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sábado, 21 de mayo de 2022
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Una hermandad para siempre, lo único que queda de otra guerra inútil

Entrevista con Claudio López, ex combatiente de Malvinas.

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Esta efeméride de Malvinas es especial: se cumplen cuarenta años de la Guerra, y los actos y conmemoraciones volvieron a ser presenciales tras el modo virtual que impuso la pandemia.

-En realidad porque es un número redondo, pero para nosotros todos los años es igual, el recuerdo sigue muy vigente así sean veintinueve o cuarenta y dos años.

Cuando pudimos viajar volvimos a juntarnos con los compañeros, pero no por el acto en sí por Malvinas. Aunque claro que es significativo que se cumplan cuarenta años.

Quien habla es Claudio ‘Caco’ López, ex combatiente bolivarense y uno de los más lúcidos intérpretes vernáculos de una guerra que, como todas, no debió ser, pero que por ser tan nuestra llevamos clavada en el pecho como una estaca ácida en medio del amor a la patria, ‘este país’, como solemos decir como si pudiéramos tomar distancia. Esa patria que, en aquellos primeros años ochenta, vapuleada por el inaudito infierno de unos setenta sin cielo ni dios que mirara para acá, no era más que una ‘cajita de fósforos vacía’, como poetizaba Cortázar desde su amargo exilio.

‘Caco’ destacó que en algunos ámbitos “Malvinas es una cosa de todo el año”, no de abril a junio. Por ejemplo en las escuelas. “Tenemos un vínculo muy fuerte casi todo el tiempo”, enfatizó. “Sobre todo en el interior, donde el tema se lleva de otro manera. Más aún en el sur (citó el ejemplo de una emotiva visita a un jardín de Bariloche)”.

Sin embargo, en Bolívar esa ligazón fue fuerte desde el mismo junio del ’82, cuando nuestros soldados regresaron a casa. Como ya ha hecho en otras intervenciones públicas, López volvió a resaltar que “el afecto” que lo cobijó en su pueblo en esos días difíciles no fue tal en otras ciudades de las tantas que ha visitado como Veterano. “Sobre todo por parte de gente mayor, conocidos de mi familia que siempre me recuerdan, desde el cariño, el sufrimiento de mis padres”.

Es decir que no viviste el destrato que los combatientes, en general, señalan acerca del día después de la guerra: ninguneo, olvido, hasta desprecio en algunos casos, como si fueran parias.

-No. Eso en Bolívar no sucedió, al contrario. Me sentía una persona muy importante en esa época, por todos lados me paraban, me saludaban y me preguntaban. También me enteraba de que por atrás averiguaban con mi familia si estaba bien. Por ciertas actitudes: qué sé yo, por ejemplo en pleno invierno andaba en remera, o llovía y salía como estaba, no me importaba. Está bien que todo eso duró poco. Después me aclimaté, y ahora ando de campera en abril (sonríe). Pero es cierto que somos personas que fuimos dejadas de lado en muchos lugares. Sobre todo en los grandes centros urbanos, el soldado de Malvinas fue destratado. Siempre un Veterano de guerra es considerado alguien peligroso desde lo psicológico.

¿Esa consideración se mantiene, o la historia finalmente ubicó al ex combatiente en el lugar que merece?

-El pueblo. El pueblo. La dirigencia lo maneja de acuerdo al tiempo y a sus necesidades. Con los años, yo he ido a muchas ciudades donde viven compañeros y hemos sido siempre muy bien tratados. Hay mucho afecto, mucho contacto, muchas charlas. Nos hace bien eso. Pero la política lo maneja de otra manera. Han pasado años y seguimos dejados de lado. Nos dicen que nos van a dar una cosa u otra, pero después es como que no existís más.

¿Fue igual durante estos cuarenta años, ningún gobierno los reconoció?

-Hay cosas para destacar en lo económico: las pensiones que teníamos eran magras, pero sobre todo en la primera etapa del gobierno de Néstor Kirchner tuvimos un reconocimiento importante en ese ítem. Fue eso. La ley que se promulgó en el ’91 permitió que los ex combatientes empezáramos a cobrar como tales. Con el tiempo, reclamamos cobrar desde el ’82, no desde el ’91. La Justicia siempre determina que nos corresponde, pero el ANSES nos dice que somos Veteranos no desde el ’82 sino desde promulgada la ley en 1991. O sea que por un lado nos aplauden los dirigentes políticos, y por otro nos niegan la posibilidad de cobrar desde 1982. Por otra parte, nosotros padecemos el síndrome de estrés postraumático. Lo reconoce la convención de Ginebra. Pero el estado siempre estuvo ausente. Todos los gobiernos. Y siempre es una de andar con abogados y juicios para que nos reconozcan esa discapacidad. Cuando lo hacen, nos pagan algo, mínimo. Pero después tenés que volver a hacer juicio, y así estamos hace un montón de años. Por fuera admiten que en realidad es otra cosa lo que tienen que pagar, pero recurren a estos artilugios.

