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sábado, 17 de julio de 2021
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Si no vacunan en Bongwutsi

Pandemia, el nuevo imperativo. Una mirada.

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Seamos honestos: contra la pandemia no hay mucho que hacer. Sólo lo que las autoridades políticas y sanitarias vienen pidiéndonos hace año y medio. Insisten, pero la gota no horada la piedra.

Ya es entre ridículo, patético y exasperante que se nos siga explicando cómo usar un barbijo, o que se romantice el encierro porque mañana nos abrazaremos mejor, sin señalar que ya podríamos estar abrazándonos, o que superar la pandemia para retomar esa enferma normalidad que tanto añoramos sería ‘tirarle un nuevo centro’ a la muerte. Tres medidas. Tres. Ni pelota, o poca, que hasta puede ser peor. Mediante el poderoso brazo de la massmedia los intereses particulares del gran capital volvieron a llevarnos de las narices, y aún sin haber emergido de la segunda ola ya vemos la cresta de la tercera tiñendo de rojo sangre el horizonte.

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Tenemos que salir a consumir y mostrar, lo otro es morir. Necesitamos comprar cosas que no necesitamos, y no es un juego de palabras. Todos los días exhibir algo nuevo. No una idea, un concepto, un nuevo saber carente de utilidad económica, sino algo que ocupe lugar. Es la simple medida del estar vivos en la sociedad del consumo y el espectáculo: a mayor acumulación de cosas que no necesitamos, más ganadores nos sentimos. Más que comer, tragamos.

Más que comer, tragamos. Sin embargo hace rato que vivimos en pandemia, ¿o la mayúscula, obscena brecha económica entre ricos y pobres no lo es, en un planeta que podría alimentar, con postre y todo, a toda su población? ¿O la millonada de personas expulsadas de sus tierras y de sus sueños, que nadie quiere recibir, no es una gran enfermedad mundial? Hay naciones muy educaditas que hasta levantan o levantarían muros, en pleno siglo XXI.

Con ladrillos de los de antes. Qué arrebato de fraternidad en pleno auge de la virtualidad. Dignos hijos del Siglo de las Luces. Los inmigrantes son la mujer de los países centrales, hablame de que no toda violencia es política, y de que el patriarcado ya fue. Por más que Nomadland haya hecho algo poético con eso, la verdad es que la desesperación del paria no tiene nada de poesía, y sí bastante de tragedia. ¿Y exprimir los recursos naturales de modo autodestructivo qué ha sido, sino otra plaga de la vida posmo? Volcamos el triciclo, pero los triciclos se acaban y no queremos creer. ¿Y qué es, si no un trastorno terminal, vivir desentendidos de qué vamos a dejar, como si nos consideráramos los últimos de una fiesta que va a acabarse, esos que caen a las 6 de la mañana y toman y comen a mansalva porque a las 7 cierra el salón? Más aún: ¿un mundo que no piensa en sus hijos merece sobrevivir?

Así hemos vivido, y así nos va. Algo sembramos para cosechar esta tempestad. Viento, tal vez. Somos el producto de una finísima operación de vaciamiento cultural, que sólo es bruta en sus métodos. Y por vivir así, la pandemia de covid no terminará: ya hay en curso una tercera ola, vectorizada por una cepa surgida en la India, como crecerán otras en el corazón de los pueblos a los que, por amarrocar, el capitalismo de las naciones gendarmes no permitió que llegara la vacuna, que es la solución solo si llega a todes. Es a todes, o es chasquibum. Y pronto, o también es chasquibum, porque los primeros irán perdiendo inmunidad. Es a todes, o será un paracetamol contra un tumor: como mucho, un rato de alivio. Ahora vacunas hay, así que no jodan, repartan. WhatsApp para los gobiernos del primer mundo, pero también para los laboratorios y las corporaciones económicas con intereses en la salud, que jamás les permitirían ser socialistas, ya que una cosa es la sartén, otra el mango y muy otra la mano que la sostiene. Ya de nada sirve que en Bolívar asomes el brazo y te claven la aguja, o que en el hospi empiecen a sobrar las camas, si no vacunan en Bongwutsi, el pueblo de Osvaldo Soriano en A sus plantas rendido un león, donde no había gente para una revolución y la hacían con monos, whatsApp para Del Caño y Karl Pitrola. ‘Todes somos Bongwutsi’, esa es la bandera que va.

El círculo cerrará con moñito cuando quieran hacernos creer que la culpa es de Biafra. En contra de sus propios intereses muchos comprarán, siempre que vaya en contra de su ser son capaces de adquirir hasta espejitos en blanco y negro, imaginemos cuán a mano puede quedarles responsabilizar a un negro pobre, ni te digo si osa ser k, qué suerte en África (todavía) no hay. Pero la responsabilidad ni siquiera será de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, sino del modo de organización económica y social que nos dirige la vida desde hace décadas, principios de los ‘80 por fijar un corte. Un modelo sin consenso, impuesto a sangre y fuego por el poPANDEMIA, EL NUEVO IMPERATIVO – UNA MIRADA Si no vacunan en Bongwutsi der económico, que tiene caras pero casi nadie las conoce, y con todo a disposición desde que el sujeto se autoexplota feliz, se desvive por adaptarse y cuando fracasa se carga la culpa, o se la toma con el hermano y nunca con el verdugo. Byung-Chul Han lo explica bien. Y harán algo más, pronto lo veremos: donarán algunos millones de dosis, como esos delincuentes que ponen plata en instituciones de bien público y ‘lavan’ su nombre. Encima habrá que agradecerles. En esos casos, el asesinado trovador Jorge Cafrune prefería hablar de devolver, los hijos y nietos de unas arriesgadas señoras que lo invitaron a tomar el té lo han de recordar.

‘La neutrónica ya explotó y muy pocos pudimos zafar’, cantaba Spinetta en 1983, en su tema Yo quiero ver un tren. Entre nosotrxs, lo que ya explotó es la pandémica. Alguien, o más bien algo, la activó, quizá una manera de vivir para la que la generosidad, la paciencia y la justicia nunca fueron imperativos, tampoco la introspección ni la discreción, para no hablar de una palabra ya muy manoseada, solidaridad, ni de una demodé: bondad. Nuestra forma de ser es finalmente la gran peste. Por eso Bongwutsi aún espera, y el resto desespera. La madre de una pandemia que es dinámica, tal como en un rapto de perspicacia avisó en mayo pasado el intendente Pisano, porque se mueve, come e incluso muta cual una criatura con dos dedos de frente. (Sólo le faltó decir que había llegado para quedarse.) Por eso aquí elijo llamarla pandémica, y espero que ella no elija llamarme a mí, ni a vos, que ya a demasiades se ha llevado.

Chino Castro.

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