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sábado, 28 de enero de 2023
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Lula, la Luz de una lucha que amanece

Las elecciones de Brasil nos miran a la cara – Opinión.

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Jugaron con el mejor, y ganaron. Jugaron con el mejor, y gustaron. Fueron con Perón, no con Cafierito porque no había que irritar. Así sea con el Viejo en plan ‘león herbívoro’, tirado al centro como un zurdo por derecha y con menos margen que el poeta Fernández con el kirchnerismo puro. Así se empieza, él ya sabe.

¿Qué nos está diciendo a los argentinos el triunfo de Lula en Brasil? Mínimamente, que no todo está perdido, y eso es decirnos todo.

Nos ahogamos de tanto ‘hacer docencia’ con la correlación de fuerzas y la arrolladora irrupción de las derechas fascistas en el mundo, pero hoy resulta que en varios íspas de nuestro ‘barrio’ los proyectos populares, o de centroizquierda al lado de semejantes fachos, o simplemente democráticos, han arribado al gobierno: Colombia, Chile, México, Bolivia, ahora Brasil. ¿Y? Otra guita es si podrán gobernar, que, medido con el nivel de exigencia que no deberíamos resignar, sería transformar y no sólo ‘controlar daños’: basta de gatopardismo, en Argentina la diferencia se escribe con K.

Lula ganó 51 a 49; lo que representa la perfecta foto local de la polarización global. Concentración/terrorismo económicos, crecimiento con desigualdad -o sea sin desarrollo-, planchazos mata gambetas que siguen intentando en canchas oscuras, debate cero, barrabravas torturando razonamientos y pavoneando su estulticia, la massmedia perforando conciencias para que los saqueados legitimen el saqueo y busquen salvadores entre sus propios verdugos, derechos diluidos en el ácido de la voraz especulación financiera mundial y gruesas mayorías sumidas en la desesperación, el silencio y la extinción, lo mismo que la pacha, que cada tanto grita y alguna vez, quién sabe estamos cerca, hará tronar el escarmiento, y no hablemos del ‘reseteo’ que fue la pandemia.

Más que ayer hay que entender el mundo para entender el ‘barrio’ y ‘casa’, pero de tanto ver, ya no vemos. Nos globalizaron para golearnos. Nos matan la memoria día a día bajo una correntada de datos inútiles y a menudo falsos; esa es la verdadera guerra. Millones abatidos o ciegos de odio; demasiada gente sin swing, y demasiada otra sin sueños. Juventudes avejentadas que sólo imaginan distopías. Hace tiempo que la verdad dejó de ser un valor, y también va muriéndose la paz, en un contorno en el que ya no se cree en un propósito común que alinee y aglutine a los pueblos, con todas sus mierdas y sus desuniones, hacia un horizonte de prosperidad, o meramente un rato de supervivencia colectiva, lo que ha pasado a ser casi una aspiración de máxima. Aquel estado de bienestar hacia el que alguna vez coincidimos en marchar, porque habíamos aprendido de las Guerras, parece un reflejo en sepia de una película de domingo a la tarde que ni un viejo cansado querría ver. Hoy, la foto de Alfonsín junto a líderes peronistas bancando la parada contra la intentona golpista carapintada sería imposible, y, si nos venimos para casa, ya no habría acuerdo político para volar una ruta y parar la inundación. Tristeza de la ciudad, tristeza del país y del mundo.

Un empate signo de los tiempos, y también una diáfana lección para los que se empeñan en imposibles consensos que los dueños de la repostería del planeta viven dinamitando. De tanto intentarlo ya tienen cara de rodilla raspada, y nos hablan de esperanza con rictus de impotencia, andá a encarar el Éverest en crocs. Porque la violencia podrá envolvernos a todes como un manto que pudre el aire, pero al igual que la gran e intocable propiedad privada, tiene sus dueños y sus sacerdotes. La derecha se derechizó y limpia con la política y la democracia los caños de sus ‘fierros’. Te mata al mediodía y sin disimulo, te mira con orgullo y te dice ‘¿querés más?’. Tienen para repartir, desdeñan todo ideario y a la vez son idealistas: creen que podrán con el amor. Hoy, pretender salvar a la democracia ha quedado clavado al epitafio de lo retardatario, no calienta al piberío ni a lxs desesperadxs (aunque alguna reserva, que antes que histórica es esencialmente moral, resta, porque de otro modo no estarían ganando elecciones quienes las están ganando). Esa es la novedad, pero de tanto ver, ya no vemos. Por más chocolates que le tires, el cocodrilo sólo sabrá retribuirte tarascones, y esta no es ni siquiera una invocación a la revancha, sino a la dignidad y a comprometernos en amasar poder popular, el único pan genuino o, si se quiere ser romántico, el único por el que vale la pena luchar cada mañana en el propio vivir, sin que hagan falta estridencias ni bambolla feisbukera, involucrarse e incluso enchastrarse. Pero lo primero es no confundirse de calle, eso ya es bastante.

Sin embargo, todo lo descripto no constituye una foto sino una película, la canción sin fin de Charly García, que bien puede (debería) ser intervenida por liderazgos con pulsión transformadora, capacidad para alinear al pueblo -que come menos vidrio de lo que nos resulta cómodo creer, o fácilmente pasa al caviar cuando lo ve a mano-, coraje y creatividad para traducir en acción sus proyecciones, nuestros imposibles de ahora. (Coraje y creatividad, dos cualidades que gustan ir del brazo.) Sin desatender lo simbólico, porque el denostado relato es (casi) todo. Sin abandonar la calle para entumecernos en las redes las piernas de realizar. La única verdad es la realidad, pero primero el relato, el basamento teórico. Cuando algún proceso transformador cuajó, fue porque los líderes populares se plantaron a la izquierda de sus sociedades, no al revés. Quien muestra un camino crea una fe, y Lula puede dar fe. Ya hemos comprobado que el ‘sistema’ se moldea, aunque nadie pueda zafarse de sus barrotes en un tiempo de amargas reinvoluciones, más que de revoluciones, Lula bien puede dar fe, y nosotres también.

Chino Castro

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