JUNTOS A LA PAR, ALGUIEN CON QUIEN HABLAR “DE TODO”

Claudio López perteneció a la compañía Ingenieros Anfibios, vinculada a las fuerzas de desembarcado y especializada en montar minas en campo, trampas explosivas y obstáculos. El bolivarense trabajó como carpintero, dado el oficio de su padre. Igualmente empuñó armas, porque había instrucciones que “eran obligatorias”, como el entrenamiento nocturno y las prácticas de tiro. No manejó explosivos pero se batió en primera línea entre el 2 y el 14 de junio, durante la última avanzada del Ejército argentino, cuando la guerra agonizaba pero casi nadie lo sabía. “El 13 se desató el combate en Monte Tumbledown, donde estaba yo. Desde las 9 de la noche hasta las 9 de la mañana del 14, en un sitio con un largo de 900 metros. Un ida y vuelta de doce horas”, un largo medio día reloj que, a él y a sus compañeros, les pareció “un flash”. “Me acuerdo todo: los disparos, las explosiones, el olor. Pero para mí fue todo muy rápido, como en una película”. Empero, esa dimensión condensada comienza a desplegarse y a tomar el cauce que le corresponde cuando charlan entre compañeros sobre ese inolvidable día que acaso aún no sea cicatriz en la historia argentina.  

¿Cuando pensás en Malvinas hoy qué imágenes reverberan en tu mente, qué momentos?

-Ha ido cambiando. Si me preguntabas eso en 1982, cuando recién había venido, la respuesta hubiese sido diferente. Hubiera hablado del olor de la guerra, algo muy particular. Y hoy los recuerdos se basan en las amistades que este conflicto me generó con mis compañeros. Empecé a valorar ese tipo de cosas de otra manera. Sabemos que la guerra es cruel, no hay cosas para rescatar, es nefasto: destruye familias, queda gente mutilada no sólo en lo físico sino en lo mental, la calidad de vida de esas personas no es nunca más la misma, les arruina el futuro a muchos al truncarles sus sueños. Yo la imagen que tengo hoy pasa por haber podido ser parte de un grupo muy unido que se formó ahí, y por tener la posibilidad de llamar a alguien que estuvo conmigo sabiendo que me va a atender y escuchar. Yo puedo hablar con ellos de todo, no sólo de lo que nos pasó en la guerra. Quizá en la vida cotidiana de las personas que no han pasado por algo así no se da esto.

Quedan hermanos para siempre.

-Totalmente. Nosotros somos hermanos.

Es decir que con los años, la dimensión bélica de la guerra ha ido perdiendo vigor en tu cabeza, se diluye.

-Sí, claro. Con el correr de los años uno va modificando su visión, y lo bélico pasa a un segundo plano. Uno ahí empieza a darse cuenta de lo bueno y sano que son las relaciones personales y la socialización. Eso pasa al primer plano hoy cuando pienso en la guerra. Un día comprendés que podés nutrirte de otra persona. Eso fue Malvinas y son estas situaciones límite, de conflicto. Uno allá estuvo solo, sin su familia, ¿y a quién recurrís? A tu compañero. Ese tipo de cosas te hacen cambiar algunos enfoques. De lo bélico seguimos hablando, los chicos en los colegios preguntan, pero yo hago mucho hincapié en lo afectivo, en que un grupo siempre será fuerte cuando todos sus integrantes estén unidos. No es necesario ser amigo de todos, uno tiene afinidades, pero existe el respeto.

DRENAR, “UN PROCESO QUE NO TERMINARÁ”

¿Te quedan broncas con respecto a Malvinas, o pudiste drenar todo el dolor?

-Ahora charlo con vos y sigo drenando cosas, es un proceso que no terminará. Y las broncas aún surgen cuando hablo de Malvinas, por cosas que se podrían haber evitado.

La guerra misma se podría haber evitado. Quizá esa bronca no se apagará.

-Uno lee y se pregunta qué tan cerca estuvimos años anteriores sin que nadie se enterara de nada. Había intercambios diplomáticos, pero el egoísmo de no ceder concluyó en esto. Los militares necesitaban la guerra, algo así, para sentirse más.

Se caían a pedazos y buscaban aire para seguir.

-Yo no sé nada de política internacional, pero siempre creí que el mejor negociante es el que sabe ceder. Y hoy capaz que estaríamos hablando de otra cosa, yo no estaría sentado acá con vos y capaz que no hubiera habido guerra siquiera.

A ‘Caco’ le hace bien hablar sobre Malvinas: que lo llamen la prensa, los pibes de las escuelas, algún amigo o conocido, viajar a otras ciudades a brindar testimonio. Lejos de cansarlo, lo sigue aliviando cada vez. Se va de cada charla con unas gotas menos del océano de angustia que su cuerpo aún en desarrollo acumuló en menos de tres densos meses que la historia argentina no termina de deglutir.

No sabe cómo hubiera sido su vida sin Malvinas, “el hubiera o hubiese no existen, y me cuesta proyectar qué hubiese sido de mí”. Sí sabe que la guerra no le mutiló un proyecto universitario, como a tantos de sus compañeros. ‘Caco’ no tenía en la materia nada previsto. Sentía la intención de seguir alguna carrera, pero en términos vagos, sin anclaje en la realidad.

¿Qué hay que decirle a un pibe que pregunta sobre Malvinas, qué le dirías a un hijo de 12 años?

-Que fue una guerra injusta, un conflicto que no debió ocurrir. Y que las personas que tuvieron la obligación de estar hicieron todo lo que podían, que fueron pibes que pusieron mucha garra y se la jugaron, con una valentía que no tiene cualquiera. Que estuvieron completamente solos, sin su familia ni nadie apoyándolos. Que sepan que a cierta edad uno igualmente puede hacer las cosas solo. Si se compromete con uno, puede. Hay que hacer un sacrificio, pero sin sacrificio no se consigue nada en la vida. Nosotros nos sacrificamos un montón, para poder volver vivos también. Le diría todo eso.

Chino Castro

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