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miércoles, 03 de agosto de 2022
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Vivir para no dejar jugar

Una mirada futbolera a la (inclinada) ‘cancha’ ideológica.

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Ser de derecha era vergonzante. Los arriesgados confesaban ser de centroderecha. Hasta ahí. Se refugiaban en la rambla, el sitio más a la sombra, que es el primero que el sol quema al salir. No creo que el pasado haya sido mejor ni que el mañana lo vaya a ser per se, porque el poeta dijo, pero la derecha tuvo mejores cuadros, de la política al periodismo pasando por el empresariado y el ñato de la esquina. Hablo de dignidad, más que de lucidez.

Hoy ser de derecha es cool, y ‘zurdo’ atrasa. La pibada es diestra, ¿quién hará la revolución? La izquierda debería probar con bailar: mover el cuerpo quizá le lubricaría la mente. Hoy, decir cualquiera en modo guanaco es valentía, jugársela es afirmar que hay que matar, a quienes a vos te parezca porque cada cual tiene su propio Código Penal. Eliminar, cancelar. Como si fueran propuestas. Todo un sórdido corpus que brota de la muerte y no de la vida, del odio y no del amor, azuzado por un Gran Hermano que no mira: interviene. Feminismo y ambientalismo son las dos causas que se filtraron entre las piernas del mastodonte que todo controla sin necesidad de panóptico, las dos banderas que convidan a la esperanza.

Pero del dicho al hecho no hay tanto trecho. Ver el ‘Argentinazo’ del lunes en CABA. O la retahíla de profetas de utilería que han salido a enfatizar que “esto es peor que el 2001”, la consigna que viene. O los llamados paros del llamado campo, un nombre tan abusivo como los gordos del sector, que nunca huelen a pachuli. Golpismo al cubo, pero selectivo: sólo contra peronistas k, o con aliento a. Para no recurrir a urticantes y consabidos ejemplos locales, en España la embestida del tridente medios-justicia-política barrió a Pablo Iglesias. Pudieron los malos, no él. El que llegaba para cambiar todo terminó en casa mirando por tv que todo sigue igual. Los casos mundiales nos estallan en la cara. Por no hablar de Assange y lo que cuesta la verdad en un mundo que ya pasó de mentir. La vida, una ganga. La verdad, ¿qué es la verdad?

Elaborar marida con pastelería, lentitud y perder. Aburrido. Desparpajo mata argumento. En la pandemia se vio que cualquier cachafaz le discutía a un científico. La patoteada secuestró a la delicadeza, y ‘hacer los deberes’ para cuidar la vida no era de progresistas sino de viejes asustados. Terminó la pandemia y es como si no hubiese habido, con la trillonada que murió. Eso también es violencia, la desmemoria, por ser prima hermana de la mentira, porta en su vientre violencia. Alguien se ufana de no saber nada de política y pasa por moderno. Sin embargo ha de haber complejidad bajo ese corte de ideas de tan tosco aspecto. No en los que envenenan el aire repitiendo como fantoches groseras muletillas que devienen regio arsenal político, sino en quienes traman esas consignas que permean grosso. La simplificación siempre seduce, hay expertos en esa técnica que cometeríamos un error en subestimar, ya que por creer que la derecha es bruta de la cabeza estamos así. Se amuchan con vocación de hormigas que no reparan en detalles cuando la Justicia asoma su magullada cabeza dondequiera que sea, y así impusieron (no siempre por las malas) su lógica e intereses, lo que no sólo entraña punch discursivo, talento publicitario y astucia en el manejo de nuevas tecnologías comunicacionales, sino finalmente inteligencia. Instalaron que todes debemos ser hijos de la economía, no de la sensibilidad, y ahora resulta que hasta los soñadores toman pastillas para dormir. Hoy Lennon no escribiría Imagine, sino Sobreviviendo. No es sólo brutalidad y desfachatez, no sigamos degustando ese caramelo de madera creyendo que es de ananá.

Lo mismo en fútbol. Nadie te dice ‘soy defensivo’. Todos hablan de copar el mediocampo, buscar el arco contario, presión alta (¿?) e intensidad, esa maldita palabra-biblia. La única discrepancia estriba en si tener la pelota y proyectarse usando el ancho del campo (en política sería argumentar), o abroquelarse para asestar el golpe a pura verticalidad. La ya tristemente célebre ‘segunda jugada’ es vista como un recurso ofensivo, una cosa curiosa.

Nadando en este minestrón, quizá pegar patadas, o un cortito a la nuca, pasen a ser honorables, y entreguen medallas a los “mejores”. A la altura del cogote garpará fangote. O recrear la del bidón de Bilardo contra Branco, la mejor-peor jugada de pizarrón del aclamado doctor, que sin embargo esa vez cometió el peor pecado para los cultores de una filosofía que es de vida: salir segundo. (Sportivo Ganar se comió la papa, y el doc no tiró ningún avión.)

Pero deberíamos contemplar que quizá la izquierda, que es la que debe jugar, poner la épica, la ética y la dignidad (la pelota siempre es de la diestra, ja), perdió la iniciativa (el relato) y la gracia narrativa. Si ambas empeoraron goleará la derecha: no le importa el juego y ya se vanagloria de una vileza que debería trazar una grieta con sus mejores jugadores de otros ‘campeonatos’. Si la única regla es que no hay reglas, vayamos encargando vendas y pañuelos.

Así en el fútbol como en la política, así en la vida. Ya no se juega como se vive, según definía el ‘Tano’ Fazzini. Pareciera que ya no se juega como se vive porque no se juega, o se juega poco y/o mal, o se abre la puerta para salir a embaucar, mientras transitamos una nueva etapa de la post verdad, de la que habría que dar de baja ese sustantivo sagrado para no seguir mancillándolo: la de líderes y formadores de opinión que ya no necesitan mentir, que siempre incuba reconocer que existe una verdad, sino que orondamente ningunean los hechos, al modo Trump. Ya no se juega como se vive, sino que se vive para no dejar jugar, o, peor, para desconocer que aún existe un juego, que es la vida.

Chino Castro

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