27 de septiembre de 2026
Escribe: Ing. Gustavo Huesca Pérez. Asesor y consultor agropecuario.
por
Gustavo Huesca Pérez
En Argentina hay tierra, productores, tecnología y conocimiento. También una enorme capacidad para transformar. La pregunta es por qué todavía no se hace en la magnitud que se podría.
Hay una discusión que Argentina debería darse con mucha más seriedad. No es solamente cuánto se produce. No es solamente cuánto se exporta. Ni siquiera es solamente cuántos dólares ingresan al país. La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Cuánto valor la Argentina es capaz de generar a partir de todo lo que produce?
Porque Argentina tiene una característica que pocas veces se valora en toda su dimensión: posee una de las cadenas agroindustriales más importantes del mundo.
En 2025, las cadenas agroindustriales exportaron alrededor de US$51.070 millones, equivalentes al 58,6% de todas las exportaciones de bienes de la Argentina. Siete de los diez principales complejos exportadores del país estuvieron vinculados al agro. Las cadenas agroindustriales representan, además, alrededor del 18% del valor agregado bruto nacional y aproximadamente uno de cada cinco puestos de trabajo.
No estamos hablando, entonces, de un sector más de la economía.
Estamos hablando de una de las principales fuentes de dólares, actividad económica y empleo que tiene el país.
Y, sin embargo, se sigue hablando muchas veces del campo como si fuera simplemente el lugar donde se producen granos y carne.
Ese es, quizás, uno de los mayores errores.
El campo no termina en la tranquera
Cuando hablamos de soja solemos pensar en una hectárea sembrada, una cosechadora y un camión, pero detrás de una tonelada de soja existe una cadena enorme.
Está la genética, la semilla, los fertilizantes, los fitosanitarios, la maquinaria, el asesoramiento profesional, los servicios, el transporte, el almacenamiento, el puerto y la industria.
Y después de que esa soja ingresa a una planta procesadora comienza otra historia. Aceite.Harina. Proteína.Alimentos. Biocombustibles. Ingredientes para otras industrias.
Lo mismo sucede con el maíz. Podemos exportar el grano. Pero también se puede transformar en carne vacuna, porcina o aviar. Se puede producir etanol. Se puede generar almidones, alimentos balanceados y una enorme variedad de productos industriales.
Con la leche ocurre algo parecido. Una cosa es exportar leche. Otra muy distinta es vender quesos, leche en polvo, suero, ingredientes lácteos y alimentos de mayor elaboración.
Y con el trigo, el girasol, el maní, la cebada, la carne, la pesca, la madera y prácticamente todas las cadenas agropecuarias se podría hacer el mismo ejercicio.
La materia prima es solamente el comienzo
Y ahí aparece la pregunta que debería estar en el centro de cualquier discusión sobre el futuro productivo argentino:
¿Por qué los argentinos se conforman tantas veces con vender el primer eslabón cuando podrían participar de una cadena mucho más extensa?
No se trata de dejar de exportar commodities
Hay que aclarar algo. Agregar valor no significa abandonar las exportaciones de granos. Sería absurdo. Argentina necesita seguir produciendo soja, maíz, trigo, girasol y todos aquellos cultivos en los que son competitivos. El problema aparece cuando creen que producir y exportar la materia prima es el punto final.
Debería ser el punto de partida.
Porque cada vez que se transforma una materia prima dentro del país aparecen nuevas actividades económicas.
Una tonelada de soja genera una determinada cantidad de valor. Pero si esa soja se industrializa, aparecen trabajadores industriales, técnicos, ingenieros, transportistas, empresas de servicios, proveedores de tecnología, mantenimiento, energía, envases y logística. Y si además se utiliza esa materia prima industrializada para producir otro bien, la cadena vuelve a multiplicarse.
Eso es lo que significa realmente agregar valor. No es una frase de economistas. Es trabajo. Es inversión. Es conocimiento. Es tecnología. Es actividad para las ciudades del interior.
Es una mayor cantidad de personas participando de la riqueza que genera una misma materia prima.
Los números muestran que se puede hacer
Y tampoco es cierto que Argentina no tenga capacidad para agregar valor. Los números más recientes lo demuestran. Entre enero y julio de 2026, el país exportó 74,3 millones de toneladas de productos agroindustriales por US$32.507 millones, un crecimiento interanual del 13% en volumen y del 15% en valor. Se exportaron productos a 133 destinos y se registraron ventas correspondientes a 361 productos.
Pero hay un dato todavía más interesante.
Durante el primer semestre de este año, 117 productos agroindustriales alcanzaron récords de valor exportado, por un total de US$7.073 millones. Entre ellos aparecen el aceite de girasol, con US$1.329 millones; carne bovina deshuesada congelada, con US$1.303 millones; carne bovina fresca o refrigerada, con US$740 millones; girasol, con US$567 millones; miel, con US$178 millones y mozzarella, con US$127 millones, entre otros.
