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miércoles, 03 de agosto de 2022
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Pequeños demonios azules, un gran banquete teatral

Redonda segunda función del espectáculo de La Barraca.

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Con una redondita segunda función, La Barraca completó el domingo el primer finde de Pequeños demonios azules, de José María Alabart, inspirado en obras breves de Tennessee Williams y con dirección general de Ana Laura Maringer.

Fue en El Mangrullo, donde la compañía teatral está ofreciendo este espectáculo en el que tras un proceso de investigación artística trabajó largos meses, en dos etapas por el paratea la juntada social que impuso la pandemia.

Las piezas en cuestión son La marquesa del Detebencil (de LarkspurLotion en el original de Tennessee), La habitación oscura, Háblame como la lluvia y No puedo imaginar el mañana. Transcurren en un oscuro conventillo de Dock Sud, en la convulsionada Argentina de 1976 con mucho fogonazo y poca luz. Pero lo que a priori podría proyectarse inconexo adquiere un vínculo profundo dado por el prólogo, el interludio y el epílogo, segmentos que protagoniza Alabart en el papel de Don Tomás, una suerte de relator de los sucesos que ahí ocurren y también un huésped de esos húmedos cuartos que comparte con una prostituta que miente ser una mujer de alcurnia, un borracho que ensaya algún último ademán de dignidad, un escritor fracasado que, más como acto reflejo o de supervivencia que por convicción, intenta tejer grandezas que no pasan del primer hilván, una mujer enferma en romance con un pusilánime que se refugia en la rutina por temor a ser, y una pareja joven con sus sueños astilladosque termina chupada por la policía. En el interludio y el epílogo irrumpe la señora Gauna (Patricia Galaz), la regenta del conventillo, una mujer aturdida de prejuicios y lugares comunes y ‘buchona’ de la policía, más interesada en echar a todos (“esto está lleno de putos, comunistas, vagos, borrachos y drogadictos” es su invectiva favorita, ¿te suena?, una retahíla a la que hoy anexaría la “acusación” de kirchneristas) que en cobrar la renta de cuartos atestados de cucarachas.

La puesta recrea con eficacia la atmósfera opresiva, casi claustrofóbica, que se enseñorea en ese conventillo de difusas fronteras internas, como si en cada cuarto no cupiera más que desgracia: unos pocos vetustos muebles, algún camastro desvencijado y muy poca luz, más decorando rostros y gestos desesperados que iluminando ‘para que se vea’.

La banda de sonido armoniza con los demás elementos. Suenan canciones de Gabo Ferro, y también temas o fragmentos cantados por el propio elenco, con líneas poéticas que no acentúan un drama per sé espeso, sino que lo perfuman, o acaso desnudan.  

Las actuaciones son de muy buenas a soberbias, en un nivel parejo tal como declamó que es su propósito a esta altura de su carrera José María Alabart, uno más y no la locomotora que tracciona el tren. Cabría esperar que fueran el ‘Mono’ y siete más, pero no: son ocho los ‘monos’ y te golean, a puro funcionamiento y sin un 9, como el Manchester City de Pep. En este contorno, es de ponderar el uso de los recursos corporales de actrices y actores, lo que carga el relato de una hondura poética y, si cabe, una credibilidad, que va de la mano con los parlamentos de cada quien. Así, hasta un final que corona ciento ochenta minutos de un recorridoque nos se hace largo o chicloso (por lo común las obras de teatro son más breves), por el fluir de esos cuatro pétalos del trébol teatral cohesionados por los personajes de Alabart y Galaz, y por los matices del relato, dentro de un tono ocre signado por la desesperación de perdedores que no tienen ya presente, y mucho menos futuro(o escape),salvo que uno apele a aquella sentencia de Miguel Hernández a la que le ponía músculo el‘Nano’ Serrat, y que podría ser más eficaz que parvas de libros de autoayuda: ‘Aún tengo la vida…’. Seres mustios que sobreviven como si supieran que no existe la redención, como si el encanto fuera una capa de sedaque extraviaron en alguna plaza de la infancia.

Aparecen referencias a la Argentina de entonces, pinceladas relativas a un clivaje social que tristemente mantiene vigencia, pero sin abrumar, que ya todes sabemos todo y no hay ya máscaras que se sostengan en ningún rostro, políticamente hablando.

No puedo imaginar el mañana, con Carla Gentile y Leandro Galaz, es la más lograda de las cuatro piezas, una suerte de núcleo del espectáculo al hablar del amor, la frustración, el miedo, la rabia, la impotencia, los sentimientos que subyacen durante el trayecto de Pequeños demonios. El drama allí representado conmueve y revela lo frágil del amor y lo fácil de esconderse en la rutina para no arriesgarse a volar, que en este caso sería (intentar) vivir. La pareja despliega tal nivel de intensidad y de ternura que hace vibrar ese diapasón que todes llevamos en el alma, si es que aún estamos vivos.

Pequeños demonios azules es protagonizado por los ya mencionados/as, más PederneraMelina Cardoso, Anneris Escalada, Federico Ron y Andrea Gallo, distribuides en cuatro estructuras que dirigen,tres,Alabart y una, No puedo imaginar el mañana, Ana Laura Maringer, la dire general.Todes desempeñan su rol con solvencia, un andamiaje dentro del cual Alabart, Gentile y Leandro Galaz (sobre todo en No puedo imaginar el mañana, porque ambos actúan en dos obras) pican altísimo, con performances que seguramente son de las mejores que han logrado.

La próxima función será el sábado, a las 20.30, en El Mangrullo, con entradas a 700 pesos.

(La foto es del Facebook de La Barraca.)

Chino Castro 

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