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domingo, 10 de octubre de 2021
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Música: Te vas Alfonsina

Escribe: Mario "Chiqui" Cuevas.

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A menudo en música se habla ligeramente de clásicos, o se lo constituye en género. Pero, ¿que debe tener una canción, o una obra, para que se constituya en clásico?

Habrá que establecer ciertos parámetros que son inamovibles: valor artístico, aceptación popular, si es una canción con letra, que ésta posea una bella historia, con un buen sustento poético o literario, o en muchos casos, como en el que hoy nos compete, que la historia sea trágica y que tenga un basamento histórico o fidedigno.

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‘Alfonsina y el mar’ tiene todo eso y más. Fue compuesta por una dupla compositiva de innegable reconocimiento y talento, e integra una obra fundamental en la música popular y la interpretó nuestra voz mayor, Mercedes Sosa.

Nuestras mujeres

‘Alfonsina y el mar’ pertenece a “Mujeres Argentinas” (1969), obra con música de Ariel Ramírez y letra de Félix Luna, dedicada a ocho mujeres que hicieron historia en Argentina. La idea le surgió a Luna no mucho después de publicar su libro ‘Los caudillos’. Para el historiador, su próxima obra debía ser el homenaje que le debía a tantas mujeres, empezando por su esposa. La dupla Luna-Ramírez resolvió que no debían incluir personajes relacionados con ‘Los caudillos’, como Manuelita Rosas o la mujer del Chacho Peñaloza. Tampoco incluirían a Eva Perón, ‘una figura demasiado fuerte para una obra colectiva’, al decir de Luna.

 Los personajes de la obra en su mayoría son históricos: Juana Azurduy, Mariquita Sánchez, Guadalupe Cuenca, basada en las cartas que ésta le envía a Mariano Moreno, Rosario Vera Peñaloza, como homenaje a la maestra argentina; pero también hay historias imaginarias: en ‘Gringa chaqueña’ hay un tributo a la mujer inmigrante, luchadora y solidaria; en ‘Dorotea la cautiva’ se pinta a la mujer blanca, raptada por un malón que decide quedarse a vivir con los indios cuando la rescatan.

 Claro que la frutilla del postre es ‘Alfonsina y el mar’, canción basada en la muerte trágica y poética de la poetisa Alfonsina Storni.

“La primera mujer que elegí de la lista que me trajo Falucho fue Alfonsina – explicó Ramírez – Porque Alfonsina tiene una relación muy especial con mi familia. Mi padre fue profesor de literatura. Pero si eso no me hubiera convencido, la documentación de Luna sí lo hubiera hecho. Él me mostró una nota de ‘La Nación’ del día después de su muerte. La noticia reseñaba que todos los chicos del colegio Labardén, del que Alfonsina había sido la directora, estaban en Constitución esperando el tren que traía el ataúd. Y cuando el féretro llegó, todos los chicos agitaron sus pañuelos blancos. Eso nos impresionó mucho. Y así, me resultó muy fácil escribir la zamba. Y a Falucho también le fue fácil la letra. Estábamos motivados por esa terrible demostración de amor.”

La canción se transformó en un clásico con la cadencia de la zamba, la belleza de la letra, la soberbia interpretación de Mercedes Sosa, y el piano de Ramírez y su solo, ya histórico. Pero también parece estar presente el espíritu de Alfonsina, bailando esta hermosa zamba que ha conmovido a tantas almas sensibles aquí y en todo el mundo.

