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lunes, 29 de noviembre de 2021
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Una cuchillada del amor

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‘Lo hice para quebraaaar…’, dice la estremecedora letra de Dejarlas partir, pieza que Fito Páez habría escrito pensando en su tía y su abuela asesinadas en Rosario en los años ochenta, y que incluyó en esa bella y nunca del todo reconocida colección de canciones de Circo Beat (1994), su disco posterior al consagratorio El amor después del amor (1992), al día de hoy el álbum más vendido de la historia del rock nacional por más ‘Charlys’ y ‘Solaris’ que vengan degollando. Y Liliana Herrero hace justamente eso: quebrar las obras con su fraseo goyenechesco, quebrar y quebrarse, como reza el tema. Quebrar, quebrarse y quebrarnos. Sin embargo quebrar, como ella misma explicó desde el escenario de El Taller, no es romper para perder algo, sino iluminar, recuperar desde otra perspectiva, dar una nueva vida. Abrir otra sonoridad y descubrir nuevos colores en un producto ya conocido, tratándose de canciones.

Una de las más originales intérpretes argentinas de siempre de la música popular se presentó a sala llena el sábado en la sala del grupo Artecon, para un concierto en el que ofreció el material de Canción sobre Canción, su nuevo disco, integrado exclusivamente por piezas de Páez, y una selección de obras folclóricas de imprescindibles autores del Río de La Plata, argentinos y uruguayos. Lo hizo acompañada por la guitarra de Pedro Rossi y el bajo acústico de Ariel Naón, que había sido anunciado como contrabajista pero finalmente reemplazó su robusto instrumento por uno más pequeño pero igual de noble.

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Justamente, Dejarlas partir marcó el punto más alto de la noche, acaso por la letra de la canción, acaso porque la propia Herrero avisó que no sabía si su voz le respondería, castigada luego de cuatro conciertos seguidos. ‘Quiero dejarlas partir/ creo que viven en mí’, escribió Fito, y uno no puede dejar de pensar en su tía y su abuela, prácticamente sus madres ya que quedó huérfano de muy pibe. Esa línea dicha por Herrero, sería capaz de ablandar hasta el corazón de un macrista…

Imposible, una vidalita de Juan Carlos Franco Páez, cumpa de Yupanqui en los años treinta y casi ignoto para el ‘gran público’, y ABC, del uruguayo ‘Pitufo’ Lombardo, al que definió como uno de los capos de la murga, fueron las piezas escogidas para abrir el recital. Aunque en rigor, Liliana ya había irrumpido en escena antes, para acompañar en La casa de al lado, del también uruguayo Fernando Cabrera, a la cantante Ivana Blandamuro, del trío que tocó como invitado.

Giros y Mariposa tecknicolor nos calibraron en ‘frecuencia Páez’. En Mariposa, con el público cantando junto a la intérprete en el pasaje final. “Es lindo escuchar ese tema con el fraseo original, como lo hace Fito”, elogió la cantante. Por ser tan populares las obras de Páez, la intervención de Herrero se nota más que cuando toma composiciones de autores menos conocidos, y a algún purista podría resultarle incómoda. Pero no a los espíritus libres, esos que emplean las canciones para viajar y para buscarse, para confesarse, celebrar y reconocerse en y con el otro, no para atarse al piso como si fueran un ancla. Liliana, como ha explicado cientos de veces, incluso en entrevista con este diario los días previos al que fue su segundo concierto en la ciudad, se mete en el corazón de la canción en busca de una voz propia, que siempre es una nueva voz.

Garza viajera, del uruguayo Aníbal Sampayo, floreció a continuación. Herrero conoció a Aníbal, por ser de Entre Ríos cada verano su familia emprendía viaje hacia el lado del río y del Uruguay, y así pudo encontrarse con un ser delicioso, según lo describió. El periplo musical fue así, un relajado ir venir de Uruguay a Rosario, de Fito a clásicos del folclore rioplatense, aunque jamás los obvios, salvo el caso, si se quiere ser un touch insidiosos, de la bella Las golondrinas, de Eduardo Falú y Jaime Dávalos, que escogió para cerrar (no hubo bises). Una canción que nació para vivir fresca, en una perpetua primavera, y que dicha por Liliana parece haber sido compuesta en camarines diez minutos antes. Escribo decir porque es lo que corresponde, tratándose de ella. Cantar ‘al derecho’ a Liliana la aburriría, y a nosotros escucharla así también, de otro modo no iríamos a verla. 

Tocaron una hora y quince minutos, y aunque pueda parecer curioso, poco después de la medianoche los artistas debían abordar un micro de línea a la CABA, una ‘urgencia’ con la que la cantante bromeó bastante. Herrero cerró en Bolívar su gira bonaerense, que incluyó, de miércoles a sábado, presentaciones en Tandil, Azul, Olavarría y Bolívar, y al toque emprendió el retorno a su hogar porteño, sin esperar a que los pájaros de nuestro amanecer dominguero irrumpieran con su sinfonía. (Aunque acaso tampoco sea tan terrible: siempre recordaré a Osvaldo Bayer, con casi ochenta años, llegando a Bolívar en un colectivo, solo y con un bolsito. Parece que lo bueno no viene en frasco chico, viene en bondi.)