Es decir, el proceso de transformación existe. La industria existe. Los mercados existen. Los productos existen. Y el mundo compra.Entonces el problema no es que Argentina no pueda agregar valor. El problema es la escala y la estrategia.
El enorme costo de quedarse a mitad de camino
Cada vez que se exporta una materia prima sin desarrollar todo su potencial industrial, no necesariamente se haciendo un mal negocio. Pero sí se está dejando abierta una oportunidad. Y Argentina tiene demasiadas oportunidades abiertas. Hay regiones productoras de granos donde casi todo el esfuerzo económico termina concentrado en producir, almacenar y transportar. Hay pueblos que producen alimentos, pero no cuentan con industrias capaces de procesarlos. Hay jóvenes que deben emigrar hacia las grandes ciudades porque en sus localidades no encuentran oportunidades profesionales. Hay productores que incorporan tecnología de punta mientras alrededor suyo se sigue perdiendo población.
Y hay una contradicción que debería preocupar: se ha logrado una agricultura cada vez más sofisticada, pero no siempre se ha conseguido construir alrededor de ella un territorio igualmente sofisticado.
Una cosechadora moderna puede trabajar con GPS, sensores, mapas de rendimiento, inteligencia artificial y agricultura de precisión.
Pero si el pueblo más cercano pierde habitantes, cierra su escuela, desaparece su comercio y los jóvenes se van, algo no se está haciendo bien.
El desarrollo agroindustrial debería servir también para evitar esa paradoja.
El verdadero desafío está en el interior
Una fábrica de alimentos no debería ser vista solamente como una fábrica. Es un polo de desarrollo.
Un frigorífico necesita transporte, mantenimiento, energía, servicios profesionales, envases, frío y logística.
Una industria láctea necesita productores, veterinarios, ingenieros, técnicos, transporte y proveedores.
Una planta de alimentos balanceados genera demanda de granos, logística y servicios.
Una industria de bioenergía necesita materia prima, tecnología y mano de obra.
Y cada una de esas actividades genera otro alrededor. Por eso, agregar valor tiene una dimensión que va mucho más allá de conseguir algunos dólares adicionales por tonelada. Es una herramienta para desarrollar el territorio. Y quizás aquí Argentina tenga una de sus mayores deudas. Porque durante décadas se ha hablado de poblar el interior, pero muchas veces se termina concentrando las oportunidades económicas y profesionales en unas pocas grandes ciudades.
La agroindustria puede ayudar a revertir ese proceso. Pero para eso hace falta algo más que productores eficientes. Hace falta infraestructura, caminos, ferrocarriles, puertos, energía, conectividad, crédito, reglas previsibles, inversión. Y una política de largo plazo que entienda que una planta industrial puede ser tan importante para una localidad como una cosecha récord lo es para un productor.
Ahí está la necesidad cierta de la intervención oficial, conduciendo un proceso virtuoso. No nos vayamos para el otro lado, negando esa necesidad, en una actitud partidista, fundamentalista y binaria.
El mundo no está esperando solamente nuestros granos
Hay otro cambio que tampoco deberíamos ignorar. El mundo está demandando alimentos, pero también está demandando productos diferenciados. Proteínas. Alimentos procesados. Ingredientes. energía, biocombustibles, productos trazables, productos con atributos ambientales, alimentos de calidad y conocimiento.
La competencia internacional ya no se da solamente entre productores. Se da entre cadenas. Y ahí Argentina tiene una enorme ventaja potencial. Tenemos la materia prima. Tenemos productores que conocen su oficio. Tenemos científicos. Tenemos universidades que deben ser apoyadas adecuadamente. Tenemos empresas de tecnología. Tenemos industrias. Tenemos capacidad exportadora. Y tenemos una marca agroalimentaria reconocida en buena parte del mundo. Lo que todavía nos falta es conseguir que todos esos elementos funcionen como partes de una misma estrategia.
Sudamérica: mucho más que el granero del mundo
Argentina tampoco está sola frente a este desafío. Sudamérica posee una de las mayores reservas de recursos naturales y capacidades agropecuarias del planeta. Brasil es una potencia mundial en soja, maíz, carnes, azúcar, café y biocombustibles. Uruguay construyó una fuerte identidad exportadora alrededor de la carne, los lácteos y la producción forestal. Paraguay se convirtió en un importante productor y exportador de soja y otros productos agrícolas. Chile desarrolló cadenas de enorme inserción internacional en frutas, vinos, alimentos y productos pesqueros. Perú hizo lo propio con frutas y hortalizas de alto valor.
Cada país tiene sus fortalezas y sus limitaciones.
Pero hay algo que los une: la posibilidad de transformar una enorme dotación de recursos naturales en desarrollo económico y social.
El problema es que muchas veces miramos a nuestros vecinos como competidores cuando también podrían ser parte de una estrategia regional.
