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lunes, 26 de julio de 2021
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José María Alabart: “No hay nada más bonito que aprender”

Alabart aprovecha el parate por la Pandemia para seguir formándose.

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En tren de resignificar la situación, José María Alabart sigue eligiendo formarse para paliar el parate por la pandemia, que mantiene al teatro -al menos en Bolívar- aún fuera del ring de la realización. Pero en esencia, lo hace porque siempre lo hizo, es un puro devenir de su derrotero artístico, y en esta etapa de un modo ideal: junto a sus compañeras del grupo La Barraca. “No hay nada más bonito que aprender, pero hay gente que se niega porque quiere darle visos de utilidad”, se desmarca el actor, director y docente.

Estás cursando un seminario. Hace un año estabas haciendo otro. Es decir que aprovechás la pandemia para continuar formándote. Quizá si no hubiese habido pandemia, no habrías realizado estas capacitaciones.

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– Es verdad. No las hubiera hecho por falta de medios, porque hubiesen sido en capital federal y no hubiera tenido tiempo material, o de haberlo tenido, no hubiese podido afrontar el costo de viajar una o dos veces por semana a Buenos Aires y además pagar el seminario. No habría sido por falta de ganas sino por la cuestión de la lejanía.

Es decir que en ese punto, la pandemia te favoreció.

– Entre comillas, porque se me hace medio difícil plantearlo como un favor de la pandemia. Pero si se quiere ver así, podría serlo.

Es extraerle algún jugo a una situación tan dramática.

– Es lo que comúnmente llamamos la resignificación de la situación. A esto lo hemos hablado: al no elegir determinada cosa elegimos otra, y cuando hablo en plural es porque no estoy solo cursando estos seminarios, siempre hay gente del grupo (La Barraca) que se acopla. La forma de resignificar el qué hacemos en la pandemia fue esta, empezar a encontrar resquicios de formación.

Que es una parte fundamental del hacer teatral, me decías en la nota de hace un año: el trabajo del actor o director no consiste sólo en exhibir algo, en llevar una obra a tablas, hay todo otro trabajo, tan íntimo y silencioso que no resiste un vivo de Instagram, que tiene una importancia vital: formarse. Desde esa perspectiva, no cabría considerar un año perdido a aquel en el que no llevaste nada a escena.

– Claro, pero porque además es algo elemental: el teatro es una actividad humana, y para cualquier actividad humana te tenés que preparar, aunque no tengas que estudiar seis años en una universidad. Para ser ingeniero tenés que invertir seis años en una universidad, pero para ser carpintero no es que te levantás un día y decís ‘quiero ser carpintero”, y abrís una carpintería. Yo no podría montar una carpintería, hay una preparación mínima previa para cualquier cosa, y que en algún momento es necesario realizar. Yo lo vengo haciendo desde que empecé en el teatro, y las veces en que no lo hice fue por lo que hablábamos recién.

LA NOVENA SINFONÍA PORQUE SÍ, “PORQUE ESTÁ BUENA”

Inclusive despojándolo de la cuestión utilitaria con la que todes estamos contaminados: hacer un seminario, estudiar dentro de lo que uno ha elegido, para aprender, sin que haya ningún fin ulterior, sin decir ‘voy a aprender esto para aprovecharlo acá’.

– Es que no hay nada más bonito que aprender.

Y termina ahí.

– Claro. Pero hay gente que se niega al aprendizaje porque le quiere dar visos de utilidad, y hay cosas que por ahí no la tienen. Seguro que aprendés leyendo una novela, pero qué sé yo en términos prácticos cómo aplicar luego eso que aprendí.

Lo aplicarás sin percibirlo, hasta en la vida.

– Y sí, porque repercute en tus fibras internas. Pero enseguida aparece el ‘y pa qué quiero escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven’. Porque está buena, señor mío, nada más que por eso, no necesita más nada, escúchela porque está linda.

(Escribiendo la entrevista, el pasaje referido a la belleza de aprender sin un fin utilitario me remitió a un poema de Hugo Mujica, que remata con un: una fe que es verdadera /una fe sin esperanza. Algo así finalmente es estudiar con el único propósito de incorporar un saber, una fe sin esperanza.)

EPÍGONO MATA ARTE: EL TEMA ES “ABSORBER Y TRATAR DE SUPERARLO”

Se da la particularidad de que, desde la fundación del grupo La Barraca, no sos sólo vos el que elige la formación continua, sino también tus compañeres. A estos seminarios los han hecho y hacen varios de ustedes; pibas de una generación lejana de la tuya, con otro recorrido, están en la misma.

