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jueves, 18 de abril de 2024
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San Carlos de Bolívar

Por la avenida de los sueños posibles

Marzo marca un ritual anual con la despedida de estudiantes que se van a las grandes ciudades universitarias.

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Hay calles y avenidas de esta ciudad que, una vez al año y casi siempre en Marzo, se transforman en las rutas de la nostalgia. Presagian y cumplen con un ritual tristón pero a la vez esperanzador, que mezcla lágrimas con sonrisas y angustias sinceras y profundas con orgullo, ese orgullo que nace siempre de saber que las apuestas a futuro tienen valor, son necesarias y, finalmente, casi todas exitosas.

Son las calles y avenidas que se llevan a nuestros chicos a los centros de estudios de las grandes ciudades y que, casi siempre en Marzo, dejan despobladas habitaciones hasta hace poquito infantiles, que pasaron como un soplo por la contención de la adolescencia e, irremediablemente, quedarán vacías.

Esos chicos, los nuestros, los de aquí, pasarán a revistar en la categoría “estudiantes de interior” apenas pongan pie, supongamos, en La Plata o Buenos Aires. Llevarán el sello simplemente en la manera de hablar, de gesticular, en la de intentar integrarse a un mundo nuevo. Serán los que le seguirán diciendo “masitas” a las galletitas y “chuletas” a uno de nuestros cortes de carne favoritos, los que tienen agendado como “mamá cel” el número de la vieja, heroína a mano para la solución inmediata de grandes problemas. También son los que llegarán a esos destinos con el alma abierta, inmensamente puros, desconociendo egoísmos y dispuestos a compartir lo poco que llevan consigo.

Por eso cada mes de Marzo los rituales se repiten. En los hogares donde hay chicos que se van, ya hace tiempo que comenzaron los preparativos. Alquilar departamento, casi siempre compartido para ahorrar gastos en épocas de vacas flacas, conseguir el colchón que le garantice el mejor descanso, proveer a ese departamento de los elementos mínimos necesarios y, finalmente, provocar la mudanza.

Al final de la calle que los lleva a lo que está por venir quedaremos los viejos esperándolos. Los queremos convertidos en buenos profesionales y especialmente en hombres y mujeres formados para enfrentar lo que venga y hacerse cargo del futuro de todos.

Sabemos que pasarán por momentos difíciles. Tendrán que soportar tragos amargos, porque la vida misma es así, una especie de montaña rusa que agobia en la caída, emociona en el ascenso y nos mantiene muy pocos segundo en la cúspide. Lo aprenderán a medida que vivan su nueva vida. Pero deben saber que cosecharán amigos para siempre, y que, al final del recorrido, provocarán una suerte de admiración, la que siempre generan los “estudiantes del interior”. Nosotros, los bolivarenses, ya estamos orgullosos de ellos.

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