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lunes, 20 de mayo de 2024
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Un viaje al futuro que terminó en casa

Una charla con Inés María Spinelli, voluntaria en India.

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Su primer viaje a India la conectó con otra dimensión de la vida y de su propia humanidad, pero Inés María Spinelli sabía desde antes de pisar la tierra que transitó y fecundó Madre Teresa que Calcuta es su hogar, como si siempre hubiese estado, sido de, allí. Desde entonces no ha dejado de volver.

Claro que la bolivarense, que está ¿inesperadamente? de nuevo afincada en su ciudad, saboreando los dulzores de un ‘abrazo sensible’ que no había proyectado, viaja a India como voluntaria. Sólo en ese marco ‘hace turismo’, en uno de los pueblos más pobres y más ricos del mundo, por tanto inseguros, desiguales e injustos, con algunas condiciones idiosincráticas vinculadas a la fe que lo tornan especial. Fue por primera vez en 2017; se quedó un mes.

Era descubrir, y de algún modo comprobar. Tras tres días de viaje, “llegué a Nueva Delhi y me largué a llorar, porque nadie me entendía (no habla inglés) que quería ir a Calcuta”, recuerda Inés. Algo de aquél despertar se quedó adherido a su cara, en ciertos gestos, en algún brillo en el mirar, esas gotitas luminosas, apenas perceptibles, de cuando se mira el mañana recordando algo que nos acompañará para siempre.

Cuando por fin arribó a destino todo dio un vuelco: “Me relajé, fue sentirme como en casa. No sé si creo en otras vidas, pero algo hay; creo que pertenezco más a ese lugar que a este”, reafirma, con énfasis.

¿Por qué, en qué lo ves?

– No es todo India eh, es Calcuta. Ahora volví hace un mes, y lo hablábamos allá con los chicos que encontré: sólo yendo se entiende, lo que se siente, y va más allá de la religión. Yo voy a la casa de Madre Teresa, y hay de todo: gente que va sin ser católica, gente que lo es pero no practica, como mi caso, practicantes. Es como mágico. Aquél primer periplo tuvo una emotiva, insuperable razón de ser: una promesa. A su padre, Gabriel, lo operaban del corazón. Durante los estudios previos, ella iba de La Plata a la Basílica de Luján, “y un día hice la promesa de que si papá salía bien, ayudaría“.

La intervención fue un éxito, y entonces Inés dio formalmente el paso de involucrarse en el voluntariado, primero, como corresponde, preguntando. “Consulté por Centroamérica, África y Europa. Y el día que santificaron a Madre Teresa, estaba de guardia (en La Plata, donde trabajaba de técnica en Hematología) mirando eso, y me llega una notificación: ‘India 10 mil pesos’, que en ese momento era nada. Empecé a seguir el camino que me indicaban y terminé comprando el pasaje, sin saber nada de nada de India”.

¿El único vínculo era que te gustaba Madre Teresa?

– De chiquita leo sobre ella, sí, pero la notificación me llegó de la nada. Mi hermana Mariana, que sabe de viajes y de pasajes, me había dicho que India es cara. No tanto estar allá, sino viajar. Yo no tenía un peso, nunca ahorré en mi vida, y apareció esa chance a 10 mil, que parecía una tomada de pelo.

Un pie en suelo calcutense siente que fue suficiente. “Les pasa a muchos, y es muy difícil de explicar, es ridículo si digo que te sentís más cerca de Dios; es todo tan a flor de piel lo que vivís, las cosas que ves. Hay programas de tele que hablan de deformaciones en el cuerpo, la cara, hechos raros, y allá todo lo ves, y estás con esa gente”.

