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domingo, 18 de julio de 2021
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Nido de viento

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Escribe: Mario Cuevas

Que recuerde, el primer tango que escuché fue ‘Gricel’. Mi padre siempre lo tenía presente, algunas veces lo silbaba, otras lo cantaba. Me llegó primero su música, al tiempo le presté atención a su letra, aunque lo que realmente me quedó grabada es esa primera línea misteriosa: “No debí pensar jamás…”, que mi padre cantaba una y otra vez. Yo era un niño y no comprendía muy bien lo que era el tango y su lírica pero había algo cautivador en esa música y en esas palabras que no comprendía.

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Al tiempo me hizo conocer su cantante preferido, Francisco Fiorentino, los años que pasaron se encargaron de enseñarme la materia completa, aunque la aprendí de adelante hacia atrás; primero los modernos, Piazzolla, Mederos, Rovira para ir retrocediendo hasta sus orígenes.

Mi padre fue un hombre de la noche, desarrolló su actividad en bares, hoteles y restaurantes, su amor por el tango le hizo ganar las amistades de muchos músicos bolivarenses, uno de ellos fue el bandoneonista Jorge Riccio. Todavía resuena en mis oídos el duende del son de su instrumento en el bar de Pellegrini 455 que atendían mi padre, mi abuelo, y yo oficiando de ‘ayudante’ y espectador de ese mundo de mayores.

Hace unos días llegó a mis manos material grabacionesde Jorge Riccio gracias a su hijo, José y su madre, Laura Isabel Cerruiz de Riccio. El sonido de su bandoneón, acompañado de Humberto ‘Cacho’ Borzillo en contrabajo, y las voces de Jorge Soria y Néstor Darino son pruebas de la historia del tango bolivarense. Un registro contiene el debut de la agrupación Bolívar Tango. Ocurrió en 1974 en el Club Racing de Olavarría. Jorge Soria, otro protagonista histórico, comentó alguna vez que les llegó la convocatoria a participar de un recital a beneficio para los damnificados de la inundación en Pehuajó.No sin apuro se formó un grupo integrado por Mario Rossi en piano y dirección, Jorge Riccio en bandoneón, Humberto Cacho Borzillo en contrabajo, y Jorge Soria y Néstor Darino como cantores. Cuando llegó el momento de la presentación el locutor preguntó cuál era el nombre del grupo, al no obtener respuesta alguna de sus integrantes, el presentador los bautizó como Bolívar Tango.

La orquesta se afianzó y tuvo una importante presencia, años después quedó en pausa debido a las muertes de Mario Rossi y Jorge Riccio. Resurgió nuevamente en 1997 cuando fueron convocados a participar en el festival Canta Bolívar.Bolívar Tango acunó también a los pianos de Manuel Sanz, Roque Lapenta y Roberto Moreno, los bandoneones de Roque Scarillo, Néstor Lopardo, Rubén Exertier y Jorge Álvarez, el bajo de Carlos Páez y el violín de Oscar Scarillo.

Jorge Riccio falleció el 2 de septiembre de 1988, tenía solo cincuenta años. Recurrimos a un texto de Miguel Ángel Gargiulopublicado en 2008 en el periódico Dos. Allí recordaban Isabel y José cómo Jorge Riccio llegó a tocar con Osvaldo Pugliese: “Estábamos cambiados para ir al baile, y vienen a buscarlo porque lo había mandado a llamar don Osvaldo Pugliese. Estaba en La Portada con sus músicos y querían escucharlo a Jorge. Resulta que cuando llegamos estaban todos sentados en semicírculo, con los instrumentos preparados y dejando un sitio para Jorge.”

Hay otras anécdotas, Leopoldo Federico había sido contratado para presentarse con su orquesta en Olavarría. Allí partieron por tren desde Buenos Aires, cuando arribaron Federico se da cuenta que su bandoneón se ‘extravió’. Alguien comenta que esa tarde tocaba en Olavarría una orquesta de Bolívar con un bandoneonista que la descosía, hacia allí fueron todos los integrantes de la orquesta a aplaudir y felicitar a Jorge Riccio, está de más apuntar que esa noche Federico tuvo en sus manos un bandoneón bolivarense.

