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domingo, 25 de febrero de 2024
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Seis para triunfar

Una charla con bandoneonistas de tres generaciones.

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En la calle fuelle a fuelle son mucho más que tres, porque cuando se juntan Ricardo Rubén Exertier (74 años), María Eugenia Alejo (45) y Nicanor Pagola (14), lo que importa es la música que traman sus bandoneones en una corriente sincrónica que también es de afecto, muy por encima de lucimientos individuales y dedos supersónicos en viaje a la estratósfera.

Son el doble que tres, son seis para triunfar: tres músicos, tres bandoneones. Triunfar entendido como hacer lo que uno ama con quien uno elige, el único milagro que queda.

Bolívar Trío se prepara para salir al ruedo (han tocado aunque no formalmente), pero atrás de esta juntada de generaciones hay una linda historia.

Nicanor fue, sin saberlo, el que dio el paso inicial de lo que terminaría siendo una cumbre de tres. De pibito le despertó curiosidad el bandoneón de su abuelo, Fermín Urrutia. “Me encanaba que me tocara ese instrumento, me llamaba mucho la atención”, recuerda, aún con voz de niño. Así fue que tras la muerte de Fermín, Nicanor pudo empuñar por primera vez su anhelado fuelle. De ahí a integrarse como alumno de Exertier faltaban unos pocos pasos, que el pibito dio de un salto pletórico en entusiasmo. Ocurrió a principios de 2021; la desafinada -pero muy afilada- pandemia de covid arrasaba familias con macabra fruición, pero con la música nada puede. A Rubén le venía joya: hacia añares que buscaba gente para armar un conjunto de bandoneones. Mejor aún si se trataba de jóvenes a los que legarles la antorcha de uno de los instrumentos más difíciles que hay, por algo los que se inician en la música mayormente eligen la guitarra, teclados o algún elemento de percusión. “Porque llegó un momento en el que sólo quedamos, de la vieja generación, ‘Tito’ Carretero y yo”, señala el experimentado músico durante esta charla en un café junto a su nueva tripulación en su enésima aventura musical, que encara con el entusiasmo de un chico, ensoñado como un Nicanor.

Eugenia Alejo llegó a Rubén sabiendo tocar acordeón, guitarra y piano. Desde sus diez años. Lo cual podría ser peor: para aprender el bandoneón, hay que ‘desaprender’ casi todo lo demás, por la posición de las notas, el trabajo combinado de las manos y otras delicias que requieren paciencia, esfuerzo y un nivel de detallismo que no se lleva bien con los tiempos del ‘todo ya’ y el utilitarismo a ultranza. Deconstruirse suele ser más arduo que construirse, y a ese menester ella se entregó con confianza y compromiso, tutelada por el gran Rubén, en marzo de 2022. Esto, después de haber visto en el Centro Cívico al maestro junto a Nicanor y Norberto Paolone en guitarra.

El otro paso estaba dado.

“Al bandoneón lo tocás o no”

“Cuando llegan Nicanor y Eugenia y advierto que tienen capacidad, aflora mi vieja idea del grupo de bandoneones. Porque tampoco podés pretender que cualquiera agarre un bandoneón”, afirma Rubén con partes iguales de sencillez y contundencia, mientras revuelve el café con esa proverbial paciencia de peregrino, que lo mantiene a salvo de uno de los peores vicios de la gente de hoy: gritar, apurarse.

¿Qué ves? ¿Cómo es esa evaluación que te lleva a definir que una persona posee potencial para tocar el bandoneón?

-Tiene que tener algo diferente. Con la guitarra podés hacer dos acordes y acompañarte, hacerla sonar. Pero al bandoneón lo tocás o no. Hay que manejar un teclado abriendo y cerrando, una mano de cada lado en un rol importante. Y ellos lo podían hacer.

¿Pero eso sin que vos les hubieras enseñado nada aún, es decir que tenían la capacidad innata de hacer sonar el instrumento?

-Es una predisposición natural que se trae, una condición que unos tienen y otro no.

Habrás recibido alumnos que te dabas cuenta de que nunca podrían tocar el bandoneón.

-Hay gente, incluso en Bolívar, músicos profesionales, que aprendieron lo que hay que hacer con la mano derecha y lo que hay que hacer con la izquierda, pero no las pudieron congeniar y se pasaron a la guitarra, por ejemplo. Pero ellos sí podían, entonces vi que había ‘materia prima’ para trabajar y rescatar aquél proyecto.

Enseguida nacería Bolívar Trío, mientras Eugenia y Nicanor absorbían como esponjas los conocimientos y experiencia del gran Rubén.

Pero hay algo más, y el ya legendario músico y formador lo dice con letras precisas: “En lo personal debe haber una conexión, si no, no se puede plasmar una iniciativa así”. La sincronía en lo afectivo, esa melodía muda sin la que ninguna canción de conjunto lograría sonar bien. Dicen que los campeonatos de fútbol se ganan en el vestuario, cuando los jugadores se conocen, saben quién es el otro, qué necesita, qué lo entusiasma, si anda enamorado y de qué ‘madera’ está constituido, y parece que en la música funciona igual.

