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viernes, 04 de junio de 2021
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Entrevista a Tin de Azevedo: Vivir en la música

Entrevista a un hombre con la cabeza encendida de mariposas.

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Más, o mejor, que de o con, vive en la música. En la suya, no necesita más: tiene más de cien canciones, que sin embargo para él no significan gran cosa: a la mayoría las olvidó, después de grabarlas para su Facebook o YouTube. Raro hoy, Tin de Azevedo no compite con nadie: no le interesa tocar en público, integrar bandas ni grabar un disco, no tiene empacho en decir que a esta altura se repite y no proyecta nada. Perfil de un hombre con la cabeza encendida de mariposas.

No da notas, esta es su primera vez. “Y puede ser la última”, alerta, con su clásica gorra sobre su falda, su larga y longilínea figura desplegada en el sillón a rigurosos dos metros de mí. No por hosco, sino porque no le interesa mostrarse. “Lo que hago lo hago por mí, no por los demás. No me gustan las tablas, si bien he acompañado a músicos, como mi hermana Eugenia, con quien estuvimos en Cosquín, Sandra Santos o Godoy (Jorge Daniel)”.

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Admite ser víctima de un mal quizá incurable, a esta altura: “cagazo escénico”. “NI siquiera me gusta mostrar mis canciones hechas por mí. No soy un tipo con cualidades ni para cantar ni para ejecutar”, se ajusticia, exagera.

Eso decís vos, pero tus colegas no coinciden.

– Mis colegas están equivocados. Me defiendo con lo poco que sé, pero sé muy poco. No tengo instrucción de conservatorio.

Pero tenés más de cien canciones compuestas.

– Bueno, es lo que me gusta hacer. ¿Vos cuántas notas tenés hechas? Inclusive grabo, cosa que aprendí a los porrazos porque la tecnología para mí, con 54 años, fue más difícil que para los pendejos de hoy. Aprendí algunas cosas, afino mi voz, porque no canto tan afinado. Mi trabajo termina cuando publico la canción en YouTube o el Facebook (las acompaña con un video). Y al otro día posiblemente me agarre una depre, hasta que venga la siguiente canción.

Esa mariposa, pajarito o pez, esa luz, siempre aparece. Y así Tin tiene para entretenerse y alimentarse.

De la gran mayoría de sus temas, ni recuerda la letra. En su caso no es tomo y obligo, sino grabo y olvido. Sí puede identificar algo: jamás escribe como un centroamericano, “lo detesto. En mis letras jamás vas a encontrar un ti ni un contigo. Escribo en coloquial, como hablamos en el ‘Principado’ de Casariego”, remarca ufano. Temáticamente, se refiere a “situaciones imaginarias”, sólo a veces autobiográficas, pero enmascaradas en metáforas, nunca de modo literal.

“Ahora pienso que quizá estaría bien hacer alguna reversión de lo que he compuesto, tratar de sacarle el ‘jugo’, en el buen sentido”, confiesa, como pensando en voz alta, como quien busca aclararse una idea charlándola. Sin embargo, Jorge Godoy le propuso elaborar un disco con sus obras, pero Tin mostró el mismo interés que Miguel Ángel Russo, DT de Boca, en poner a Cardona y Zárate juntos. “No ayudé a que el proyecto prosperara, esa es la verdad”.

Hay otra razón: “Hoy la gente que hace un disco tiene que laburarlo, matarse en la ruta, hacer tres espectáculos por noche para que le rinda, porque un álbum no le da guita”. Por supuesto, ese plan ni cosquillas le hace a la aguja de Tin.

Vos no vivís de la música.

– Sí, pero espiritualmente. Económicamente vivo de mi señora. A los cincuenta años decidí jubilarme. Ocurre que el gobierno ni se enteró, así que a los haberes no los recibo. Guardo algunos ahorros, tengo mi manera de manejarme, y si cuento con diez, gasto nueve.

Antes de declararse jubilado, invirtió en animales de un tambo y tuvo una máquina para fabricar bolsas de polietileno. “Hoy no toco la plata, con el salario de mi mujer (es docente) nos las arreglamos”, asegura. En esos años también realizaba perforaciones junto a su hermano. “Un lindo ‘curro’, pero un día me cansé y le dije que no trabajaba más”.

Luis Ramón de Azevedo nació en 25 de Mayo, pero cuando niño se radicó con su familia en Bolívar. Su padre “champurreaba” con la guitarra, había siempre una viola cerca y así fue que ella y él se enamoraron. Entre los seis y los doce tomó clases con Adelma de Juan, su única incursión académica. En adelante fue tocar, crear, andar por las

suyas. Perseguir el pez. O esperarlo.

Se considera “un producto de los ochenta”. Durante la secundaria se encerraba en su cuarto a practicar, y así comenzaba a depurar su estilo, una etiqueta que él ningunearía. Cuando su padre regresaba del trabajo se juntaban a hacer folclore, pero por su lado Tin también ‘sacaba’ las canciones del rock de la época que cualquier músico incipiente deconstruía (faaa), de Charly y los demás faros de un rock nacional aún adolescente que comenzaba a flirtear -¿o transar?- con el establishment (¿cómo se lo llamaba entonces, sistema?). De hecho, hilvanes de ideas que empatizan con el  pop y el rock de aquél tiempo de despertares suelen aflorar hoy en su paleta de laburo. “Por ahí me salía alguna melodía que otra, pero todo robado. Inconscientemente, porque el músico es un ladrón que tiene permisos”.

