9 de agosto de 2026
Uno de los pilares del federalismo productivo.
por
Gustavo Huesca Pérez
Cuando se habla de la producción agropecuaria, la atención suele concentrarse en los grandes cultivos extensivos como la soja, maíz, trigo o girasol, o en la ganadería vacuna, porcina o aviar.
Sin embargo, existe otro universo productivo, mucho más diverso, intensivo y generador de empleo, que sostiene el desarrollo económico y social de cientos de ciudades y pueblos del interior profundo de los países: las Economías Regionales.
Lejos de representar una actividad marginal, constituyen uno de los pilares del federalismo productivo no solo argentino, sino de los países latinoamericanos. Generan arraigo, empleo, agregado de valor en origen, exportaciones, identidad cultural y ocupación territorial. En muchas regiones son, además, la principal fuente de ingresos y de desarrollo local.
A nivel mundial ocurre exactamente lo mismo. Desde los olivares mediterráneos de España e Italia hasta los viñedos franceses, el café colombiano y brasileño, el cacao ecuatoriano, las frutas chilenas, el salmón del sur de Chile, las flores de Ecuador, el azúcar centroamericano, la quinua boliviana o los berries mexicanos, las economías regionales constituyen el motor económico de vastas regiones cuya competitividad depende menos de la escala y mucho más del conocimiento, la calidad y la organización.
En América Latina, estas actividades generan millones de puestos de trabajo y representan una parte significativa de las exportaciones agroalimentarias. Además, muchas de ellas son verdaderos embajadores de cada país en los mercados internacionales, asociando sus productos con calidad, tradición y origen.
Argentina posee una extraordinaria diversidad agroecológica que permite producir prácticamente todo tipo de alimentos, fibras y materias primas. Esa riqueza natural ha dado origen a una enorme variedad de economías regionales distribuidas a lo largo del país.
Entre las principales pueden mencionarse la vitivinicultura de Mendoza, San Juan, La Rioja, Salta y Patagonia; la yerba mate y el té de Misiones y Corrientes; el tabaco del NOA y del NEA; la producción de cítricos del Litoral y del NOA; las peras y manzanas del Alto Valle; las cerezas y frutas finas patagónicas; el algodón del Chaco y Santiago del Estero; el azúcar de Tucumán y Jujuy; el olivo cuyano; los frutos secos de Cuyo y el NOA; el arroz del Litoral; el maní cordobés; la producción forestal del NEA y Mesopotamia; la lana ovina patagónica; el lúpulo de la Comarca Andina; las hortalizas de los cinturones verdes; las legumbres del norte argentino; la apicultura distribuida en gran parte del territorio; la floricultura; la producción caprina del noroeste argentino y numerosas actividades frutícolas y hortícolas que abastecen tanto al mercado interno como a los mercados internacionales.
Cada una de ellas posee características propias, pero todas comparten algo común: están conformadas por pequeños productores mayormente, que enfrentan enormes desafíos para sostener su competitividad. El reducido tamaño de las explotaciones limita el acceso al crédito, a la incorporación de tecnología, a la innovación, a la certificación de calidad, a la logística, al agregado de valor y, sobre todo, al poder de negociación comercial.
Mientras la producción permanece atomizada, los restantes eslabones de la cadena suelen concentrarse cada vez más. Industrias, supermercados, exportadores, operadores logísticos y grandes cadenas comerciales poseen una capacidad de negociación muy superior, capturando una proporción creciente del valor agregado de lo producido en esas regiones. Como consecuencia, el productor asume gran parte del riesgo climático, financiero y productivo, y, generalmente, obtiene la menor participación en la renta final.
Este fenómeno no es exclusivo de Argentina. Se observa en prácticamente todos los países donde predominan pequeños establecimientos familiares. Sin embargo, las experiencias internacionales muestran que existen caminos para revertir esta situación.
El principal de ellos es la organización. Las cooperativas modernas, los consorcios de exportación, las asociaciones de productores, los clústeres regionales y las alianzas estratégicas permiten alcanzar escalas comerciales, compartir inversiones, acceder a tecnologías, desarrollar marcas colectivas, mejorar la logística y fortalecer la posición negociadora sin perder la independencia empresarial. Es el concepto de "coopetencia": competir en los mercados colaborando en aquellos aspectos donde la unión genera beneficios para todos.
En un mundo donde la escala resulta determinante, la cooperación deja de ser una alternativa para transformarse en una condición indispensable para la supervivencia.
Aquí aparece el rol insustituible del Estado. No como sustituto del productor ni como administrador de las empresas, ni como empresario mismo, como en el caso de La Rioja con el sistema de las SAPEM, que agravan aún más la situación de los pequeños productores al competir deslealmente, sino como articulador del desarrollo. Argentina necesita una política nacional de largo plazo para sus Economías Regionales, construida sobre consensos que trasciendan los cambios de gobierno.
Un verdadero Plan Estratégico Nacional debería contemplar programas permanentes de capacitación empresarial y tecnológica, asistencia técnica, innovación, acceso al financiamiento, infraestructura rural, conectividad, logística, apertura de mercados internacionales, promoción comercial y, especialmente, incentivos concretos para el asociativismo productivo.
Los subsidios, cuando existan, deberían orientarse principalmente a generar capacidades permanentes y no solamente a atender emergencias coyunturales. Cada peso invertido en organización, conocimiento e innovación genera retornos mucho mayores que los destinados únicamente a paliar crisis.
Compraría el 50% perteneciente a Gimnasia por 2 millones de dólares.
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