Mother House consta de siete casas, Inés eligió la del Moribundo, aunque paraba en un hotel para voluntarios cerca de ahí -el voluntariado no provee de hospedaje-. “Las monjitas, que se llaman sisters, recorren las calles a la noche en busca de gente que se está muriendo. Para que partan dignamente, capaz que no les ponen ni un suero, solamente los acuestan, los bañan, les curan las heridas y a las 7 de la mañana, cuando llegamos los voluntarios, los creyentes rezan a su lado para acompañarlos”, cuenta. “Y mueren con una sonrisa en la cara, yo lo vi. Lo leía en los libros y no es que no creía, porque a Madre Teresa la admiro, pero suponía que eso estaba exagerado, y te juro que no es así, que les cambia la cara, y eso que muchos se van sufriendo…”.

¿Qué hiciste en aquél primer viaje, además de las tareas como voluntaria?

– Todos los años conocí gente genial (volvió en 2018, 2019 y, tras el inevitable parénesis por la pandemia, en 2022). Muchos españoles, mucho mexicano, mucho japonés; yo me hablaba nada más con españoles y gente de Centroamérica. Íbamos a los slums, que son como las villas de acá, pero peor. Una vez fuimos al leprosario de Madre Teresa. Pasás por un slum, y las paredes de las casas están hechas de ladrillos de mierda de vaca. Casi me descompongo cuando me di cuenta. Llegué al hotel descompuesta, tenía una tristeza… Creí que me volvía cuando supe que vivían en casas hechas de mierda. Después conocí que la mierda de vaca, la combustión y todo eso, cuando se seca deja de ser mierda, pero casi me muero: el olor y ver a la gente vivir ahí fue un impacto terrible.

Muchos van a evangelizar, Inés llevaba caramelos a los niños y acompañaba. En su segunda vez hizo ‘rancho’ con una médica española y su marido, arquitecto. “Recorrían las villas atendiendo gente; hay muchas ONG en India, con las que por las tardes trabaja mucha de la gente que va allá”. En estos núcleos la pobreza y la privación estrujan el alma de cualquiera con una pulgarada de sensibilidad; la condición humana queda entre paréntesis cuando la vida nos conecta con los ojos opacos de gente que no tiene acceso a nada, allende esas pacíficas sonrisas que, observadas con ojos occidentales, han de resultar francamente desconcertantes.

En el segundo país más poblado del planeta luego de China, la muerte por inanición está a la orden del día, mientras gruesos bolsones sociales no pueden acceder a atención hospitalaria ni a educación, no hablemos ya de trabajo, esparcimiento, etc. India es un país organizado bajo un sistema de castas, una definición que per sé entraña disparidad, injusticia y exclusión. Los olvidados de la mano de Cristo son “los ‘intocables’; se mueren sin ser atendidos jamás. Es muy grande ese ámbito, lo nuestro es un grano de arena”, dice Inés, no sin amargura.

En su segunda travesía, durante tres meses en 2018, la bolivarense pudo comprender -nunca es lo mismo que apenas entender, cuando se trata de asuntos sensibles- más cabalmente una cultura que con nuestros colonizados ojos occidentales vemos tan especial. “No conviví, pero iba a casas de gente india. Tomaba el té en la casa de un taxista, y me llamaba la atención que no tienen muebles, no tienen cocina, comen en el piso, rezan en el piso. Sin placares, sin alacenas, sólo cama. Todo muy rústico, las cocinas son unos tubos de cemento o barro donde meten la leña, encienden el fuego y apoyan la ollita”.

La base de su comida es el arroz con condimentos. “Preparan cosas muy básicas. Le ponen el condimento fuerte a la salsa que le incorporan a sus platos; el arroz solo es sabroso pero casi no tiene gusto, lo mismo que el pollo, que los de allá son unas palomitas, y el pescado. Lo potente es la sala que le meten a todo eso, te ‘matan’, es incomible casi, muy picante en algunos lugares que no son muy turísticos”, describe, acerca justamente de las zonas que escoge una Inés interesada en meterse en lo profundo de la cultura india pura. “Tenés que tener cuidado, porque está todo contaminado, no podés tomar agua de la canilla. Pedís que no te pongan especias en la comida y te las agregan igual y te ‘matan’, tranquilamente podés terminar internado”, completa la descripción.

