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viernes, 28 de enero de 2022
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Así como cuando se habla del tránsito no se piensa en el peatón, que no carga combustible, no choca, no evade radares, no paga seguros ni viaja, cuando se habla de economía, de los distintos rubros comerciales y de servicios afectados por tener que cerrar o aliviados si pueden reabrir, la perspectiva general jamás incluye al empleado que vive de un salario.
El que como fuerza de trabajo y negociación laboral sólo tiene su cuerpo, vale muy poco en un sistema capitalista que cosifica hasta a la poesía, le carga peso en las alas para controlar su vuelo, un dron para esquematizarla y le exige resultados igual que al sufrido técnico de Deportivo Riestra. (¿A nadie se le ha ocurrido aún citar a indagatoria a algún poema, o acusarlo de ‘desfalco emocional’ porque prometió algo que no se cumplió, como si cupiera agarrárselas con el amor cuando la persona de tus sueños no se enamora de vos? ¿Bonadío vive?)
Dirán que el empleado sólo podrá cobrar si el boliche abre, pero Pichetto también dice que sin empresas no habría trabajadores, ¿se entiende?
Lo más poético que tiene el capitalismo es la burbuja financiera, pero no son pompas de jabón sino fúnebres.

Al revés que en la letra de Eladia Blázquez, tenemos el corazón mirando al norte, por eso tendemos a creer que diez comerciantes del centro de la ciudad, con apellidos con trayectoria en la vida social del pueblo y una firma con historia son el comercio, como si no hubiera en Pompeya o Latino un almacén donde comprar más o menos lo mismo que en un supermercado de avenida. Más aún, si quienes irrumpieron en modo ‘hooligan’ en el municipio en diciembre para clamar por su derecho a trabajar, reivindicar la Constitución y salvar a las instituciones hubiesen sido cuatro bolicheros de barrios periféricos sólo conocidos por sus respectivas madres y alguna doña a la que le fían el fresco y batata, los que elogiaron su accionar o no dijeron ni mosca le hubiesen achacado a Pisani manitos de manteca para disolver la ‘pulenteada’.

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Del mismo modo que, en el otoño de 2008, cuando lxs que no quieren que nada cambie tuvieron que enterarse de la ‘grieta’, aquel retumbante reclamo de las patronales agropecuarias que invitaba a la masiva colocación de calcomanías con la inscripción ‘Todos somos el campo’ dejaba afuera a los que andaban a pie, ya que no fue lanzada y obsequiada por la ‘mesa de enlace’ (o ‘ahorque’) una línea de camperas con ese slogan, y a los ciclistas, dando por hecho que quien luce moto grande también tiene auto o, mejor aún a los efectos de aquella demanda cuyas esquirlas aún lastiman, camioneta.
La pandemia de covid 19 ha traído muerte, dolor, incertidumbre, miedo, confusión, tristeza, enojo; hasta hay quienes se atreven a empezar a hablar del fin del mundo, pero no un cambio de perspectivas.

Chino Castro

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