Charly García dice que un músico que le roba a uno solo, comete plagio, pero el que les roba a todos podría ser un genio.

– Está muy bien eso. Si les robás un poco a todos, sos Robin Hood.

“De todo eso que hice cuando pendejo, algo quedó”, descubre. Algo que germinaría después, que tal vez aún no termina de nacer, analiza este músico que en esa década probó con la carrera de Ingeniería, en Olavarría, pero pronto comprendió que estaba formándose para una profesión que no sentiría, y se eyectó hacia su casa y sus cosas. “Creo que ninguna de esas profesiones era para mí. Creo que ninguna te enseña a ser empresario de vos mismo. Te preparan para que seas parte del sistema, y no me interesa encajar en eso. Además tenía menos de veinte años, y no estaba listo para la vida”, reflexiona a la distancia.

Para la guitarra tampoco, aunque sin ser consciente iba preparándose desde niño, con la naturalidad con que hacemos las cosas que nos apasionan y justamente por eso no las consideramos un trabajo, aunque lo sean. Los japoneses hablan del ikegai: Tin tiene claro cuál es su razón de vivir. Hasta llegó a pedirle a su padre una guitarra en lugar del viaje de egresados, “un negoción que me mandé”. Un instrumento que hoy “me daría vergüenza, pobre viejo: ganaba bien, ese no era el problema, pero no tenía idea, y me compró una guitarra en Once de esas de entonces, panzonas, como un charango grande. De cuarta era”, se ríe con ternura.

Creaba melodías con facilidad, como letrista despuntó mucho más tarde. Primero, siempre la melodía, después el texto. “Hay palabras que tienen mucha fuerza. Por ahí estoy haciendo algún arreglo musical y ‘cae’ una. Algunas, solas dicen mucho. Cuando sos compositor, tenés que estar atento, saber aprovecharlo”.

“Lo mío es componer lo que me gustaría escuchar”

Así pasaron los años, hasta que el nuevo siglo golpeó a su puerta con un inesperado -ni buscado- pan bajo el brazo: su hermana Eugenia, que es trece años menor, lo convocaba para que la acompañara a Mar del Plata en el marco de los viejos Torneos Juveniles Bonaerenses. Esa experiencia constituyó la primera vez de Tin en público, y un nuevo impulso para una carrera que él jamás verá como tal. “Fuimos a Azul, a Olavarría. Con Eugenia llegamos al escenario mayor de Cosquín, junto a Matías Almada y el ‘Chiqui’ Chaves”, recuerda.

Pero lo suyo siguió siendo reverdecer en el refugio donde persigue -y a menudo atrapa- las mariposas que en su cabeza vuelan sin rumbo, porque sí. El cineasta David Lynch dice que hay que sumergirse en aguas muy profundas para atrapar un pez dorado. De Azevedo quizá haya atrapado alguno de esa tonalidad alguna vez, pero lo que siempre encuentra son cientos de peces de colores. Monedas en el convulso, confuso y a veces miserable océano de la vida que modela como zambas, chacareras, “cosas medio deformes”, ya que “no respeto ninguna ‘norma IRAM’”, grafica.

¿Se sumerge en busca del pez, o el pez sube hacia él?

Igual que el genial director de Mulholland Drive, Tin confía en su intuición, que es la suma o combinación de la emoción y la inteligencia. Mal no le va, tiene buen ‘pique’.

¿Se sumerge, o vive sumergido, ensimismado, y cada tanto asoma a la superficie?

Insisto: cien canciones no tiene cualquiera.

– Sí. Alguien que se dedica a eso sí. Acá hay muy buenos músicos, de primera.

Pero no tienen cien canciones.

– Pero no es lo importante, porque ellos se dedicaron a otra cosa. A ejecutar bien el instrumento, por ejemplo.

Si les pregunto a ellos dirían que les encantaría haber compuesto cien temas. Vos que los compusiste decís que no es importante.

– No es importante porque es según dónde te enfoques. Es como si vos te dedicaras exclusivamente a hacer entrevistas. No sé cómo se mide eso.

¿Y a vos te gustaría tocar mejor la viola, o enfocarte en componer fue desde el principio tu plan?

– Si me hubiera concentrado en tocar bien el instrumento quizá lo hubiese logrado. Pero esto es lo que yo he querido. Con la poca formación que tengo, pienso que lo mío es componer lo que me gustaría escuchar.

¿Cómo, o qué, hacés para no repetirte?

– No, me repito, me repito. Trato de no, pero no lo logro.

¿Tenés alguna canción tuya predilecta?

– No. Eso sería como tener cuatro hijos y decir ‘me quedo con estos dos, porque aquellos dos se portan mal’, o ‘la prefiero a ella, porque él se ha hecho hincha de Vélez’. Qué se yo, me parece…

De Azevedo no se apega a su obra: la compone, la graba, y la olvida. Sin embargo, admite que en sus canciones es más él que en ningún otro puerto.

Lo dicho, vive en la música. Ni con, ni de.

¿Proyectás algo?

-No. Pero seguramente vendrá otra canción…

Chino Castro

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