La siguieron con Del 63, homónimo del primer disco de Fito, publicado en un 1984 que aún olía a primavera democrática, Carabelas nada, Dejarlas partir y Tres agujas, la gema que Spinetta elegía del rosarino. Todos temas incluidos en Canción sobre Canción, que abarca un arco temporal que va del ’84 al ‘99, el período en el que más cerca Liliana estuvo de su siempre especial amigohermano.

De regreso al folclore, recrearon Confesión del viento, una obra que dio título al disco de Herrero del 2003. La última de Páez del setlist fue Instan-táneas, que compuso para La la la, su álbum doble con Spinetta de 1986.

No estuvo dentro del menú Yo vengo a ofrecer mi corazón, acaso la pieza de Fito que, a priori, más natural ‘le quedaría’ al arte de la entrerriana, atravesado y contaminado por el folclore argentino. Grabó ese tema para su segundo disco, Esa fulanita, de 1989, y quizá forme parte de una etapa ya lejana de su carrera.

Promediando el concierto, el guitarrista Pedro Rossi se lució cantando La Sixto violín, el homenaje de Carnota y Marziali a Sixto Palavecino. En verdad durante toda la noche el sólido instrumentista aportó su voz, que evocaba una letanía y dotaba de un matiz melancólico, o de vidala, al repertorio interpretado.

 

UNA ENTREGA,

NO UNA PERFECCIÓN

 

Cantar no es una perfección, es una entrega, definió la intérprete en un pasaje del recital. Su voz lució al límite, ella misma explicó que el trío pasó mucho frío en Tandil y que su garganta padecía una especie de picor. Sin embargo, se entregó generosa como la primera vez, o como si fuese la última, a la ancestral ceremonia de hacernos mejor el viaje de la vida a través de las canciones. Hubo algo de ritual en su concierto, si se tratara de Solari hablaríamos de misa, siempre con un tinte celebratorio y libres de culpas y penitencias. El repertorio abordado renació a través de su voz y su fraseo único, como siempre sucede con ella y con cualquier gran artista, esos que transforman al auditorio. Herrero no entretiene, Herrero conmueve, interpela, desafía, nos cava el alma y a la vez nos arrulla. Herrero nos pone en las manos a través de perlas musicales a las que trata con un desprejuiciado y valiente respeto, un cincel con que labrar un cielo mejor, pero en la tierra. “Mi canción es un antídoto liviano”, definió, tomando el verso de Tres agujas, al tiempo que marcaba, incluyendo a sus cumpas músicos, que asume “el compromiso de luchar, nosotros tres lo asumimos”.

De orilla a orilla con un encanto singular, la amalgama que, al unir todo, mejora el producto, el que incluye cada elemento del ritual. Con alguna mínima alusión, sutil, al presente político de una Argentina que se encamina a un tiempo de cambios. “Ojalá que lo que venga sea mejor, más justo”, brindó, levantando su copa de tinto hacia la platea.

Como Goyeneche, como Chavela Vargas y, sí, como un buen tinto, Liliana mejora con los años, al ir despojándose de todo ‘adorno’ para mostrarnos y compartirnos el ‘hueso’ de su alma. Igual que el ‘Polaco’, a esta altura Liliana compone interpretando. Estar fuera de la industria del entretenimiento favorece que su arte macere sin apuro y se torne concentrado, incomparable como la sencilla rotundidad de una raíz, lo que no deja de ser una forma de perfección, aunque a ella no le guste. La perfecta imperfección de una perfección superior. Lo mismo que Fito hace tantos años, Liliana Herrero vino a ofrecer su corazón, es decir a entregarse por completo, y a hacernos mejores tocado por el haz barroso de su luz única. ¿Quién dijo que todo está perdido? Lo del sábado fue una cuchillada del amor, del amor y la esperanza. Como abrir el pecho y sacar el alma.

 

En la apertura, Ivana Blandamuro en voz, Santiago Epele en bajo y Lorenzo Blandamuro en percusión ofrecieron un breve set de himnos de la canción latinoamericana, entre otras la mencionada La casa de al lado y Qué he sacado con quererte, de Violeta Parra. Su correcto show comenzó puntual, y no hubo casi ‘tiempo muerto’ entre la despedida del trío y la llegada de Herrero. Parece un detalle pero no, es un buen punto que se anotó la organización, uno que también sirve para marcar la diferencia. El ingreso a la sala fue fluido, cómodo, El Taller fue abierto antes de las 21 horas, y hasta se pudo apreciar la exposición del artista plástico Exequiel Sapula con tranquilidad. Organizaron Daniela López y la flamante productora Cable a tierra, con el aporte económico de comercios de la ciudad y el auspicio de la fundación Valta Thorsen.  El sonido, muy preciso como siempre, fue provisto por MB (Moura-Blandamuro) con la operatoria de Sergio Ramírez, que forman parte de Cable a tierra, y la iluminación, por Diego Lanzoni.

Chino Castro

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