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viernes, 12 de abril de 2024
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Un paseo en caballito blanco por el corazón de Maro

El cantante, compositor y clown presentó Potriyo.

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Maro presentó el viernes el que tal vez sea su espectáculo más intimista, donde va más allá de revelar en canciones para directamente mostrar imágenes de su familia y de su pasado en una Bolívar que, se vio durante la función, lleva tatuada en el corazón, sus casas, sus calles y su gente, dondequiera que vuele.

Potriyo (así, con yé), la historia de un hombrecaballo que retorna a su pueblo, tuvo una interesante primera vez en la ciudad de la que habla, ante un muy buen marco de público que se dio cita en el auditorio de la Biblioteca Rivadavia (por fortuna con aire acondicionado y energía eléctrica), a esa altura un oasis en la ciudad incendiada.

Se trata de una propuesta audiovisual donde las imágenes por pantalla gigante tienen un gran protagonismo, sobre todo en la primera parte, con Maro como el Potriyo, a oscuras, a un costado de la pantalla, interviniendo casi al modo sombras chinescas. Y esas imágenes reconstruyen su pasado aquí, a través de las casas familiares que transitó de pibe y adolescente, algunas calles tantas veces recorridas y que ahora articulan el mapa de sus afectos, y especialmente las del legendario caballito blanco que aún pertenece a su familia, los González, y que desde 1965 fue la insignia y una suerte de padrino del supermercado de avenida Lavalle al que se conoció con ese nombre, Caballito Blanco.

Una estructura artesanal en tamaño real que los González defienden como el tesoro que es, aunque entre tanta mudanza hayan extraviado las orejas del diseño. Hay muchas escenas que retratan el campo familiar, donde seguramente Maro ha pasado sus mejores horas de niño y adolescente, y otras en la ciudad e incluso el viejo súper, arropadas por una banda de sonido clásica que a los de más de cuarenta le ha de acariciar la piel, con gemas de Rolling Stones y Virus, por citar dos. (Suena algún tango también, acaso insoslayable si el espectáculo se llama Potriyo, aunque también podría haber recurrido al folclore).

La obra contiene unas cuantas pinceladas humorísticas, que colorean un viaje signado por la emoción. Esa emoción que con esfuerzo, para no estallar en llanto, con tenían en la primera fila del auditorio los padres de Maro y su tío, que junto a ellos pasó en el viejo supermercado buena parte de sus días. En la segunda parte la música comienza a ganarle la partida a lo visual, ya que Maro se pone al frente del mic para interpretar un puñado de sus canciones, un par de ellas cumbias hechas y derechas con alguna leve deformidad, y todas con pasta de hit.

En un tema participa como invitada Maia Acosta, en piano y coros, y en otro Raúl Chillón, en bombo. Todo, con el artista siempre metido en su personaje, incluso con algún relincho y unos corcoveos de alegría por estar en casa. Potriyo es la historia de un hombre-caballo con destino de cantor que vuelve a su pueblo, que su compositor estrenó en Baires, donde vive, se forma artísticamente en varias disciplinas y trabaja.

Pero esencialmente es una cabalgata, montados en un entrañable caballito blanco, hacia la estación más sensible, frágil y a la vez duradera de su corazón, como quedó plasmado en su agradecimiento final, cuando quebrado mencionó a sus padres y sus afectos, lo que el Potriyo lleva en el alma.

Chino Castro

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