¿Por qué pensar solamente en Argentina produciendo, Brasil industrializando, Chile exportando y Uruguay agregando valor?
¿Por qué no pensar en una Sudamérica agroindustrial, donde las cadenas productivas atraviesen las fronteras y cada país aporte aquello que sabe hacer mejor?
Argentina puede aportar alimentos, genética, maquinaria, conocimiento agronómico y tecnología. Brasil posee una formidable industria agropecuaria y agroindustrial y un mercado interno gigantesco. Uruguay tiene experiencia en trazabilidad, producción ganadera y acceso a mercados. Chile cuenta con una extraordinaria plataforma exportadora hacia el Pacífico. Paraguay tiene una agricultura competitiva y una ubicación estratégica dentro de la región. Perú desarrolló cadenas exportadoras de frutas y hortalizas que muestran que también es posible pasar de la producción primaria a productos con alta inserción internacional.
No se trata de construir una economía cerrada hacia adentro. Todo lo contrario. Se trata de mirar hacia afuera, pero hacerlo juntos. Una integración que no sea solamente política o diplomática. Una integración productiva.
Que permita que una máquina agrícola argentina pueda trabajar en Brasil, Paraguay o Uruguay. Que una empresa de genética pueda desarrollar mercados regionales. Que una industria de alimentos pueda abastecer a varios países. Que investigadores de distintos países trabajen juntos. Que las cadenas de valor puedan cruzar fronteras sin convertirse en una carrera de obstáculos burocráticos.
Y hay algo todavía más importante.
Si Sudamérica logra producir más alimentos y al mismo tiempo agregarles valor, no solamente estará exportando productos. Estará exportando desarrollo. Ese debería ser el gran desafío de la región. No resignarnos al papel de proveedores de soja, maíz, trigo, carne, minerales, petróleo o frutas. Utilizar esos recursos como el primer eslabón de una transformación mucho más profunda. Porque la verdadera riqueza de una región no está solamente debajo de su suelo ni encima de sus campos. Está también en lo que sus sociedades son capaces de hacer con esos recursos.
Una tonelada puede valer mucho más
Imaginemos por un momento que Argentina produce una tonelada de maíz. Podemos venderla. O podemos transformarla. Podemos convertirla en alimento balanceado. Podemos transformar ese alimento en carne. Podemos procesar esa carne. Podemos exportarla. Y podemos construir alrededor de todo ese proceso una cadena de proveedores, trabajadores, profesionales, tecnología y servicios.
La tonelada inicial sigue siendo la misma. Pero la riqueza generada alrededor de ella puede ser completamente diferente. Ese es el concepto que muchas veces olvidamos cuando hablamos de "valor agregado".
No se trata solamente de obtener un precio mayor. Se trata de multiplicar la cantidad de actividades económicas que genera una misma materia prima.
¿Qué país queremos construir?
Quizás la discusión de fondo no sea si Argentina debe producir más soja, más maíz, más trigo o más carne. Por supuesto que debemos producir más. La verdadera discusión es qué hacemos después con todo eso. Porque podemos ser excelentes productores de materias primas. O podemos ser productores, industriales, exportadores y generadores de tecnología.
Podemos vender el grano. O podemos vender el alimento.
Podemos vender la leche. O podemos vender el queso.
Podemos vender el girasol.
O podemos vender aceite, alimentos e ingredientes.
Podemos vender el maíz.
O podemos convertirlo en proteína animal, energía y productos industriales.
No se trata de elegir entre campo e industria.
El verdadero desafío es entender que el campo y la industria son parte de la misma cadena. Y que cuanto más larga y sofisticada sea esa cadena dentro del país, mayores serán las posibilidades de generar empleo, conocimiento y desarrollo. Y quizás el próximo salto tampoco tenga que ser solamente argentino. Puede ser sudamericano.
Una región que deje de preguntarse cuánto puede exportar de materias primas y empiece a preguntarse cuánto valor, cuánto conocimiento y cuánto empleo puede generar a partir de ellas. Argentina ya tiene una extraordinaria fábrica de materias primas. Sudamérica tiene, en conjunto, una de las mayores reservas productivas del planeta. Lo que falta es transformar esa ventaja natural en una ventaja industrial, tecnológica y humana. Porque producir millones de toneladas es una fortaleza. Pero lograr que una parte creciente de esas toneladas se convierta en productos, empresas, empleos, tecnología y desarrollo dentro de nuestro territorio sería algo mucho más importante.
Quizás ese sea el verdadero desafío que tenemos por delante: dejar de ser solamente una región que alimenta al mundo para convertirnos también en una región que crea, transforma y desarrolla a partir de aquello que produce.
Más de 200 corredores participaron este domingo de la competencia. La prueba también otorgó clasificación para la próxima Maratón Internacional Dino Hugo Tinelli.
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