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miércoles, 03 de agosto de 2022
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Proyectaron Ni héroe ni traidor, otra aproximación a nuestra guerra

En el Avenida, con una mayoría de público joven.

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Ni héroe ni traidor, de Nicolás Savignone, fue proyectada el miércoles en el Cine Avenida, con un buen marco de público que luego participó de un intercambio con el director, presente en la sala para acompañar una obra que volvió a ser emitida ayer por la mañana en una función para escuelas, y que también se exhibirá en la unidad penal de Urdampilleta ya que forma parte del programa de Cine en Cárceles, del INCAA.

La película plantea otra aproximación a la guerra de Malvinas, de la que se están cumpliendo cuarenta años, y que a su modo sigue repercutiendo en el presente al influir decisiones y conductas de la sociedad actual, como planteó el director el martes en charla telefónica con el diario.

Por ser toda guerra una herida abierta, las esquirlas de aquellas bombas y cañonazos que cayeron en nuestro helado sur hace ya tanto tiempo siguen clavándose en el presente, aunque no las veamos.

Ni héroe ni traidor no juzga ni subraya, sino que hace acaso lo más difícil: mostrar, y se advierten durante poco más de una hora de filmación las diferentes posturas que hubo acerca de la contienda bélica en las diferentes generaciones; las más chicas, que sin elegirlo ni estar preparadas fueron las que tuvieron que protagonizar el conflicto, cruzadas por las pecas de la inocencia típicas del final de la adolescencia; las más grandes, atravesadas por sus experiencias de vida y sus posicionamientos ideológicos.

Cabe aclarar que la obra se centra en la hora previa a la guerra propiamente dicha, es decir que transcurre en aquellos primeros días de abril en que la vida de los argentinos y argentinas se llenaba de una nueva oscuridad, en medio aún de una gran incertidumbre sobre lo que significaría ir al choque contra el ejército británico, que se llegó a creer que no vendría.

En un lugar cualquiera, que podría ser Bolívar, un pibe bien común de los que transitan nuestras calles, que toca el bajo y no sabe qué hará de su futuro tras la secundaria, es convocado a Malvinas, lo mismo que esos amigos con los que creció jugando a la pelota y yendo a cazar patos, ajenos a todo avatar político en un contexto de dictadura que, con tal de pervivir, recurría a cualquier cosa.

La película empieza allí a desplegar una suerte de mosaico social en el que se verán reflejadas las diferentes reacciones que despertó la declaración de la guerra: el miedo, la rabia, la impotencia, pero también el patrioterismo de quienes sentían orgullo de salir a recuperar lo nuestro (por algo hubo una plaza llena para vivar la decisión de Galtieri, el dictador de turno).

La obra cuenta con un elenco potente, que hace que todo sea más llevadero: Juan Grandinetti, el pibe que es centro de la historia; Rafael Spregelburd e Inés Estévez, como sus padres; el siempre entrañable ‘Tito’ Bidonde como su abuelo, un hombre que peleó en la guerra civil española (“yo luché convencido”, afirma en una de las líneas más conmovedoras del relato, como marcando la diferencia con los chicos de nuestra guerra, desideologizados y obligados a pelear por milicos que no embarraron sus botas), y también los adolescentes que componen los personajes de sus amigos.

Aporta su solvencia habitual Fabián Arenillas, como el padre de uno de los amigos del protagonista, un hombre vinculado a militares y afecto a las armas. Tras la función tuvo lugar el intercambio con el director, protagonizado por una mayoría de pibas y pibes bolivarenses que conformaron la platea y que ni habían nacido cuando la guerra, pero que están ávidos de saber de qué se trató y todavía se trata.

Chino Castro

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