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domingo, 07 de agosto de 2022
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No es la massa, sino qué hacer con el relleno

El nuevo superministro y la premisa de aguantar.

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A ver, salvo que se crea que moderación e ímpetu transformador pueden convivir bajo una misma piel, no cabe desilusionarse con Alberto. Si se coincide en que tras el verdugo Macri sólo quedaba reinventar la Argentina, se aceptará que el ya lejano y efímero Capitán Beto no pintaba idóneo para semejante menester. Y por desgracia no hubo sorpresa: no fue Néstor, conjugado su carácter bienintencionado pero titubeante con que el contexto es otro y que la derecha mundial parece haberse quitado las lagañas para siempre. Sí era una figura conveniente para ganar esa elección, lo que, como observa el pensador Jorge Alemán y cualquiera en una esquina, ya implicaba una concesión: había que recurrir a un ‘tibio’ para recuperar el gobierno, que como sabemos hacer rato, hace rato ya no coincide con el poder. Esta coalición nació pensando en no irritar, torpe sería salir ahora a pedirle a Alberto que se arranque la chomba para que los productores vacíen sus silobolsas rechonchos de la soja de la desvergüenza. Menos cuando ya dilapidó su capital político al no haber tomado ninguna medida drástica en sus primeros meses de gestión, ese inaudito período pandémico en que su imagen positiva eclipsaba a casi cualquiera, salvo a CFK, que con mochilón y todo se las sigue rebuscando joya. Alberto ve un tablero y le pasa betún, a mal puerto por patadas voladoras.

La sorpresa sí puede ser la poca influencia de lo que representa CFK. Iluses los que creían que este gobierno se iba a parecer más a los de Néstor y Cristina que a los de Macri o la Alianza, y no hablo de intenciones o rumbos, sino de resultados en el cotidiano, lo micro. Muchos depositaron su confianza porque estaba ella, pero resulta que la indestructible reserva de memoria cercana, tibia, que ella encarna ni se nota, salvo en su faceta de lúcida analista de política nacional e internacional, más como una brillante periodista que como máxima socia de quien, según su propio diseño, (aún) porta el timón. Hay quien advierte que ni CFK, quizá la dirigente más pragmática del país allende el factor romántico con el que amasa la diferencia, podría hacer otra cosa en un escenario global así, pero resignarse a eso equivale a balearse en un rincón, y hay millones de argentinos y argentinas que no vamos a darnos ese ‘lujo’.

Y ahora sube Massa, con capa y todo; un epítome del peronismo posibilista, ¿justicialista o ajusticialista? Un derrotero lógico, masilla para pegar lo roto. Olor a Front Renovator, los noventa recargados, la cultura del aguante y a apretar los dientes. ¿¿Convocarán a ‘Bali’ para algo; le dejará la bici a Pisani?? Chocho el duhaldismo residual; exultantes los malos que hubiesen combatido a Eva, y que no digieren a Cris ni ‘blindándose’ con Omeprazol. Si Alberto era una concesión, el sonriente Sergio ya es una piedrita que no cabe en ninguna honda del kirchnerismo puro, el único del que puede esperarse algo heterogéneo, un flechazo creativo donde los mediocres apenas administran y asesinan a sorbos, con corbatita y fragancia a mundo, aún cuando algunes propios arrumben su nombre y maquillen su rostro de facciones duras en Pro de estrategias que jamás terminan de probar su capacidad resultadista. Porque como advierte Diego Latorre: una cosa es ir ganando un partido, y otra ganarlo. Y, en política, vencer es gobernar bien -para los de abajo si se trata de peronismo-; no jodan, que ganar una elección es como llevarse un primer tiempo.

Cero épica, cómo pedirla a un gobierno que se deshilacha, confinado al mísero plan de sobrevivir: el tigrense, que como buen felino sabe caer parado, arriba para salvar las papas y que la coalición no reviente, lejos de los soleados días en que prometía ordenar la vida de los argentinos. Masilla para cauterizar gobernabilidad frente a los embates de una oposición megaempresarial, judicial, política y mediática que tal vez ya ni necesite el golpe, y pueda concentrarse en su histórico sueño húmedo de proscribir a Cristina. Buitres sobrevolando nuestro cielito astillado, otra vez, con una bombillita lista para beberse nuestros recursos naturales cual una inerme chocolatada.

Bancar la gobernabilidad para qué, es la pregunta. Masilla para pegar el chasis, pero si no hay motor… Sólo tendría sentido si se estuviera a tiempo de conmover algún tablero, lo que requiere de alguna heterodoxia que no parece estar en el adn de ‘El señor de los alivios’, según la certera ironía del periodista Adrián Murano, un hombre que cada vez sueña más fuerte con ser presidente pero que en un día de máxima sensibilidad sólo llega a ver a algún comerciante céntrico que tuvo que despedir a unos empleados, ponele. Sería triste que le alcanzara con apenas calmar un rato a esos indicadores que nos han hecho creer que son la biblia de la eficiencia gubernativa, como una caja que tiene que cerrar aunque se deforme el cartón, y que al laburante de a pie ni le ‘peinan’ la aguja: el valor del dólar ilegal, el resucitado ‘riesgo país’, los mercados, con ese nombre tan poético que ya deberían cambiarse porque su verdura está podrida, y así. Puede que, en un desenlace ideal, consigan pegar el ‘chiche’ roto, pero ya no quede gente con ganas de ‘jugar’.

Y convengamos que algún margen de maniobra ha de restarles a los gobiernos populares para morder alguna batalla de esta interminable guerra cultural que seguimos perdiendo aunque seamos mayoría, allende la célebre correlación de fuerzas y el calamitoso estado del mundo, si se lo enfoca desde el ángulo de los dueños de nada o, directamente, de la sociedad global: nadie aprehendió lo frágiles que somos, la pandemia no nos extinguió de pedo pero seguimos creyéndonos el dorado ombligo de la creatura universal, más grandes, hermosos y omnipresentes que el sol.

En un momento en que, irónicamente, nuestra economía sigue creciendo, y el cuco del desempleo no asusta a nadie. ¿Entonces cómo redistribuir? Algo debería poder un gobierno no cipayo, muy a pesar de que ‘Alivioman’ no convoque a la esperanza sino a recalcular qué fue lo que votamos. Si nada se puede porque la derecha ya le colgó al mundo el cartel de ‘Remate’, para qué confiar, creer, seguir, para qué votar. Para qué arreglamos con el Fondo, dale con las preguntas. Decían que para no caernos del Globo, es decir que aún podemos estar más sonados, quizá justo lo que necesita ‘Masilla’ para encumbrarse en héroe: unos parchecitos y consuelo por un rato, pero no hablemos de cura que Francisco está por renunciar.   

Lo que sí, y ensanchemos una vez la mirada, está cada día más claro que la culpa de todo es del capitalismo, el ‘dibujo táctico’ en el que jugamos todes, incluso los que no queremos. Pero es otro tema, el gran tema, que queda siempre difuminado bajo la pertinaz nómina de urgencias que vendrían a ser los espesos árboles de un bosque que casi nadie puede (¿o quiere?) tocar.

Chino Castro

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