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viernes, 03 de diciembre de 2021
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Que siga la melodía

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Nahuel Morante (guitarra) y Belén Palacios (voz) se presentaron el sábado en Club Marta, en lo que significó el desembarco del tango en el reducto de conciertos por streaming y una tercera vez para el folclore, que ya había brillado a través de las voces de Hernán Caraballo y Sandra Santos, en anteriores recitales de este espacio que el sábado cumplirá dos meses.

Nacido al calor de la emergencia mundial por la covid-19, que ha dejado a los artistas inermes al despojarlos del trabajo, Club Marta se ha constituido en Bolívar en un soplo de libertad a la vez que un salvavidas para los músicos, que pueden tocar en vivo, reencontrarse con su público -así sea a la distancia- y recaudar un dinero. En dos meses han tenido su sitial el rock, el tango y el folclore, y el abanico seguirá abriéndose.

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Una pieza de Eduardo Martín y una que Erik Satie elaboró para el piano pero que posee su adaptación a la guitarra, fueron las elegidas por Morante para abrir el concierto, con su compañera aún fuera de la escena. Con una adecuada iluminación y buen sonido, el recital continuó con la interpretación de Adelita y Pavana, ambas del español Francisco Tárrega. Pavana con dedicatoria a su amigo Gastón. El concertista, que se formó en el Conservatorio de Pehuajó, continuó con Un día de noviembre, del cubano Leo Brouwer. La toca hace mucho y sigue conmoviéndolo, su vara personal para dejar de encarar una canción o continuar abordándola, según explicó, mientras degustaba un tinto de Se vino diferente. La firma local se sumó al Club y por 500 pesos, el público accede en cada función al sorteo de una botella (el ticket para el concierto es de 300). 

Siempre en solitario -aunque arropado tras cada tema por el puñado de aplausos del equipo de producción que se desempeña en el estudio de Bolívar TV, donde se realizan los recitales- Morante ofreció más tarde Septiembre, del argentino Máximo Pujol, a quien conoció y que iba a venir a tocar acá en la vida que teníamos antes de la pandemia. La dedicó a Lucía, una amiga pehuajense que acaba de ser madre. (Hay una versión propia de esta obra, registrada durante la cuarentena, que Morante subió a su canal de YouTube.)

 

Para cerrar el primer segmento del concierto, el también integrante del conjunto regional Guitarra Adentro interpretó el tango A media luz (con arreglo de Aníbal Arias), que de algún modo sirvió de puente para el ingreso a escena de Belén Palacios. Ella y él, ambos muy jóvenes y con excelente proyección artística, fundaron el dúo Mano a Mano a fines del año pasado, y hasta el sábado sólo habían podido presentarse en vivo en una ocasión, en febrero, en uno de los tantos patios musicales de la ciudad que la pandemia desarmó.

Nada, Como dos extraños y Naranjo en flor son los tres clásicos que recrearon a continuación. Los mareados fue dedicado a Celeste, una amiga de la cantante. Belén expresó que se imagina junto a ella en algún bar, bebiendo para olvidar alguna pena, cuando este cataclismo global que se mueve como un ofidio por fin sea un pinchazo en la memoria de los pueblos. 

Uno, otra gema de nuestra denominada música ciudadana, llegó con algunas acotaciones jugosas del dúo: en principio Belén confesó que siente a este tango “hasta en los huesos”, y luego Nahuel recordó que Mariano Mores le entregó una música a Discépolo para que hiciera algo, y recién tres años después, cuando el músico ya había terminado por convencerse de que a su cumpa no le interesaba el material, Discepolín apareció con la letra que terminó de dar forma a una pieza siempre vigente.

Nostalgias, de Cobián y Cadícamo, fue la escogida para cerrar el pasaje tangos. Otro clásico que sabemos todes, hasta lxs recién nacides, aunque no nos interese el género. En ese sentido, un repertorio que fue a lo seguro.

El encuentro entre Luis Alberto Spinetta y el Cuchi Leguizamón, un abrazo de Yatasto de la música argentina, no fructificó en canciones pero sí en afecto: fue en 1990, cuando coincidieron en un estudio de grabación, contó Nahuel. Luis salió a la vereda a esperarlo cuando le avisaron que el Cuchi iría allí, y se arrodilló al verlo llegar, entre raros acordes celestes que sólo él habrá visto. “Dejate de joder, parate”, retribuyó con cariño el pianista, barriendo la incipiente solemnidad que podría haber anquilosado el momento. Como una suerte de homenaje para ambos, aunque no lo haya presentado de ese modo, el dúo ofreció Barro tal vez, acaso la única zamba más o menos ‘derecha’ del rockero y siempre ‘atravesado’ Flaco, y La pomeña, del también genial compositor de origen salteño.

Fue el final de otra linda noche en Marta, condimentada con la lectura de mensajes  que el público enviaba a través del chat, menester a cargo de Pato Arbe y Emiliana Ron, del Club. Un condimento que por un lado aporta cobijo a los artistas, huérfanos del calor del público ‘in the face’, y por otro quizá corte el clima intimista que convendría proteger para que todo alcanzara los ribetes emotivos que lo coronarían.

Si lo protocolos sanitarios locales lo siguen habilitando, el sábado que viene estallarán en escena Pablo Bríguez y su hija Jazmín, y la música continuará sonando al menos hasta octubre inclusive, según la agenda anunciada por los organizadores de un espacio que, además de conciertos, incluye una cuidada página web con una galería de pinturas y otras ventanas. 

 

Más que cumplir, el sábado Club Marta celebrará dos meses. Porque es para celebrar que en medio de tanta angustia, muerte, desconcierto y reducción/mutilación de la vida en general, no sólo en términos económicos y sanitarios (aunque la enfermedad de la humanidad le haya dado un respiro al medioambiente), la música continúe haciendo titilar su luz que hoy más que nunca es alimento. Como pide el ya citado Spinetta en su hermosa No te busques ya en el umbral: y que siga la melodía. Es que, parafraseando esa letra con la que Luis abrió los ochenta al frente de Jade, perdidos en el mundo nuestro ser nos duele al fin, pero aún tenemos la música, que es como decir que aún tenemos la vida.  

Chino Castro

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