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jueves, 09 de diciembre de 2021
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El misterio de los sueños

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Escribe:

Justiniano Fuente

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Qué feo sueño tuve anoche, señor director! Se lo voy a contar rápido, antes de que se ponga de mal carácter y empiece con esa letanía suya tan repetida. Esa que, me han dicho, reitera cada vez que recibe una colaboración mía y que suena, en este caso, más o menos así: “¿este viejo me molesta sólo para contarme un sueño?

Ya mismo le cuento y verá que  más que sueño fue una pesadilla. Yo dormí anoche adentro del tractor New Holland de Marcelo Yaquinta. Se lo anticipo porque quizás la incómoda posición hizo que el sueño se vaya para cualquier parte y, además, porque si le falta algo al tractor no ha sido culpa mía. Yo dejé todo como estaba.

¿Vio que los sueños son cortitos? Dicen los que saben que duran apenas unos pocos segundos, pero a uno le parece que son casi eternos, porque en esos pocos segundos la mente humana es capaz de revisar una vida completa. A mí me sorprende la mente humana, qué quiere que le diga. Es algo así como la computadora más perfecta que jamás podrá imitarse.  Cierto es que algunas están llenas de virus, sino mírelo a Juan Grabois, sólo para citar un caso.

Bueno, pero me fui por las ramas. Le cuento: yo no sé en qué momento pasó, ni cuál fue el detonante, pero por alguna razón, de buenas a primera, la Rural se transformó en vegana. Así como se lo digo. Un disparate, pero entienda que ha sido sólo un sueño. Yo empecé a darme cuenta de la cuestión muy lentamente. El primer indicio que me hizo sospechar que algo andaba mal, fue cuando lo vi a Vidal Loza comiendo ensalada de lechuga en la Obra San José. Ensalada de lechuga sola, peladita, sin aceite y nada de sal. No hice mucho caso porque Jorge es un tipo raro y también bastante chistoso, así que supuse que estaba tramando algo. Lo saludé y seguí caminando. Ahí nomás, en frente, recibí la segunda advertencia: la cooperadora del hospital promocionaba en inmensos carteles “hamburguesas de soja” y chorizos de acelga. Las primeras de ellas, sin huevo para ligar porque el huevo no está permitido. O sea, una especie de soja molida, lo más parecido a comerse un puñado de aserrín. El fuego estaba apagado y el olor que salía de ese puesto de comida ni por lejos era ese tan atrapante de siempre, que genera la grasita chorreando en la parrilla. Era un olor parecido al que hay en el galpón de Luis Artola. O sea un olor a pasto cortado de hace varios días, no sé si me entiende.

Medio desconcertado miré para todos lados y lo encontré a Oscarcito Busquet, que estaba acarreando unos escritorios que llevaba hacia el galpón de Bovinos. Lo ayudé, porque Oscar es un buen amigo y cuando terminamos el acarreo le pregunté cuál era el motivo de instalar una especie de aula, nada menos que en ese lugar. “Le vamos a dar educación sexual a las terneras”, aseguró sin que se le escape siquiera una sonrisa. ¿Pero, cómo, éste no es el galpón de los toros?, pregunté. “Ni me hablés de esos degenerados”, levantó la voz Oscarcito. “Acá esos abusadores no entran más”, dijo mientras comenzaba a revisar un power point que había preparado.

Me hice el tonto y me fui, con la cabeza gacha. Andaba poca gente y puse rumbo al salón comedor El Fogón. Entré a la cocina y pasé derecho para el lado de los asadores. Todo apagado. Ni olor a carbón había. Pregunté por Salchicha Díaz y me dijeron que no estaba más. “Estar está”, me dijo Anita Hueso. “Pero nos ha prohibido que le digamos Salchicha. Ahora se hace llamar Espinaca Díaz”. Casi me muero de un infarto.

Pasé por el stand del diario, estaba cerrado y con toda mi tristeza a cuestas tomé el camino de salida. Me vio en esa circunstancia el presidente de la Rural, Fernando Alzueta.

-“¿Qué le pasa, don Justo, que lo veo tan decaído?”, me preguntó.

-“No sé, Fernando. Creo que me estoy volviendo loco”.

-“Venga conmigo, tengo unos chorizos secos escondidos en la Secretaría. Coma algo y deje de pensar pavadas”. Fue lo último que recuerdo. Ahí nomás me desperté, por gracia de Dios.

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