Lo más importante es lo que hacen juntos, por encima de lo que cada miembro aporta al conjunto. Claro, es fácil decirlo, después, fuelles en mano, hay que ‘pasarlo’ a la labor musical, homogeneizarlo con el ego…

Exertier: -A veces pasa, sobre todo con los guitarristas, que el que hace la primera guitarra quiere hacer solos y más solos. En nuestro caso yo acompaño, relleno, sostengo, y que ellos hagan el primer bandoneón, tramen la melodía y a gusto de ellos.

Pero hay otra cosa, y la dice Mederos en Che bandoneón (la película de ‘Miky’ Francisco sobre la vida y la obra de Rubén): lo importante que es que una mujer toque el bandoneón. Porque tiene otra forma de tocar.

¿En qué se nota?

Exertier: -Nosotros somos más rígidos. Ves a una mujer y se mueve junto al instrumento, y la melodía sale diferente.

¿Le transfiere una dulzura al toque?

Exertier: -Sí, sí, claro, una cosa totalmente diferente surge. Por ahí en la marcación, la parte rítmica, el hombre le pega más fuerte al instrumento, tiene más fuerza, es más ‘bruto’ tocando. Pero melódicamente es otra cosa.

Y que haya hombres y mujeres en la formación aporta matices.

Exertier: Claro, tocamos diferente. Yo no puedo tocar como Eugenia. En Felicia, la parte que hace con la mano izquierda, cómo le sale, yo quizá podría tocarla de cincuenta formas diferentes, pero jamás así.

En Bolívar Trío acompañás, y convengamos que hay ahí un gesto tuyo de generosidad, al hacer las veces de argamasa del armado.

Exertier: -Y… qué sé yo, corresponde.

Corresponde porque sos un tipo generoso: vos sos Rubén Exertier, tranquilamente podrían corresponderte los solos.

Exertier: -Pero corresponde por lo que decías vos recién: lo importante es priorizar el sonido, lo colectivo.

Alejo: -Pero él es el centro, aunque se corra de ahí. Nosotros solos, no haríamos nada.

¿Qué tangos les salen bien, con cuáles están conformes y podrían salir a mostrarlos?

Alejo: -Felicia, el que grabamos ahora (y que tocaba el abuelo de Nicanor y toca Eugenia con el acordeón). Es con el que más seguros nos sentimos. Después, estamos puliendo 9 de Julio. Y a Libertango ya casi lo tenemos, Rubén está haciéndole los últimos arreglos.

Bolívar Trío s se ha presentado en la Escuela de Educación Técnica, donde cursa Pagola. De modo informal, una suerte de prueba piloto. “Para sacarnos los nervios”, marca Eugenia. (Rubén y Nicanor sí tocaron algunas veces, antes de la llegada de ella.)

Por ahora, el conjunto no tiene prevista una fecha de debut oficial, pero sí una batería mínima de canciones como para salir al ruedo ya. Y mientras tanto, “seguiremos trabajando con las grabaciones”, para dar a luz más tangos en las plataformas digitales. Hasta que la pila suba tanto como para registrar un disco. Tangos y otras yerbas, porque también amasan en su repertorio un bolero, el clasicazo Bésame mucho, y podrían ir por más, continuar probando ya que la música es una cosa tan seria que, para ser, necesita empaparse de lo lúdico: tan es así, que el músico que no sabe jugar no puede tocar.  

“De la manera de incorporar de ellos, yo aprendo”

Todo esto, a la par de seguir aprendiendo, proceso que no termina nunca. Tampoco para vos, Rubén, ¿o es un lugar común aquello de que el profesor también aprende de sus alumnos?

Exertier: -Es real eso, sí. No sé si aprendés lo musical, pero sí a compartir. No todos tienen la misma forma de aprender. Una cosa es dar clases en una escuela para treinta personas, que por ahí no les interesa, y otra hacerlo con ellos, que vienen porque quieren, no porque alguien los manda. Y yo con Eugenia y Nicanor, de su manera de incorporar, aprendo. Él se tira a aprender más de oído (se ríen), y ella es más academicista, lee bien música, clave de fa, clave de sol. Con Eugenia el primer problemita que encontrarnos fue el de abrir y cerrar. Porque estaba acostumbrada al acordeón, que es diferente. Vencimos eso, ahora falta vencer algo que pasa por el cerebro, que tiene que envasar otra cosa: en acordeón tenés si, do, do sostenido, re, hacia abajo, y en el bandoneón es el si, el do y el do sostenido arriba. El cerebro tiene que desarmar algo que había armado. Ya lo estamos haciendo, despacito.

Alejo: -Porque se trata de un instrumento distinto a cualquiera, no hay otro igual.

La música, como dicen, es compartir, y es lo que, transversalmente, están haciendo. Si no, para qué todo esto.

Exertier: -Sí, claro. Aparte de tocar tomamos mate… Ya somos como una familia.

Lo dice en voz baja, Rubén, tal su característica comunicativa. Fuertes son sus convicciones. Tanto, que no necesita gritarlas, con tocarlas le alcanza. Nicanor y Eugenia lo miran con admiración y gratitud. Los tres comparten un poderoso motor de vida, casi que un segundo corazón: seguir investigando, y juntos, ese maravilloso misterio llamado bandoneón; regalarse el placer de chapalear infancia como chicos mientras la vida se abre y se cierra entre sus manos, para finalmente fundar en ese paraíso de notas atravesadas un hogar para los tres.

Chino Castro

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