Re enamorarse de Bolívar: “Me encanta estar acá, no me voy a ningún lado más” ¿Pensaste e irte a vivir allá?

– Me iba. Sí. Mi papá falleció a fines de 2017, yo había viajado por primera vez en marzo de ese año. Cuando él se va, tenía pasaje para volver en febrero de 2018, los tres meses ya comprados. Me di cuenta de que tenía que estar allá. Fue muy sanador ese viaje, me sirvió mucho para hacer el duelo de papá. Con un amigo que me hice allá fuimos a Varanasi, la ciudad sagrada, y él me hizo hacer rituales en el río, para despedir a mi papá. A partir de ahí empecé a pensar en irme.

¿Y lo seguís pensando?

– No.

¿Cuándo cambió?

– Cuando murió mamá (en noviembre de 2021). Yo ya tenía todo planeado: había decidido marcharme a vivir a la India cuando mamá faltara. Pasé un mes en que no sabía ni dónde estaba, pero siempre pensando en irme. Pero ocurrió que me reencontré acá, en Bolívar, con gente que significó mucho para mí, y empecé a rever esa decisión. Tuve que sacarme una carpeta médica porque estaba muy mal, y con el correr de los días fueron apareciendo en casa personas que hacía veinte años no veía. Yo pensaba que era gente perdida, pero resulta que estaba ahí. Todos amigos, personas que se habían relacionado conmigo hasta mis 17 y con las que no imaginé que retomaría el vínculo, porque yo a esa edad me fui. Así, abrazo a abrazo tras dos años de querernos desde lejos, incluso sin soñarlo, “la ciudad me fue atrapando, Bolívar, su gente y todas sus cosas”.

Es decir que ahora, por usar una metáfora deportiva, en tus preferencias como sitio para vivir Bolívar le gana a Calcuta por la mínima diferencia.

– Sí. Con un permiso (obviamente que para ir seguido a su otra patria, porque se puede tener más de una). Pero ahora económicamente está muy difícil. En 2022 ni viajé a Calcuta, además por la pandemia el voluntariado cerró mucho tiempo. Volví ahora, con un viaje que me regaló un amigo mexicano que conocí allá mi primera vez, Pablo. Así que a principios del 2023 partimos. (Iban a pasar fin de año en Calcuta, una idea que a Inés le gustaba “mucho”, pero por cuestiones personales de Pablo la excursión se postergó.) De otro modo, no hubiese podido. Me quedé un mes.

¿También hiciste voluntariado?

– Sí. Empezamos a ir a Kalighat, la primera casa que abrió Madre Teresa. Era un templo abandonado de la diosa Kali, la diosa de Calcuta, y es la Casa del Moribundo, Kalighat Casa del Moribundo. Fuimos hasta que yo me caí (sufrió un esguince de tobillo), tiene muchas escaleras. Uno llega, lava ropa todos los días, de los pacientes, luego los bañamos, los ayudamos a ir al baño a hacer sus necesidades, les sacamos los piojos, los peinamos, les pasamos cremas. Si va un médico no hace tarea de médico, no te dejan, es muy poca la gente que cura heridas, por ejemplo.

Pero ahora tenés claro que querés vivir acá, no allá.

– Sí, no me voy más yo de acá. Ya le compré esta casa a mi hermana Mariana, me instalé. No me voy a ningún lado más, a India viajaré cuando pueda, un mes, pero ya no a vivir. Me encanta estar acá.

