los boleros que el trío escogió para esta primera incursión acá. Ese tema su madre lo escuchaba en un combinado que su padre le había comprado para ella a un turco que pasaba por el barrio, "al que podías comprarle ese equipo o una moto", dijo con humor Daniel al recordar aquellos años de infancia y juventud en una casa de laburantes donde forjó esa dignidad como persona que hoy pone al servicio de su trabajo de músico.
A la final chorizo fue otra pieza -instrumental- presentada por Maza con una exquisita anécdota de cómo conoció, en un recital en La Vaca Profana que terminó viendo por error (quería ver a Hermética, que había estado una noche antes), a un colega bajista "que se tocaba todo", con el que al otro día se juntó en su casa a hacer música e intercambiarse cosas... durante doce horas seguidas. Ese bajista (Daniel no mencionó su nombre) era Eduardo Pinto, quien falleció muy joven. A la final chorizo alude a un dicho típicamente mendocino, la provincia de donde era Eduardo, el autor del tema.
Siguiendo con las exquisiteces, otro bombón que el grupo extrajo de su cajita para convidarnos fue el bolero Eclipse, de la cubana Margarita Lecouna, que Maza cantó con la delicadeza con la que se entona una canción de cuna para dormir a un hijo. Su versión está inspirada en la de Joao Gilberto, uno de sus ídolos, según contó.
A ambos costados del bajista y cantor, pero mejor dicho junto a él, Hernán Jacinto y Daniel Piazzolla construyeron un verdadero artefacto de relojería sonora: el primero, al comando de su nave-teclado de la que salían pájaros, a veces 'sintetizados', y todo un esqueleto armónico para que la canción se proyectara en su vuelo espacial, mientras que el nieto de Astor sostenía la estructura y avivaba el fuego con los certeros estallidos de su batería. Tocar rápido, tocar bien; bajar, subir, todo lo hacen bien, pero siempre manda la canción, esto no es acrobacia sino música. En general, fueron todas versiones largas, ricas en improvisaciones y solos, en 'diálogos' instrumentales coloreados por los gestos de gozo que los músicos intercambiaban entre ellos, todo un dato de la celebración que también se vivía ahí arriba.
El tango Nada, clasicazo de Dames y Sanguinetti, constituyó un pináculo más de una noche de alturas. Lo cantó Maza, por supuesto 'a lo Maza'.
Los bises fueron otro bolero, Tus ojos, y uno de los máximos hits de Rada, Blumana, con el que hizo pie para siempre de este lado del 'charco' en los primaverales años de la apertura democrática. Supo a un fin de fiesta estupendo, con todo el público cantando junto a la banda.

El sonido brilló impecable, es tiempo ya de mencionar al siempre eficaz Sergio Ramírez. Lo mismo que la organización de Cable a Tierra. Acompañó Búho Guitarras, del lutier Juani Martínez, que montó tres violas a un costado de la platea, con auriculares en un sector aislado para quien gustara probar esos instrumentos que se construyen acá y que en el país eligen figuras de la talla de Richard Coleman. La iluminación estuvo en dedos de Damián López. La municipalidad, a través de la Dirección de Cultura, realizó un aporte a la organización de una fecha que nos quedará en la memoria.
Digamos finalmente -a modo de síntesis conceptual- que fue una noche de enriquecimiento espiritual, un brindis con la vida en la que un centenar de personas, incluyendo a los artistas, vibramos un par de horas en la misma frecuencia. El sábado nos dimos el gusto de volver a alimentarnos con ese pan nuestro de algunos días, que nunca serán todos, pero siempre, sí, los que harán la diferencia.
Sin embargo, Daniela López no descansa (ni baja de la nube de su excitación), porque al otro día de este concierto ya anunció la próxima estación 2026 de Cable a Tierra: nada menos que el regreso del Javier Malosetti Trío, que se presentará el sábado 10 de octubre, también en Artecon.
Los hermanos Rodrigo y Álvaro Estrebou cumplieron su primer año al frente de la empresa.
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