También se hablaba del ofrecimiento de Héctor Varela para que Riccio reemplace a su primer bandoneón, pero el músico bolivarense declinó la oferta: “Nunca se quiso ir de Bolívar, su bohemia estaba acá, y en ella vivía”, declaró Isabel.

 

Che bandonéon

Bandoneón y tango son sinónimos, instrumento y género fundidos casi desde su nacimiento. Qué destino el de ese raro instrumento, nacer en un país lejano para luego anclarse en otra latitud y convertirse en el rasgo distintivo de un sentimiento que se baila.

No sabemos si alguna vez Miguel Ángel Scennaescuchó a Jorge Riccio, si así fuere estamos seguros que lo habría disfrutado. Scennafue bolivarense por adopción, médico oftalmólogo, profesor de secundaria (tengo el privilegio de haberme contado entre sus alumnos) y un prolífico autor. Entre sus títulos más relevantes citamos: ‘FORJA, una aventura argentina’ (1972); ‘Antes de Colón’ (1974); ‘Cuando murió Buenos Aires, 1871’ (1974) y ‘Los militares’ (1980).

Fue asiduo colaborador de ‘Todo es historia’, la publicación fundada por Félix Luna, y es en un ejemplar de agosto de 1974 que publicó su artículo ‘Una historia del bandoneón’.

“¿Cómo llegó el bandoneón a nuestro país? – escribió Scenna – De acuerdo a Oscar D. Zucchi, el acordeón entró en la Argentina en tiempo de Rosas y las primeras referencias datan de 1856. En cuanto a la llegada del bandoneón todo es muy confuso. Según Scenna es una tarea imposible demostrar cuál fue el primer bandoneón que llegó a estos pagos. Algunos autores afirman que Ciríaco Ortiz conservaba uno pequeño que perteneciera a su padre y aseguraba que ése había sido el primero. Otros señalan como responsable a un marinero, Bartolo ‘el brasilero’ y algunos arriesgan que el primero fue un inglés, Thomas Moore, pero todo esto sin fecha ni precisiones. Para Scenna es verosímil que durante la Guerra del Paraguay, entre 1865 y 1870, en los campamentos argentinos haya sonado por primera vez un bandoneón que perteneciera al soldado José Santa Cruz. En tiempos de paz, Santa Cruz se empleó en el Ferrocarril Oeste y en sus ratos libres seguía tocando el bandoneón.”

 

El poeta y periodista Jorge Boccanera escribió ‘Nido de viento’, un hermoso poema dedicado a DinoSaluzzi. Desde aquí lo hacemos extensivo a Jorge Riccio, Rubén Exertier, Jorge Álvarez y a todos los bandoneonistas bolivarenses que dejaron su huella musical por estos pagos.

 

Hundir las manos en la sombra,

Pequeño estuche del inmenso cielo,

Y arremangarse en la memoria

En esa caja, nido de los vientos.

 

Meter las manos en las sombras,

Tantear las vísceras del instrumento

Hasta encontrar esa bengala

Que ardía en el baldío de mi pueblo.

 

Hurgar, pulsar y resoplar

Como quien entra ciego en otro cuerpo.

Y murmurar, roncar, bramar,

El que toca este fueye toca el fuego.

 

Hay polvaredas por doquier,

Peces de nácar y unos pingos viejos,

El resoplar del arrabal

Y la nostalgia en la palabra “lejos”.

 

Meter la sombre en otra sombra

Como quien monta un animal en celo

Joyas perdidas en el fueye

Dicen que hay oro al fondo del deseo.

 

Hundir las manos en la caja,

Acariciar los muslos de un recuerdo.

El bandoneón, sus lenguas sueltas,

Sacuden el follaje del misterio.

 

El manosear, el rebuscar,

Los teclados amasan ronroneos.

Pica la piedra del cayado

El que se prueba los anillos nuevos.

 

Qué diapasón podrá afinar

Aquella carta que llegó a tiempo.

Una mujer respira cerca

Y es espiral de nieblas y secretos.

 

Tantear del colibrí su fuga,

Poner los ojos en algún “te quiero”.

Pulir la lágrima, sangrar,

Después arrodillarse ante el silencio.

 

Meter la sombra en otra sombra

Como quién monta un animal en celo

Joyas perdidas en el fueye

Dicen que hay oro al fondo del deseo. 

 

 

 

 

 

 

 

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