La letra de la canción está inspirada en el poema de despedida que escribió Alfonsina y que envió al diario La Nación: “Dientes de flores, confía de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme puestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados / Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame / Pónme una lámpara a la cabecera, una constelación, la que te guste, todas son buenas; bájala un poquito / Déjame sola: oyes romper los brotes, te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases para que te olvides / Gracias… Ah, un encargo, si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido…”

La cantata

El 4 de septiembre que pasó se cumplieron cien años del nacimiento de Ariel Ramírez en la ciudad de Santa Fe. Su solidez musical fue adquirida fruto de su experiencia de recorrer el país y el mundo. En 1941, aconsejado por Yupanqui, parte hacia Tucumán, Salta y Jujuy (allí compuso ‘La tristecita’, uno de sus primeros temas publicados). También estuvo radicado en Cuyo (dónde se inspiró para ‘Volveré siempre a San Juan’) y en la Mesopotamia (‘Los inundados’). A partir de 1950 comenzó a realizar viajes a Europa que terminaron de completar su costado clásico musical.

Esta solidez le permitió a Ramírez, encarar junto a Luna, la “Cantata Sudamericana” (1973) siempre acompañada por Mercedes Sosa y con el propio Ramírez en piano y un seleccionado de músicos de la época entre los que figuraban Domingo Cura, Oscar Alem y Los Arroyeños.

Huaynos, zambas, bossa nova, música toba, canción y otros ritmos acompañan las historias de las canciones de esta Cantata: el llamado a la unión sudamericana en ‘Es Sudamérica en mi voz’; el tributo a Brasil en ‘Canta tu canción’, el rescate de la cultura toba en ‘Antiguos dueños de las flechas’, vestigios de los malones y fortines con latido de malambo en ‘Pampa del sur’, Perú con ‘Acércate Cholito’, la cultura incaica en ‘Oración al sol’; además, Ramírez-Luna se hacen tiempo de rastrear a un sudamericano solitario en Nueva York.

En 1997 Ramírez grabó nuevamente estas dos obras con arreglos y dirección de Lito Vitale y con la voz de la Sosa, no Mercedes sino Patricia. (Facundo Ramírez, hijo de Ariel le había presentado a su padre esta vocalista que venía del rock y de la canción melódica, que no estaba emparentada con el folklore.)

Vamos a misa

Pero la primera gran obra de esta dupla que hizo historia es “La misa criolla”, que no contiene letras de Luna, sí el Lado B del álbum. El germen de esta misa nació en 1951 en un convento en Würzburg, a cien kilómetros de Franckfurt. En uno de sus viajes a Europa, durante su estadía en Alemania, Ramírez conoció a las hermanas Elizabeth y Regina Brückner, dos monjitas que chapurreaban el español, con quién Ramírez trabó relación en el retirado convento. Las hermanas le contaron cómo alimentaban a escondidas a prisioneros judíos de un campo de concentración alemán, dejando de noche paquetes de alimentos en un hueco de la alambrada.

“Al finalizar el relato de mis queridas protectoras – contaría Ramírez – sentí que tenía que escribir una obra, algo profundo, religioso que honrara la vida, que involucrara a las personas más allá de sus creencias, de su raza, de su color u origen. Que se refiriera al hombre, a su dignidad, al valor, a la libertad, al respeto del hombre relacionado con Dios, como su Creador.”

Una noche de septiembre de 1963 Luna estaba trabajando en la redacción de Clarín cuando recibió el llamado telefónico de Ramírez. Éste estaba componiendo una misa pero los temas litúrgicos no alcanzaban a completar el long play. Trabajaron toda la noche, Luna aconsejó que el disco debía completarse con una serie de villancicos. A esas estampas de cada uno de los momentos del nacimiento de Cristo, las titularon “Navidad Nuestra”.

“La Misa Criolla” se editó en 1964 con la dirección general de Ariel Ramírez, las voces estuvieron a cargo de Los Fronterizos, con la participación de excelsos instrumentistas: Domingo Cura y Chango Farías Gómez (percusión), Jaime Torres (charango) y Raúl Barboza (acordeón).

La ‘Negra’ Sosa se dio el gusto de grabar “La Misa Criolla” en 1999. Los arreglos estuvieron a cargo de Ricardo Hagman, Carlos López Puccio dirigió al Estudio Coral de Buenos Aires y entre los músicos intervinientes había dos ‘pibes’ que figuraban también en la grabación original: Jaime Torres y Chango Farías Gómez.

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