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Marilé, su partida y nuestro emocionado recuerdo

Falleció el martes en Bolívar.

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Ante el fallecimiento de María Elena Vázquez (Marilé), ocurrido el martes en esta ciudad, recordamos aquella nota que tuvimos el placer de efectuar a propósito del 60 aniversario de Bomberos Voluntarios de Bolívar.

Entrevistamos entonces a Marilé, por ser la esposa de Celestino Sarraúa, aquel pionero bomberil de nuestro pueblo. Nos surge claramente en la memoria un momento periodístico casi sin igual, que tuvo lugar por la personalidad de Marilé.

Nos impactó su dulzura, esa sensación de paz que emanaba de sus ojos claros y buenos, el tono de su voz, su inmensa cordialidad. Quizás alguna parte de estas sensaciones, que a veces el periodista solo guarda en su interior, haya quedado reflejada en al menos algún párrafo de ese trabajo que hoy, homenajeando su partida, nos permitimos reiterar.

Orgullosamente esposa de Celestino

Sus ojos azules se ponen mucho más intensos, luminosos, hasta diríase juveniles cuando lo recuerda. Elegante, sumamente simpática, María Elena Vázquez Sangalli, o quizás debamos decir Marilé Sarraúa para utilizar su “nombre impostor”, como ella lo define, no puede ni quiere disimular su orgullo por el esposo que le tocó en la vida: Celestino, ese curioso, inquieto hombre que aprendió a saltar en largo viendo las fotos de La Nación y se transformó en campeón y fue bombero porque la solidaridad le estallaba en el pecho.

Celestino Sarraúa fue el primer jefe del cuerpo activo de Bomberos Voluntarios de Bolívar y a su impronta, su generosidad, su espíritu, le debe este pueblo la vida misma de la entidad que formó codo a codo con su cuñado, Rogelio Busso, en cuya casona de la calle Sargento Cabral depositaron las primeras herramientas.

Celestino ya no está entre nosotros. Hubo que dejarlo ir, aunque todos los tiempos y todos los espacios del mundo necesitan de hombres como él. Se fue sabiendo que, en Bolívar, su querido pago, él se había transformado en el deportista del siglo y que también había legado una de las instituciones más prestigiosas y valoradas: Bomberos.

Por eso hablamos con Marilé, porque queríamos un recuerdo especial, una mirada amorosa como la que solamente ella puede regalar. Al fin, este trabajo periodístico es ante todo un homenaje que, en este caso, se lo tomamos prestado a la mamá de Mariano y Jorge.

“Yo no fui bombero -dice entre risas- fui boy scout, porque tuve que estar siempre lista. Siempre respeté los lugares de Tino, traté de no invadir”, dice con firmeza no exenta de dulzura y enseguida recuerda aquellos inicios de Bomberos. “No tenían nada de nada. Juntaban botellas para conseguir los primeros fondos. Yo no participé de eso porque en esa época yo trabajaba de docente en Urdampilleta y sólo venía a Bolívar los fines de semana. En realidad lo conocí a Celestino en esa época, justamente en ese año, el de la fundación de Bomberos. Primero se creó la comisión y el año siguiente se conformó el cuerpo activo. Me acuerdo muy claramente cuando llegó la primera autobomba. La bendijo el padre Luis frente a lo que era la farmacia de Larregle (la vieja casona que está en la esquina de San Martín y Lavalle).”

Marilé, un domingo del año 1962 viajaba rumbo a Urdampilleta porque el lunes debía estar al frente de sus clases. “Antes de salir de viaje vino un policía a avisarle a Tino que había un incendio. Salió rápido para juntar al resto de los bomberos y yo me subí al auto que me llevaba a Urdampilleta. Cuando llegamos a Ibarra por la ruta de tierra, al pasar el paso a nivel vimos las llamas y se sentía el olor a humo. Yo me quedé con el corazón en la boca y no pude dormir en toda esa noche. Recién al día siguiente Celestino pudo avisarme que estaba bien. Fue el incendio del Molino Río de la Plata”.

