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sábado, 06 de agosto de 2022
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Santa milonguita para entrar en la melancolía

Raúl Chillón desenvolvió sus canciones en la biblioteca Cabrera.

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Convocado por el grupo teatral Vamos de Nuevo, que tiene hogar allí, Raúl Chillón presentó sus canciones en la biblioteca Alcira Cabrera. Mayormente las de su primer disco, Cuatro caminos, que grabó hace unos años y aún gira en las plataformas digitales de audio, más algunos estrenos. Desenvolvió, más que presentar, porque sus temas parecen golosinas de un repostero artesanal que sigue sus propias fórmulas.

Anda, Buscando y Cuatro caminos abrieron la velada, en una de las noches más gélidas del año a la que dimos batalla desde el confortable salón de la biblioteca fundada hace añares por Paulino Volpe, que luce desde hace unas pocas semanas su platea con nuevas butacas.  

Las canciones de Raúl son en general milongas, pero ‘deformadas’ a su estilo, con reminiscencias de marcha camión más algunas gotas de bolero que cada tanto se hacen notar, sin llegar jamás a cooptar la obra. Por algo hay quienes dicen, lo dijo el propio trovador desde el escenario, que son canciones melancólicas o para un domingo a la tarde, pero que -acoto- por conservar una luz de esperanza no invitan a un descenso a los subsuelos anímicos de los que un Nick Drake, ponele, sería una perfecta banda de sonido. Piezas breves, netamente minimalistas y despojadas, pero de una sencillez que abriga y muchas veces enternece, con letras que hablan de la defensa del medioambiente, del lugar del individuo en un mundo hipertecnologizado y sometido a un torrente de noticias que nunca son inocentes y que, yendo de lo general a lo particular, también abren alguna puerta de su intimidad, signada por la maravilla de ser padre.

Prometo, El gaucho, El otro gaucho, Luna llena, Los dos juntitos, Pancartas y El río, son otras de las canciones del disco que desempolvó en la ocasión, su primera vez en la Cabrera y quizá en un teatro, al menos en formato solista.    

Los estrenos fueron mechados en el setlist con el material conocido, que Raúl ha tocado en los últimos tres años en escenarios locales y zonales (durante la pandemia dónde, cuándo y cómo pudo, igual que sus colegas). Son los casos de Aire (segunda vez que la interpretó) y Ventana. Bla bla bla, sin ser un estreno, no formó parte del álbum debut del creador y director de La Fábrica del Ritmo, grabado en Bolívar con Paolo Felice, del estudio El trébol rojo, y el técnico Sergio Ramírez como indispensables y eficaces laderos.

Flash y Riank, dos ‘hits’ de Raúl, esta vuelta se quedaron a descansar en ese cofrecito de canciones tan personales y con un aroma a hogar que parece hilvanarlas, que su dueño defiende y enriquece.

Se había anunciado como un recital de Raúl con amigos, y al final aparecieron: con Diego Peris, su viejo cumpa en los inolvidables Aparceros, en violín, y Maia Acosta en voz y teclado tramaron una linda versión de A la infancia, que cierra Cuatro caminos y porta el plus de ser una pieza elaborada netamente durante la pandemia, cuando los músicos se pasaban por dispositivos telefónicos sus partes y así iban cocinando la canción, paso a paso y condimento a condimento, para que siguiera la melodía. Fue una obra que Chillón escribió durante el duro invierno pasado para los artistas de la ciudad, cuando una mayoría sufrió el cese de sus talleres municipales por el recorte presupuestario dispuesto por un gobierno que requería recursos para paliar la crisis sanitaria provocada por la pandemia, medida con la que, al menos en parte, se dio marcha atrás.

Antes de A la infancia el trío ofreció Agua, que su autor introdujo con referencias a la también inolvidable inundación vernácula de 1985, aquellos oscuros meses en los que la propia naturaleza, secuestrada por intereses económicos, echó de su casa y de su historia a vecinos y vecinas que tuvieron que salir a reinventarse con el futuro echo sopa, y no para comer. Agua es hija de la película Cuerpos de agua, de Felipe Chorén, un necesario documento fílmico sobre la catástrofe. Chillón vio la obra, se conmocionó, recordó a su familia en aquél trance que empapó a nuestra sociedad (él era muy chico), se inspiró y se puso a elaborar una canción que no hace agua, sino memoria.

A salvo fue el penúltimo caramelo, al que siguió, ya como bis, el único cover de la noche.

Si Serú Girán invitaba a Salir de la melancolía en los años de la depresión general que producía la dictadura, mezclada con un miedo que tardó añares en disiparse y que, en rigor, todavía flota en resquicios del aire que respiramos todes, Raúl nos invita a experimentarla. No desde la tristeza o la resignación, sino más bien desde la contemplación y la serenidad, en una tarde de domingo lejos de la ciudad. Para mejor, nos convida a entrar un rato a pasear a través de ella en una flota de santas milonguitas.

Chino Castro

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