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viernes, 19 de abril de 2024
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Ochenta años y una bandada de mariposas para siempre

Fattoruso-Barrocas ‘la rompieron’ en El Mangrullo.

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Ha Dúo, proyecto del célebre Hugo Fattoruso y la percusionista Albana Barrocas, regaló en domingo en El Mangrullo una sólida y sabia performance. El ex Los Shakers ha vuelto a la ruta para celebrar sus ochenta años, y el de Bolívar fue el concierto 1 del tramo argentino de esta gira. El recital 198 de Ha Dúo, según especificó el propio pianista, acordeonista, cantante y compositor.

Con el instrumental Desterrado, el ‘Hugo’ rompió el fuego. Despacito, con esa cadencia que lo representa, tan uruguaya. Sin estridencias pero llenando la atmósfera de sutileza con su presencia menuda y su toque mayúsculo. Más que romper el silencio, debería decirse que se metió en él y lo empezó a modelar. Enseguida ingresó Albana, una exquisita percusionista que toca con prestancia el cajón, la pandereta y una batería minimalista, de impronta rockabillesca. Con elementos percusivos en sus tobillos, casi al modo de una ‘mujer bomba’ pero con amor en vez de odio.

Un punto alto de esta primera parte fue la versión del Tango gitano, con ella en pandereta.

En el teatro hacía frío, un lugar tan piola como la sala “Adela ‘Bety’ López requiere algún sistema de calefacción que conforte a todo el mundo, incluso a lxs ‘team verano’. Sin embargo, con el calor que bajaba del escenario era suficiente para abrigar a un público bolivarense y de la zona que respondió en muy buena forma al segundo convite del año de Cable a Tierra, si bien la sala no lució completa.

Una música bien rítmica la del ‘Hugo’, con el alma hundida en el candombe y un baño de jazz que le da un toque sofisticado sin dejar afuera a nadie. Un repertorio desconocido para una mayoría de los presentes, ningún hit, ni una que sepamos todes. Nada que impidiera a nadie conectar sin esfuerzo con esta música que se parece bastante a lo que llevamos en el corazón, por algo somos vecinos de este ‘barrio’ del mundo.

En la continuidad del concierto, entre otras sonaron Afro Express, Al Compás del Vals y 19 Capitales, otra vez con Albana en rendidora pandereta. Un par de perlas con Fattoruso en acordeón, el instrumento que redescubrió a partir de la convocatoria de su coterráneo Jaime Roos. Fue el segmento del recital que destinó a rescatar un puñado de piezas de Acorde on y Recorriendo Uruguay, los dos álbumes que grabó en su etapa de re enamoramiento de ese instrumento, uno de los primeros que lo deslumbraron en su largo peregrinar como músico.

Cuando pasó del piano al acordeón, y se ubicó de pie adelante, casi al borde del escenario, en empática conexión con Albana, se vivieron los momentos más emotivos de un espectáculo que atesoraremos en el corazón. Porque resulta conmovedor ver en escena a Hugo Fattoruso, uno de los más grandes instrumentistas del mundo, con sus ochenta jóvenes años y una vitalidad, frescura y digitación que son de temer porque encima ‘tiran’ juntas. Seguramente porque no sólo ama lo que hace, sino que hace lo que ama, un plan que sabe a perfecto, y por lo tanto inagotable. Como para provocar la envidia de cualquier pibe que empieza y bien podría/debería tomarlo de modelo. Con y junto a Albana, que da la talla sin despeinarse, encendiendo el fuego cuando hace falta, tendiendo el mantel y bajando las persianas cuando pide calma la canción.

Después de Campestre, siempre con el ‘Hugo’ en acordeón y Barrocas en cajón, florecieron los bises. Un segmento que introdujo con una deliciosa anécdota de la tarde en París en la que casi se queda sin ver a Femi Kuti, el hijo de su héroe Fela Kuti. El uruguayo estaba en la ciudad luz como pianista de Chico Buarque (tomá qué amigos) para participar de un festival mundial en el que también tocaría el artista africano. Cuando tras una odisea que incluyó el atascamiento del ómnibus logró ingresar al show, Cuti dijo ”adiós, muchas gracias”. “Bueno, al menos irá a haber un bis”, pensó un optimista Fatto. Y hubo tres, claro que con un detalle: ese segmento, nutrido sólo por tres piezas, duró… ¡una hora cuarenta! “Y, es África, tienen otra concepción del tiempo, es otro reloj”, comparó Hugo, que de la mano de su socia regaló también tres yapas, de una duración total de tres minutos, con las que rindió homenaje a tres próceres que Uruguay regaló al continente: Pintín Castellanos, Alberto Mastra y José Carbajal, el Sabalero.

A la hora de agradecer, el ilustre visitante mencionó a la hacedora de este festín, la productora Dani López, de Cable a Tierra, encargada de encender las hornallas, y a Javier Celoria, un todoterreno de su staff, que tanto le prepara el mate como maneja la combi. El sonido, impecable, estuvo a cargo de Hernán Moura-Sergio Ramírez, y la iluminación, de Enrique Carlos Vázquez, de El Mangrullo.

Fue una hora veinte de espectáculo, una burbuja en el tiempo como debería ser todo concierto si las cosas salieron bien. Uno de los inventores del candombe beat irrumpió en escena solito y a tranco tranca a las 21.15, tras la performance de Rafa Doorish y Raúl Chillón (ver aparte), invitados para hacerle el aguante. Una hora veinte destinada a perdurar, y, como todas las cosas imperecederas, que curiosamente suelen ser intangibles, ir borrando sus límites y esparciéndose como caramelos en la memoria emotiva de quienes fuimos partícipes, que lo contaremos a los que vengan con la genuina alegría de lo verdadero.

Chino Castro

Rafa Rafa que algo queda

Raúl Chillón y Rafael Doorish ensamblaron un recital joyita para esperar a Hugo Fattoruso, el domingo en El Mangrullo (ver nota principal aparte).

En guitarras y voces, dos de nuestros cantautores más interesantes apelaron a composiciones propias, tres de Rafa y dos del ‘Raulo’, para nutrir una breve pero sustanciosa presentación, en la que deslizaron pistas de que bien podrían largarse como dúo para salir a dar vueltas por ahí (por el universo, diría el ambicioso Cerati).

Hubo dos estrenos, y correspondieron a composiciones de Rafa: 1986 y Crol (con Chillón en cajón), en las que el urdampilletense vuelve a exhibir otro salto evolutivo en su andar como artista. Ambas serán parte del segundo disco de Doorish, que ya está cocinándose en esa Urdampilleta que para él es Urdampilandia, por todos los sueños que trama desde allí.

De Raúl tocaron Claridad y, antes, Agua, sensible artesanía musical que evoca la inundación bolivarense de 1985, aquella tragedia que corrió de casa a su familia junto a tanta gente que quedó en pampa y cielo (y agua no justamente para beber).

Ambos cantaron, tocaron y armaron armonías vocales en función de las canciones, para imprimir matices y profundidad. Tejieron el recital, en el mejor sentido de esa palabra.

El cierre fue con Batán, también de Rafa y con Raúl en bombo.

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