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domingo, 18 de septiembre de 2022
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Violecciones apuntando al corazón de un país

Panorama político, una mirada.

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A ver, a cierto macrismo/antikirchnerismo (lo K hoy es, otra vez y más que ayer, la quintaesencia del ser peronista) ni ‘chucho’ el inicio de un nuevo ciclo de violencia política de inspiración setentista, porque si finalmente se desatara un escenario así de hórrido ellos estarán del lado de los que tiran. O sea, seguirán forzando la cuerda, de su lado de la grieta. Un eventual setentismo remozado con nuevos ‘fierros’, desde ya, incluidos los tecnológicos; ¿te acordás cuando nos asustaban/indignaban los trolls, hoy unos ositos de peluche? ¿O acaba de comenzar en la Argentina un nuevo ciclo de violencia política/social?

-La decadencia cívica es tal, es tan fácil la tirria y tan escarpado un libro, que pronto se gatillará una sentencia que echará raíces: que los políticos sólo son peronistas, así como tantes se han tragado el caramelito de que el peronismo sólo es violencia y asistencialismo. Y para extirpar ese ‘cáncer’ volverán a proponerse nombres desde la antipolítica, o antipolitika, tan políticos como CFK. El caso Macri: se encumbró en la política levantando la bandera de la antipolítica, ejerció de botones de la megaeconomía/capital trasnacional y hoy quiere volver a terminar la faena, o la matanza. Acitílop, política al revés, no para desconcentrar la economía sino para concentrarla, injusticia social al palo, dependencia y humillación. Y atenti, que en la trepidante carrera de la derechización reúne ciertas cualidades tan naturalmente, ese perfume a “te desprecio y ni una hebra de tu ser me conmueve, porque antes que despreciarte ni siquiera te registro”, con esos ojos claros de un cielo galvanizado, incapaces de las lágrimas, que sin hacer casi nada se las ingenia para eclipsar no ya a Rodríguez Larreta, el halcón que amagó travestirse de paloma, sino a Bullrich y hasta a Milei. La derecha se derechiza todo lo que puede, siempre a más, mientras la centroizquierda se desespera por abrazarse al centro, como si fuera una balsa. Así el eje se va corriendo, pasá revista a los temas que se discuten hoy en relación a hace quince años, y a las formas, que a veces sí son importantes, o, mejor, a lo que se apela para segar un debate. Todo, en el marco del ahogo que provoca en millones de hogares una inflación con un olor a último alfonsinismo que marea. Fijarse que tras la intentona de magnicidio, en general los únicos que bajan los decibeles son los kirchneristas.

-El apagón cultural es de tal magnitud, que muchos ya no saben cuál es la diferencia entre libertad de expresión y apología del delito, entonces en nombre de aquella señora de ojos cansados salen a defender la pútrida boca de gente que pide pena de muerte en pleno prime-time de la tv, con un Código Penal personal que pensaron en el baño. Y como seguimos sin ley de Medios, porque Macri desguazó por decreto los artículos que constituyen su corazón y Alberto no se atrevió a usar la misma herramienta para restituirlos… Así las cosas cualquiera puede decir cualquier cosa, pero el problema es que no dicen cualquier cosa, sino muletillas que constituyen francas apologías de delitos tan astuta como pérfidamente calibradas para activar la ampolla del odio en la cabeza de millones, no sólo de los hartos de padecer la humillación de un sistema que primero los expulsa y luego les imputa no haberse esforzado lo suficiente. Es de tontos pensar que la derecha es tonta. No improvisan y ligan, hay libreto. Y a propósito: ¿es apagón cultural o es apagón ético? En un país serio hay mordazas.

-La derecha, en el mundo, dejó de creer en la democracia, ya no habla desde una plataforma común, y empieza a ufanarse de su fruición por vaciarla de contenido para reírse de la cáscara. Quisieron matar a una vicepresidenta y algunos ni repudiaron el hecho, otros lo hicieron con palabras de ocasión que salieron apretadas, fragmentadas, de bocas que no sentían lo que decían y con celo de cirujano esquivaban hablar de intento de asesinato. O, en el colmo del patetismo, se lo cargaron a la propia víctima, que con tal de volver a ser presidenta sería capaz de suicidarse. (Esperemos unos días que seguramente intentará liquidar a Alberto, o derecho viejo a ‘Massilla’.) Hace nada más que diez años hubiese sido un escándalo, hoy es parte de lo que se espera (parte de la religión, diría Charly), que no implica más que una renuncia a lo que debería exigirse. Hasta quizá ya sea cool denigrar la democracia como se desecha un cacharro inútil, en un tiempo en el que, como señala el pensador francés Eric Sadin, ya no hay sociedad sino seres sueltos (¿locos sueltos?), porque se dejó de creer en un imperativo superador, en que hay algo que, desde nuestra individualidad, todes debemos defender en beneficio de todes, un umbral de convivencia que conviene proteger para que el techo del país no se nos caiga en la cabeza aplastando primero a los que comen tierra, como en Macondo. Los valores que hilvanaban la sociedad allende lo ideológico y hasta la nefasta meritocracia, yacen diluidos en un naciente orden que acaso ni Nietzsche imaginó. Algo así como el prólogo de la distopía de la distopía.

Cuidémonos cuidando al otro, es decir cuidémonos en el otro, una manera de ser y de vivir a la que nos compelió la pandemia y que sería menester alimentar y mantener en medio de otra pandemia, una que no nos pudre los pulmones sino el corazón. No es naif, es pura supervivencia. Acaso como nunca desde la restauración democrática la violencia está de moda, y cuando la verduga crece el consenso palidece, el diálogo tirita y las ideas se marchitan. (Cuidado: consenso para administrar las diferencias, no el oscuro instrumento para que la posición dominante ‘evangelice’ al resto, “vení que te explico cómo es y jugaremos con mis reglas”; así, sería más violencia pero vestida de frac, un chumbo envuelto en papel para regalo. Consenso es aceptar, no someter.)

Al editorial te lo debo, estas líneas apenas llegan a alcanzar la dudosa categoría de pre editorial, hoy no traje la mezcla para pegar estos cuatro bloques con los que ir levantando las paredes de una casa, la nuestra, que estará siempre en construcción. Te lo debo, o acabo de entregártelo. O, si querés, podríamos terminarlo [email protected]

Chino Castro

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