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martes, 28 de mayo de 2024
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Viajando en pan a conquistar un cielo propio

Nayla Ferrín amasa un futuro mejor.

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Nayla Ferrín tiene 27 años. Y trabaja hace diez. Diversos oficios y sitios, acá y en La Pampa una vez. Jamás la blanquearon. A sus empleadores no les pasó nada por cometer esa infracción y ese atropello, pero a ella sí: un día se cansó, y así nació Los Pancitos de Nay, emprendimiento de pan artesanal que es su nueva apuesta, quizá la más importante de la vida de esta mujer que también es música. Es decir que mientras el país se cae a pedazos en lo económico, lo social y lo cultural por la ‘motosierra’ y la ‘licuadora’, el 2024 vino para Nayla con un pan bajo el brazo.

Montó su emprendimiento en su casa, en avenida 25 de Mayo 120, hace pocas semanas. Elaboraba en la cocina y un galpón, pero ahora se compró un horno industrial y hará todo el proceso en un mismo ámbito. Sus panes salen clásicos y condimentados con cebolla, ajo, albahaca o morrón, pesan unos 400 gramos y cuestan módicos 800 pesos, una risa para los valores de una economía con una inflación desorbitada que Milei venía a corregir y no ha hecho más que incrementar (¡se podía estar peor!), salvo que se considere a la recesión como una solución válida, o un éxito que los números ‘de la macro’ cierren con más de medio país tirado en la banquina.

Su último trabajo como empleada fue en una despensa. Ahí probó el dulce y le gustó: elaboró sus primeros panes y vio que salían, entonces se decidió a lanzarse como emprendedora, su primera vez en la materia salvo cuando en 2023 con su pareja pusieron un taller de sublimación en acero, que no funcionó porque en cada sacudón del dólar los insumos que necesitaban se disparaban hasta lo inalcanzable para ellos. Sí, los dramas no empezaron con Milei. Hizo ese trabajo como una bocanada a la economía familiar, mientras continuaba como empleada. En otro breve período fue fotógrafa, pero tampoco funcionó, frente a la foto cruda que la realidad le devolvía.

“Llegó un día que decidí que no quiero trabajar más para los demás”

Ahora dijo basta, y con otra perspectiva encara Los Pancitos de Nay. “Fue un tomar fuerzas, fueron años queriendo autogestionarme algo, con ese miedo de largarme sola. Pero llegó un día en que decidí que no quiero trabajar más para los demás, también porque creo que realizar algo para una misma hace bien, te brinda una estabilidad emocional muy necesaria. Laburar en relación de dependencia a la larga te produce un desgaste”, diferenció Nayla durante la charla con este diario. Afuera llovía mal y en su casa, diseñada como una cabaña que adquiría mayor pintoresquismo bajo esa condición climática en que los verdes son más verdes, sonaba Estelares, con una canción bien ilustrativa del momento que vive Ferrín, esa que habla de “el corazón sobre todo”. Parecía programada, pero no: a veces las casualidades hacen que las palabras sobren.

Eligió panes porque ha trabajado en cocinas, y porque probó y resultó: “Vi que a la gente le gustaba y me decidí”, remarcó el concepto-nodal. Además, el pan es algo transversal: se lo consume mucho a pesar de los cambios culturales, sin distingos de clases sociales ni realidades económicas; ha sido, es y todo indica que continuará siendo un hábito en los hogares argentinos, un producto típicamente nuestro que, más allá de ciertas recomendaciones en materia de salud que han ido tornándose ‘ley’ con los años, no ha sido puesto en la picota de lo que está bien y lo que está mal, de la que casi nada queda a salvo hoy.

Aprendió mirando en las pizzerías y comercios donde laboró, leyendo, bajándose algún tutorial. Hoy es más fácil que ayer, cuando se requería a un maestro encima.

Por ahora, “me compra mi ex patrón, en la despensa donde trabajaba, y clientes de ahí que ya me compraban cuando llevaba; de otra despensa también; mi hermana y algún familiar, y hace poco realicé un posteo en redes que tuvo mucha repercusión y provocó que se acercara otra gente a adquirir pancitos”, enumeró la trabajadora. La base comienza a armarse, y desde allí se impondrá crecer. Al menos, ese es el plan, y lo interesante es que está en marcha. En un horno, no en un papel ni en una mente trasnochada de esas cuyos proyectos se pierden en la niebla de la madrugada.

Quien quiera comprar, debe comunicarse al Instagram Los Pancitos de Nay, o por WhatsApp al 2314-620699.

Cuando amasar es sanar

Sin embargo, hay algo más: quizá gracias al pan, o a ponerse a elaborar un producto comestible que acaso sea el más noble y sagrado, Nayla está reencontrándose con Nayla. El pan como cable a tierra, flor de terapia sanadora, una en la que no hay que hablar, o sí pero nadie se entera. Por eso ha vuelto a tocar la guitarra, a cantar e incluso a componer un poco. Como desempolvando los queridos tiempos que los que fue parte de bandas, por caso de la recordada Murió la Irma. “Una busca afuera, pero lo que hay que hacer es mimar la esencia, lo mejor, más propio y puro que cada cual tiene. Yo estuve alejada cinco años de la música, pero ahora estoy volviendo”, comentó. Otro pan que le trabajo el año. Y uno más grande todavía: “He leído que amasar está holísticamente conectado a la relación con tu padre. Toda mi vida mi papá ha sido un tema, y me movilizó un montón leer eso, me empujó a entender que, inconscientemente o sin proponérselo, uno encuentra formas de sanar”.

Chino Castro

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