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jueves, 08 de diciembre de 2022
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Piedra libre para mis bandas eternas

A propósito de la charla de Fernando Samalea mañana.

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Litto Nebbia, Jaf (dos veces), David Lebón, Miguel Zavaleta (dos veces, una como Suéter, ambas prendido fuego), De Bueyes, Mancha de Rolando, Pier, Botafogo (había venido por primera vez en marzo 2005, un páramo en materia de rock acá), Guasones, Jóvenes Pordioseros, Estelares, Richard Coleman, Virus, Nito Mestre, la movediza Fabiana Cantilo, el angélico Raúl Porchetto, Baltasar Comotto (dos veces) y siguen las firmas, son las bandas y solistas que desde agosto de 2010 hasta 2013, redondeando, tocaron en La Vizcaína, en la gran mayoría de los casos por gestión de la productora Sentimiento Incontrolable, del bolivarense Alfredo ‘Fredy’ Álvarez. Un botín.

Es decir que hubo un tiempo que fue hermoso, y fue rockero de verdad. Sacábamos todos nuestros sueños del placard del nunca jamás. Un período inigualado, que ocurrió hace muy poco pero que, por oler a irrepetible, parece lejanísimo. Esta especie de milagro floreció en Bolívar, un pueblo poco afecto al rock según se ha dicho siempre y comprobado casi siempre (que hubo chance). No pasó ni antes ni después. Todos los demás, geniales y todo algunos de ellos según la inflamada subjetividad de las redes sociales, han sido sorbos de ‘champú’ en un huracán de sed. Al punto que a algunos de esos recitales no íbamos, porque total, sabíamos que muy pronto, quizá el sábado siguiente, desembarcaría otro grosso en el escenario de nuestro boliche amigo. Poco después, como coronando, sin anuncio, el luminoso período, la inesperada ‘era rock en Bolívar’, tocaron Charly García, Las Pelotas, Palo Pandolfo, Frenkel, Juanse y Fito Páez, en épocas de Bucca intendente. Fue la única vez que nuestro estado municipal se calzó, quizá para ver qué onda, porque le duró menos que la pasión por los almendros de Sardiña, el atuendo rockero, poco importa sin con más oportunismo que convicción. Ningún fuego de artificio ahí.

Otro tema es la repercusión que tuvieron esos conciertos: curiosamente, y con entradas accesibles, casi nunca llenaron nuestro querido bar de la esquina, que intentaba e intentaba con más enjundia que plan, como esos boxeadores que salen a ‘cazar’ al rival pero exponiéndose demasiado.

En ocasiones, y aunque parezca insólito o directamente lo sea, faltó difusión de una Vizcaína boleada, que no arrojaba señales de tener claro lo que poseía entre manos.

El ‘pato’ más caro lo pagó Richard Coleman, uno a la naranja, con un brandy ‘careli’ y todos los chiches: no pegaron ni un cartel en la puerta, y el pobre de Ricardo, todo peinado y en flamígera camisa de corredor de Nascar, tocó para diecisiete contando los del boliche, en su primer recital como solista y turbado por unos nervios que domó a puro talento vocal y guitarrero. Aunque la mayoría de las fechas no fue que la gente no estuvo enterada, sino que no le interesó. Y sí, en Bolívar puede pasar que concurran sólo cien personas a ver al célebre David Lebón. Capaz que si tocaba el domingo durante la vetusta ‘vuelta a perro’, bajo una de las otrora polémicas ‘pajareras’, al menos lo veían desde los coches y le tiraban alguna palma o corito, esas motos que van a miiiiiiil…

Este inédito desembarco de los grandes del rock argentino se desplegó hace ya más de una década, cuando en la ciudad comenzaba a germinar una movida rockera que, aún con pocos sitios donde expresarse y dónde hay un mango, viejo Gómez, ha formado estructura.

Sin que ese efervescente desarrollo artístico lugareño haya tenido un correlato en el crecimiento de público, un imperativo que apena titila entre el monocorde gris de nuestro statu quo. Últimamente, sucede también con el teatro y el cine: hay ya unos siete grupos teatrales en la ciudad y unxs cinco cineastas en actividad, pero las caras que dan marco a sus presentaciones vienen siendo más o menos las mismas hace añares, no hay una incorporación acorde a semejante productividad. Todo, regido por una cierta lógica de gueto, lo que explicaría semejante proliferación de ‘sellos’ artísticos en una población de menos de cuarenta mil almas, como si todes quisieran ponerse a hacer algo sin mayor interés por lo que se hace alrededor. (Lo que parece ser buenísimo quizá no necesariamente lo sea.) Pero todo este ‘guiso’ va en otro ‘plato’, y hondo, claro que sí.

Con los años, y por diferentes factores, el citado desembarco cesó, y volvimos a ser una isla en la que cada tanto aterriza alguien, últimamente de la mano de la productora Cable a tierra, que, si nos atenemos a las declaraciones de su factótum, la ahincada Daniela López, rema en dulce de leche, y repostero, más cerca de arrojarse la toalla ella sola que de seguir peleando. Y acá la pandemia tiene poco que ver.

Tampoco ha sido un ‘tomar la posta’ ni -menos- un fusionar fuerzas, Bolívar nunca fue proclive a colectivismos, asociaciones cooperativas ni horizontalidades (será porque vivimos en una planicie que todes quieren ser caciques, aunque reventemos de coordinadores/as que jamás se sabrá exactamente qué cuernos hacen): ni en el periodismo, la albañilería & plomería, el arte, el comercio, la organización de espectáculos deportivos o culturales ni, como dolorosamente estamos viendo, la política, que, de tanto doblarse, parece que ya no va a quebrarse jamás, y hablo de boinas de todos los colores. Somos un pueblo chico con infierno grande y una pléyade de enemigos íntimos, todes tenemos uno y a la vez lo somos de alguien. Si vamos a ser buenos entre nosotres, deberíamos admitir que lo usual cuando alguien organiza algo (y anda mucha gente organizando), es que su colega se siente a esperar… miguelitos en mano. O será un mal argentino, no vamos a creernos tan especiales. Pero sería tópico para otra columna, y si cayera un sociólogo tanto mejor.

Aunque venga a brindar una charla, no a tocar, más en su faceta de escritor que de músico, el caso es que con la llegada del ilustre baterista Fernando Samalea, Sentimiento Incontrolable y Fredy Álvarez vuelven a encender el motor de la producción de espectáculos en la ciudad. Desde la a menudo excluyente perspectiva económica no parece un tiempo óptimo para un relanzamiento, pero por qué mutilarnos el sueño de que la visita del eterno baterista de Charly opere como puntapié inicial para situar a Bolívar como una suerte de polo rockero regional, que eso fue, sin que nos diéramos cuenta ni lo valoráramos nunca en su justa dimensión, entre 2010 y 2013, del brazo con Olavarría, Tandil y Azul. No del calzado, con tanta soja alrededor jamás de la industria, sí del rock. Y ojalá que siguiera la melodía. Vos me dirás, curtide lectore o por qué no pibi que aún sueñas con tréboles de cuatro hojas, y eso con qué se come, pero ese también, por tercera vez hoy, y ya no será la vencida, es otro tema.

Samalea charlará informalmente con el público mañana viernes en el Salón de Cultura municipal, a las 20, con entrada gratis.

Chino Castro.

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