Sin embargo, Marilé le quita dramatismo a ese ya distante momento y se anima a contarnos una anécdota graciosa. “Yo le había tejido un “gordo” a Celestino, que fue el que llevó puesto para trabajar en ese incendio. Se mojó tanto que el pullover se estiró y no sirvió más. Le quedó por debajo de las rodillas”, dice al borde de la carcajada.

Ese incendio quedó grabado en la historia bolivarense por su magnitud. Quienes lo vivieron lo recuerdan como un hito, un mojón en ese especial historial. Según Marilé, allí comenzó la comunidad a darle valor a los bomberos. “La zapatería Roma les regaló botas de goma; porque hasta allí cada uno iba vestido con la ropa que tenía. Como ese día era domingo la mayoría estaban vestidos con ropa de salida. Y así fueron al incendio. Celestino y Rogelio casi no hablaron de eso. Quizás para no preocuparnos. Hay que pensar que ellos no tenían ninguna capacitación. Tino sabía cómo se apagaba un incendio en el campo y por eso fue bombero y el resto se las ingeniaba por otras razones”.

¿Qué fue lo que lo impulsó a Celestino a transformarse en bombero?

“Ese año había fallecido su padre. Celestino se queda en Bolívar para acompañar a su mamá y su hermana. Como era un inquieto y no podía quedarse adentro de la casa demasiado, aceptó la invitación de Bonatti para ser jefe de Bomberos. Así de simple”.

Por entonces ustedes todavía no se habían casado…

“No. Éramos novios. Un día había un baile en Empleados. Yo ya estaba lista para ir, cuando me mandó a avisar con un hermano que él tenía que ir a apagar un incendio en la escuela de Herrera Vegas. Cuando volvió recién fuimos al baile, porque a Tino le gustaba mucho bailar y no se lo iba a perder”; lo cuenta Marilé como resumen de las tantas veces que habrá tenido que postergar salidas o simplemente aguardar el regreso de Celestino a su casa. Como lo hace hoy cualquier familia de todos y cada uno de los bomberos en actividad”.

¿A Celestino la gente lo miraba con un respeto especial por ser bombero?

 “No, no, porque a Tino no le interesaba mucho eso. Te diría que, al principio, era más motivo de burla, indiferencia. Después, cuando la gente entendió que eran valiosos la cosa cambió”.

Usted comenzó a contarnos que juntaban botellas para conseguir dinero…

“Si, claro. Y los domingos hacían chocolate y lo vendían en el estadio. Celestino tenía un negocio en esos tiempos y allí tenía una cocina que, por supuesto, se la llevaba al estadio para calentar el chocolate”.

¿Cómo le gusta más recordar a Celestino, como atleta o como bombero?

“Como esposo, simplemente, y como papá de mis hijos. Pero las dos cosas fueron importantes”.

¿Usted se siente identificada con Bomberos?

“Por supuesto que sí, y muy especialmente porque Mariano, mi hijo mayor nació pocos años después pero el mismo día de la fundación. En el 67 compraron la casa donde hoy está el cuartel”, narra Marilé”.

También cuenta, como parte de un anecdotario extenso que tiene a  su Tino como protagonista excluyente, que el día de la firma del boleto de compraventa de su propia casa familiar, hubo que postergar el acto jurídico porque Celestino, que tenía que estampar la firma, debió concurrir a un siniestro.

Hay decenas de anécdotas más que quedarán, lamentablemente, alojadas en nuestro grabador. Es que Marilé, a esta altura de la entrevista, ya nos abrió de par en par las puertas de su corazón y nada se guarda. Nos despidió con una sonrisa tierna. Nos llevamos fotos y recortes de diarios que atesoramos celosamente, conscientes de que también llevábamos allí retazos de sensaciones y sentimientos a los que debemos ser fieles.

Se lo dijimos: creemos que Celestino tuvo su mejor premio en casa y se llamó Marilé.

VAC.

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