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domingo, 18 de julio de 2021
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Nace una flor, todos los días sale el sol, y siempre vuelve el Coro

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Después de más de un año de ausencia de los escenarios locales, el Coro Polifónico se reencontró el viernes con su fiel público lugareño para presentar el deslumbrante Andando caminos, ante un colmado auditorio de la Biblioteca Rivadavia en el que hubo que agregar ubicaciones.

La propuesta resultó novedosa en relación a lo ofrecido por el grupo en su larga historia: a un costado del escenario fue montada una barra de bar, que visitaban ex integrantes del grupo para charlar con la conductora del espectáculo, María Paz Rubio, acerca de la génesis de las canciones que el conjunto abordaba, lo que era sazonado con jugosas anécdotas sobre los compositores y las circunstancias que derivaron en esas obras. Constituyó un acierto, porque dotó de matices al espectáculo y porque los intercambios resultaron jugosos, sin adornos innecesarios ni información irrelevante, y con una calidez que convocaba a la empatía por mérito de la conductora, que imponía el tono.

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Para Chacarera de las piedras (Yupanqui), irrumpieron en escena María Verónica Acosta y Marcelo Sergio Carretero del Bueno, de Danza despierta, dos de los invitados a un concierto con muchos, lo que también aportó variedad a la propuesta básica del canto coral. Vero y Sergio respetan los moldes de la tradición, pero se toman algunas licencias que enriquecen sus performances con una gran originalidad no desprovista de la pericia técnica indispensable para no convertir a la danza en un pastiche.

La segunda canción fue Por el sur (Tejada Gómez/Pignone). ‘Y me crece un país/ de verde inmensidad’, describe la letra, como presagiando tiempos mejores. Pero la línea medular expresa que ‘te daré un país/ por encima del odio’. A eso vino el Polifónico una vez más, a darnos no un país sino una canción por encima del odio. Y bien sabemos que el mundo cabe en una canción, como nos enseñó Fito Páez, y la Argentina toda, con sus múltiples diversidades políticas, sociales y hasta geográficas, cabe en el exquisito repertorio escogido por el grupo que dirige el certero Vicente Pérez Ramos.

Poco a poco fueron sumándose los invitados, que acompañaron en pasajes del recital: Rubén Exertier en bandoneón, Sergio Ramírez en bajo (estuvo además a cargo del sonido y la iluminación), Fabricio Di Paulo en guitarra, Ángel Pereira en charango.

Andando caminos operó como una suerte de compendio de la historia del Polifónico, por eso el conjunto echó mano a páginas que han sido sus caballitos de batalla en distintas etapas del viaje. En algunos casos las presentaron en las mismas versiones que ayer, en otros, el ‘envoltorio’ fue novedoso.

Para La estrella azul, un ex integrante contó el drama que vivió su autor, Peteco Carabajal, hasta encontrarse con su hijo, en África, gracias a la ayuda que le brindó Mercedes Sosa en esos desesperantes días en los que buscaba a su estrella azul.

Para Estoy enamorado (Donato y Estéfano) se pergeñó una cálida versión, que giró en torno a las voces de Jazmín Campion y Fabián Murgades, quienes cantaron sentados a la barra del bar. Como es costumbre, otras voces solistas del conjunto traccionaron canciones, entre ellas las de César Eduardo Bríguez, Eduardo Mosquera y Antonio Mansilla, con su ya clásica y colorida intervención en el negro spiritual Java Jive (Drake y Oakland).

El ameno recorrido también hizo escala en Río de Camalotes (Corradini), Viejas promesas (Gómez y Brizuela), Zamba del nuevo día (Tejada Gómez y Cardozo Ocampo) y Penélope (Serrat), todas piezas entrañables que tatúan el corazón de los sensibles hace varias décadas. Esos inmarchitables temas que nos hacen la vida más dulce y se nos aquerencian en el alma como ocupas buenos, sin que a veces nos demos cuenta. Canciones para los días de la vida, diría Spinetta.

El Polifónico apostó a la seguro, a un repertorio que conoce y que sabe entrañable. Conformado hoy por unas veinticinco voces, una cantidad bastante menor que en otros tiempos, el conjunto volvió a sonar sólido y sutil, el sello del inquebrantable Vicente Pérez Ramos, un guerrero que no detiene jamás su marcha (perdón, vuelvo a citar a mi querido ‘Flaco’ Spinetta). Incluso sobreponiéndose a la ausencia sobre la hora de una voz ‘titular’, reemplazada con la ayudita de un coreuta hendersonense que se ‘calzó los botines’ en un santiamén.

Pero lo mejor brotaría al final, con el ‘puerto Astor’. Primero fue Llbertango, con el regreso a escena de Vero, Sergio y el bandoneón de Rubén Exertier llenando de pájaros la sala. Sin embargo, la fresa del pastel (no hubo bis), una gema fulgurante, estuvo representada por La bicicleta blanca. Desde la barra del bar, Vicente introdujo la interpretación con la anécdota de la imagen típicamente urbana, nocturna y porteña que inspiró el tema, y que le contó el propio Horacio Ferrer, autor de la letra. La pieza fue cantada por un descollante Santiago Pascuet, que tomó con prestancia el centro del escenario, con el vibrante acompañamiento de las cuerdas del Polifónico más los músicos convidados al concierto. Un cierre a toda orquesta, y que vuelen los ángeles. 

Auspiciaron la Dirección de Cultura municipal y firmas comerciales de la ciudad.

 

‘Nace una flor/ todos los días sale el sol/ de vez en cuando escuchas aquella voz’, dice la letra de Inconsciente colectivo, ese himno de la primavera democrática argentina que lleva la firma y la impronta de Charly García (fue editado en su primer disco solista, Yendo de la cama al living, de octubre de 1982). Si no te parece mal, le podríamos cambiar la última línea por un ‘de vez en cuando escuchas al Polifónico’, que por fortuna siempre vuelve, aunque sea una vez al año, ya que hay muchos hombres y mujeres de nuestro pueblo con necesidad de él, y bien sabemos que el arte también es alimento.

Chino Castro

 

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