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martes, 01 de junio de 2021
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Ser maestra, siempre en tiempo presente

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En el Día del Maestro entrevistamos ayer, en la expo, a cuatro docentes bolivarenses. Lo hicimos a modo de homenaje, que parte de nuestra propia admiración por su labor, por reconocer en las mujeres y hombres que se dedican a la docencia nada menos que la llave del futuro, los formadores de los ciudadanos del mañana.

Celebramos habernos encontrado con Bettina Quibus, Alicia Sánchez, Graciela Gimeno y Mónica Méndez. Todas ellas estaban trabajando en lo que más les gusta y las une: las actividades que el colectivo Uniendo Sonrisas desarrolla en el marco de la expo.

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Claro que no hace falta presentarlas. Son ellas maestras de alma, ya jubiladas por cierto, pero siguen sintiéndose maestras y viven como tales.

¿Por qué son docentes?, fue  nuestra primera pregunta.

“Por vocación, dijo rápidamente Alicia. En realidad yo sabía desde muy chiquita que iba a ser maestra. En el campo, cuando era muy niña, jugaba sola frente al espejo y allí había una escuela. Yo le enseñaba a esos chicos. Y, por supuesto, después me marcaron mis docentes. Mirna Tocci, mi maestra de Primer Grado me dijo un día “vos va a ser maestra”. De hecho practiqué con ella, hice mis prácticas integrales con ella. Creo que estaba como predestinada a ser maestra”.

La vocación docente, lo decimos nosotros, es quizás una de las pocas vocaciones que se despiertan casi siempre desde la niñez. Al menos eso nos parece analizando el derrotero de tantas maestras que nos ha tocado conocer y con las que hemos tenido trato cuasi familiar.

“Quizás sea así”, concede Alicia. “Es que ser docente era en aquellas épocas, para las que ya estamos en los 50 años o más, una profesión súper importante. Con el paso del tiempo se ha pensado en otras cosas y se han evaluado mucho cuestiones económicas. Se pone mucho en la balanza el tema sueldo y esas cuestiones que, para quien lleva la docencia en el alma, no es tan importante. Sí lo es, porque esto es un trabajo; pero en mi caso yo siempre me sentí docente y nunca me consideré una trabajadora de la educación. A mí me gusta ser maestra. Es algo muy personal, por supuesto”.

Bettina Quibus se prende de inmediato en el tema: “A todas nos une una misma pasión. ¿A quién no le pasó jugar con frasquitos, alinearlos, ponerlos en fila, retarlos a veces, hacerlos pasar al frente a dar lección? Eso suponía una conducta, un orden. En mi caso, mi madre fue docente y me marcó y nos marcó, porque de 4 hermanos, 3 tenemos que ver con la docencia. Después yo elegí ser fonoaudióloga, que es lo mismo en realidad, porque es enseñar a hablar, o poner en palabra las palabras. Conocí el mundo del jardín de infantes y lo amé de la mano de Mónica. Ella es maestra jardinera de alma y para mí era un lugarcito que no tenía explorado. Me dí cuenta que el jardín de infantes es mágico. Creo que somos todas docentes de alma, porque después de años de estar jubiladas siempre estamos haciendo algo que tiene que ver con enseñar, educar”.

“También era antes un cuestión de género -terció Graciela Gimeno volviendo al tema de las vocaciones. “Las niñas ya comenzábamos con el juego con los hermanos. Con el cuidar, con el controlar. Cosas simples de la vida”.

¿No sigue siendo de alguna manera una cuestión de género? Porque piensa ahora que ser maestra tiene una vinculación muy particular con el ser madre…

“Sigue siendo. Pero se están incorporando los varones. Pero es cierto; al menos en mi caso, yo siempre fui muy protectora de mis alumnos. Me tocó trabajar en ámbitos de la educación vinculado con adultos y adolescentes. Después 14 años en la Escuela 9, que eran niños que necesitaban mucha protección. Creo que a la mujer le surge más naturalmente ese espíritu de protección, en forma más instintiva. A mí me pasó que la docencia me gustaba, pero se acentuó más esa vocación con el ejercicio de la profesión”.

¿Son conscientes ustedes en el día a día de la trascendencia de lo que hacen? ¿O es algo en lo que piensan en momentos de reflexión, cuando están afuera del aula?

Mónica: “Quizás cuando una está en el frente del aula no lo piensa tanto. A mí me pasó que siempre tuve alumnado pequeño, de primer ciclo. Luego me volqué más a inicial y Primer Grado. La actividad es tan demandante que no te das cuenta; pero a medida que pasa el tiempo y ves que aquellos chicos hoy ya grandes te viene a saludar me digo: “qué grossas que somos las docentes”, “cuánto hemos hecho”. Yo nunca pensé que iba a ser docente. Me pasó diferente a ellas. Apuntaba a otra cosa, pero como era la mayor me convencieron que lo mejor era hacer Magisterio. Pero luego nació una vocación que no la puedo creer. Hoy me siento activa como si estuviese en la escuela. Me jubilé y siento como si todavía estuviese en el jardín. Para mí es lo más placentero que me pasó en la vida, lo más sano, lo más gratificante y lo más curativo. Estar con los chicos continuamente me ayudó mucho en todo y lo volvería a elegir siempre”.

Todas nuestras entrevistadas hablan de ser docentes en tiempo presente. E, insoslayablemente, surge en la charla la unidad de acción lograda a través del grupo Uniendo Sonrisas, en el cual la mayoría de sus integrantes son maestras. El grupo nació en el dolor y se fortalece en esa especie de colecta humana de sonrisas que procura con sus acciones. Y ese encuentro, esa sumatoria de almas en busca de paz íntimamente se relaciona con el seguir siendo maestras en el sentido más amplio de la expresión. “Siempre pensé en seguir con los chicos por lo que los chicos te dan. Cada evento que hacemos, por más tristeza que tenga, me rescato con una sonrisa”, resume Mónica con los ojos húmedos.

En un lugar como esta maravillosa exposición que es patrimonio bolivarense y en la que todo pasa, también pasa la posibilidad del homenaje sencillo pero sincero a la maestra. Permítanos el lector hablar de ella, en singular y en género femenino. Al fin de cuentas, quien esto escribe es la resultante de las maestras que tuvo. De María Elena Andrade, de la señorita María Elena y muy especialmente de Catalina Juaristi, esa incomparable maestra de séptimo. Y de una madre docente que hacía repetir las tablas mientras ponía a funcionar su viejo lavarropas.

Quisimos decirles feliz día y gracias. Ese es el motivo de esta nota que debe encontrar, aquí mismo, un punto final.               VAC

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