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sábado, 06 de marzo de 2021
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Micaela Giménez y Elena Rodríguez volvieron a La Lomada

Con obras propias y ajenas, todas imbuidas de feminismo y reivindicación de los derechos de las mujeres en un contexto donde los femicidios no cesan, pero que tampoco se privan de abrevar en el amor más puro, ese que mueve al mundo aunque suene demasiado naif en medio de una pandemia que lo primero que liquidó fue la inocencia, Micaela Giménez y Elena Rodríguez se presentaron el lunes en La Lomada. En rigor, volvieron al patio de bandas de Raúl Chillón y Romina García, donde ya han estado como dúo y también como integrantes de Las Bardeaux, colectivo de pibas muy jóvenes liderado por la impactante Santina Avendaño con el que se dieron a conocer hace unos tres años.

8M, de Micaela, en memoria de Úrsula Bahillo, otra mujer (una más) asesinada estos días, fue la canción que el dúo eligió para romper el fuego y desplegar su bandera (en el escenario fulguraba un pañuelo violeta). Más que romper el fuego, encenderlo: hacía frío pero la música calienta los corazones, y si el cuore se conforta, el cuerpo también. Ayudó, y cómo, la cantina de La Lomada, con las consabidas papas fritas rústicas servidas en cono que vienen con la entrada, y una sabrosas pizzetas rellenas de abundante queso o mostaza y cebolla.

Enseguida se sumó Sofía Pisano, en teclados, para interpretar Salvaje, otra canción de Mica (si no me equivoco). Pisano subiría y bajaría del escenario varias veces, mientras que las dos protagonistas de la noche alternarían voces y guitarras en un entramado que otorga matices a la propuesta.
A lo largo de un show de una hora, redondeando, hubo varios mash-ups: el primero, uno en el que entretejieron dos canciones de Airbag. Más adelante elaborarían otro, con Sofía en teclados, con dos páginas de Zoe Gotusso, ex líder de Salvapantallas: Cuarto creciente y La culpa.

El público fue metiéndose de a poco, a medida que el concierto avanzaba y la cantina también. En mesas a rigurosa distancia, algunos en banquetas bajo un árbol, todes cobijados por un verde natural que obviamente se disfruta más si hace calor. El recital iba a ser el viernes pero llovió. El lunes refrescó mucho, como si ya fuera otoño, pero igualmente las artistas y los organizadores cumplieron con lo anunciado ya que La Lomada tiene una agenda más apretada que Alberto (Fernández, no va a ser Pereira, de La Scala), y las noches cálidas comenzarán a escasear.

Después del primer mash-up, Giménez se quedó sola en la escena, para ofrecer su canción Florece. Tras Vámonos, de Valentín Amadeo, recurrieron a Adrián Berra, una fija en cada setlist de las chicas. Esta vez, recrearon la entrañable Un beso en la nariz, en la que el barbado cantautor que porta la antorcha del primer hippismo argentino, onda Sui, insta a pensar menos y vivir más: ‘Quién dice lo que está bien y lo que se debe/ si lo que vale es lo que uno puede/ y lo que más nos haga feliz’, expresa la motivadora letra. Con Sigue, también de Berra, armarían un mash-up más, montándola sobre el clasicazo Himno de mi corazón, de Los Abuelos de la Nada, un estreno para nadie a pesar de que el público, que colmó las instalaciones, lució conformado en su gran mayoría por pibxs muy pibxs, que ni habían nacido cuando Miguel Abuelo se fue en aquél frío marzo del ’88.

Canciones que dicen cosas envueltas en packagings entretenidos, ese es el plan del dúo, y quizá sea el más eficaz si no para dar curso al siempre vigente imperativo de cambiar el mundo, al menos para sacudir conciencias, invitar a la reflexión y, para usar un término en boga, la deconstrucción.
Luego de una de Maná, el bis resultó redondo, con una sólida versión de Lo que construimos, de Natalia Lafourcade, una suerte de bolero-reggae que habla de una despedida.

Fue todo, y fue suficiente. Mica y Ele transitan los primeros pasos de lo que quién sabe resultará un viaje artístico, y desde esa perspectiva volver a tocar en La Lomada, o en cualquiera de los patios que este verano florecen en la ciudad, les sirve para acumular experiencia, ir encontrando un estilo o manera de hacer las cosas, y también para seguir soñando.

Chino Castro

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