– Sí, bueno, porque justamente en el proceso de formación (en el Profesorado de Teatro, CePEAC) yo incentivaba a estas chicas que hoy son compañeras, a que vieran teatro acá y donde fueran, sin importar quién lo hiciera ni nada: había que ver teatro primero porque es parte de la formación, y después porque hay que ser solidarios con los demás grupos, que hacen un esfuerzo para presentar una obra y así como nos gusta que nos vengan a ver, pues vayamos también a verlos a ellos, la solidaridad es eso. Y como creo firmemente también en la formación, siempre estoy estimulándolas a que sigan formándose. No a que se formen conmigo, sino con quienes ofrecen algo que les interese. Así lo han entendido y lo están haciendo.

Tal vez el mayor triunfo de un formador sea que sus estudiantes se formen también con otros.

– Claro. El estudiante que acepta todo del maestro, sin cuestionar nada, termina siendo un epígono. Por eso hay gente que aprende la forma de hacer teatro del profesor. No aprenden una metodología sino la forma de él, entonces terminan siendo epígonos y eso está muy lejos del arte. Además, cerrarse absolutamente a lo que un maestro te puede brindar tampoco te llevará a ningún puerto. Creo que la síntesis está en aceptar, absorber como una esponja lo que te tiran, y tratar de superar eso. Ese sería no sólo el mayor logro del estudiante, sino del profesor. Creo que vamos en ese camino y me siento muy contento y orgulloso de que suceda.

Quien llegó hasta acá, el final de la nota, se preguntará de qué seminario hablamos, qué están cursando hoy.

– Uno sobre la sonoridad en el teatro de Shakespeare. Se analiza en cada clase una obra de él y se le van encontrando las cuestiones sonoras. Lo dicta Mirko Mescia, un actor y músico italiano que vivió bastante tiempo en España y hace unos cuantos años se vino para Buenos Aires. Ha hecho teatro en España, acá estudió con Augusto Fernandes y trabajó mucho con Agustín Alezzo.

Chino Castro

Polenta

¿Con qué te estás nutriendo, artísticamente? No vale decir con fideos, como respondió el bueno de Martín Caparrós en un reportaje.

– Este seminario (ver nota principal) nos obliga a leer bastante. Después, yo a Patricia Suárez la conocía de nombre, sabía de algunos compañeros que habían hecho piezas de ella pero no conocía su obra. Así que además de la que elegimos para presentar en la convocatoria del Cervantes, me puse a leer otras obras suyas, que son muy interesantes.

Hay una relectura quizá un poco más profunda de Shakespeare, que siempre es una fiesta leer a un autor de esa envergadura. Y después, estoy nutriéndome con algo de música. Conocí de una manera medio casual a una colombiana, La muchacha, que me gusta lo que hace. Tiene una canción muy linda, La sentada. Y por relaciones de amistad supe de una cantante de tango, Cintia Trigo, bastante interesante, con una visión feminista dentro del género.

Estoy también viendo algo de cine, lo poco que se puede en Netflix, y algunas cosas por YouTube. Películas viejísimas, alguna que había visto en los ochenta y no había podido ver otra vez, como Roma, ciudad abierta, de Rossellini, o una que desconocía de Pasolini, Pocilga. Y volví a ver Sacco y Vanzetti.

‘Hexágono Tennessee’, y más

¿Qué proyecta el grupo, y qué proyectás vos?

– Sigue siendo un proyecto Bodas de sangre, aunque hoy es imposible de llevar adelante porque involucra un elenco muy numeroso, doce o trece personas entre actrices y actores, más dos o tres del equipo técnico. Como veinte seríamos, es imposible hoy. Y estamos por retomar los ensayos de Pequeños demonios azules, esas seis obras breves de Tennessee Williams que estarán dirigidas por diferentes personas, con elencos más pequeños, de dos o tres integrantes. Eso sí se puede realizar, así que es nuestro proyecto más inmediato. Amén de otro, Il principessa Mafalda, de Patricia Suárez y Nahuel Giacometto, que estamos trabajando en los papeles para presentarlo en una convocatoria del Teatro Nacional Cervantes (los trabajos elegidos serán llevados a escena con el financiamiento de los convocantes). Por ahora somos ocho los participantes: Patricia Galaz, Ana Laura Maringer, Melina Cardoso, Anneris Escalada, Carla Gentile, Mariana Ron en vestuario, escenografía e iluminación, Diego Peris en la música, y yo.

Después, hay proyectos a largo plazo que están dentro de nuestra fantasía como grupo, para los que no tenemos ningún apuro: completar esta trilogía trágica rural de García Lorca, que comenzamos con Bernarda Alba, le daríamos continuidad con Bodas de Sangre y nos quedaría hacer Yerma. Pero hoy todo eso queda muy lejos.

Esto desde lo grupal. Desde lo personal sigo fantaseando con dirigir algún día una obra de Shakespeare, y con actuar y dirigir, por separado, alguna de Discépolo, pero son proyectos lejanos y que no me ponen ansioso ni me angustian de ninguna forma, sino al contrario: tenerlos ahí es un signo de vitalidad.

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