Hoy hace sushi por pedido, trabajo por el cual fue noticia a principios de mes, cuando el cantante Axel pidió para su catering pre concierto en el Me Encanta veinte piezas veganas y sin TACC, y se las encargaron a ella y su socia. Además, mantiene un trabajo en La Plata, adonde viaja todos los jueves para regresar el viernes. Se define como una mujer solidaria, que es capaz de alojar a un desconocido en su casa y darle de comer, o de preparar viandas para alguna organización de asistencia a gente despojada de sus derechos básicos. Sin embargo, asocia voluntariado a India. “Nunca me involucré acá tanto como allá, no lo haría, porque la mentalidad del argentino no es la misma que la del indio, y no querría decepcionarme. Pero sí asistiría acá, en Bolívar, a colaborar a algún comedor”.

¿En qué te modificó conocer India? ¿Lo podés ver?

– Acá vivimos con el consumismo muy exacerbado. Ellos no acumulan cosas. Cuando volví la primera vez estuve un mes sin tele, y yo me la pasaba viendo televisión. Me di cuenta de que tenía tres teles en La Plata, y vivía sola. Casi que me sobraban los tres, porque nunca más vi televisión. Me puedo poner Netflix a la noche, para dormirme con algo, nada más. Y antes de gastar la plata empecé a pensar mucho. Al estar sola y económicamente bien, como me ocurría en La Plata, la despilfarraba: me gustaba todo en regalos, siempre para el otro. Sobrinas, hermanas, amigas, familiares. Tiraba toda la plata, pero ahí la empecé a valorarla de otro modo. Fundamentalmente, a darme cuenta de que uno necesita para vivir mucho menos de lo que tiene, o de lo que cree que necesita. Te ponés austera, aunque lo cotidiano te empuja otra vez al consumismo. Pero yo en eso cambié. Sigo consumiendo todavía, y me gustaría se menos materialista, pero soy mucho menos de lo que era.

A veces uno se queja de lleno. Walter Benjamin dice que “sólo por amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza”, y quizá la sociedad global bien podría dividirse en gente que lo siente y gente que no siente nada frente a un corazón que chorrea dolor; en gente que comparte, que siempre es repartir, y gente que vive para sí, únicamente sujeta a lo propio, que, como advertía Enrique Symns, “es el peor insulto que se le puede hacer a la humanidad (“lo propio es una basura”, exageraba el chamán de la decadencia)”. Inés María Spinelli pertenece al primer grupo.

La grieta que sangra

“En el medio de la parte pobre de Calcuta, adonde voy, hay un shopping con todas las marcas caras: Louis Vuitton, marcas imposibles de comprar hasta para los turistas. Y afuera está la gente muriéndose, pidiendo plata en la vereda. Una cosa que te choca, te revuelve las tripas, y más estando un tiempo ahí, que vos ya empezás a ver el consumismo tuyo, por ahí te cansás del arroz y te vas una semana a comer al shopping, a la cadena de pollo frito KFC. Entrás y hay aire acondicionado, y todos esos locales de ropa cara, y cuando salís la gente está muriéndose en la puerta. Con una cara que no es de sufrimiento; les das una masita y te lo agradecen”.

“India es Gandhi: paz, paz y paz” ¿Y cómo puede ser que la gente sea tan pacífica si está así de mal, que nunca haya intentado una revolución? Es paz sin pan…

– Son conformistas. Muy. Es una cultura que a nosotros nos cuesta mucho entender. Ahora las mujeres están reaccionando, queriéndose hacer respetar. Es una sociedad muy machista la india. Vos vas allá y es como estar en una peli de los años setenta: desde cómo se visten a cómo piensan. Están muy atrasados, y el conformismo es gigante. No hacen paros… Una sola vez vi una movilización, gente muy pasivamente con banderas quejándose contra un político. La India es Gandhi: es paz, paz y paz. Agradecen lo que tienen y lo que no. Vas a una villa en la que no hay ni para comer, y si aún tienen una galletita te la dan y ellos se quedan sin nada. No creo que haya en el mundo otro país como la India. Mucha paz, mucho meditar, cero materialismo. Creo que la religión los hace así.

Chino Castro

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