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martes, 01 de junio de 2021
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Luisito Bazar: murió un amigo que ayudó a construir el futuro del Diario La Mañana

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Luis Héctor Bazar fue uno de los nuestros desde siempre, desde las épocas en que nuestro diario requería de un trabajo artesanal, esforzado, rutinario y altamente profesional. Como todo artesano, Luis y todo el equipo de aquellos años debieron utilizar la herramienta de la pasión por lo que hacían para que todo saliera bien. Eran tiempos de lingotes y tipografía de madera, de componedores y galeras, de cuadratines, clishes y pinzas tipográficas. Luisito, así le dijimos siempre y así queremos despedirlo, fue tipógrafo y armador de formas; pero eligió más tarde la Linotype, ese excepcional invento que permitió -en plena era tipográfica- dar un salto de calidad y velocidad al trabajo de edición de diarios.

Fue un gran linotipista, casi sin errores, limpio (así le llamábamos, precisamente, al que minimizaba el margen de error). Pero además comprendía hasta el último secreto de esa inmensa maquinaria que fundía plomo en un crisol eléctrico para escupirlo en letras y cuyo inventor se quitó la vida, enloquecido en un laberinto de ingeniería que, finalmente, fue exitoso.

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Pasados los años Luisito abrazó la computación. Juntos, él y yo, encaramos la más grande trasformación técnica del diario La Mañana: salir de la composición en caliente (que muy groseramente aquí describo) para abrazar el off set. Allí fuimos, juntos, a Buenos Aires a hacer los primeros cursos que existían en el año 1992 y volvimos a Bolívar con “la panacea”: la primera versión de Page Maker y la versión 2 del Corel Draw. Nadie sabía de qué hablábamos y ahora que lo pienso, quizás tampoco nosotros. Adquirimos a precio de oro una computadora XT y una impresionante, para el momento, 386. Las memorias por entonces se medían en K. Nada de megas, ni de gigas, ni de teras. Usar 125 K era como sentirse miembro de la NASA y así comenzamos a “empujar” la primera impresora láser: una HP de tamaño A4 que demoraba unos 30 minutos en cargar cada impresión.

Fueron dos años de plena transformación. De madrugadas en vela para conseguir que la nueva tecnología se adaptara a los hombres y que permitiera que el diario saliera a la calle. Lo logramos juntos, sin ser expertos en nada y gracias también a que el numeroso equipo de trabajadores de esos tiempos nos creyera y aceptara el desafío.

La muerte de Luis Bazar, para quien esto escribe, significa la desaparición de un hermano, un compañero inmejorable de trabajo, un amigo, todo eso reunido en una sola persona a la que quizás nunca le dije suficientemente gracias. Me queda la tranquilidad de saber que el afecto ha sido recíproco y eso salva de manifestaciones de agradecimiento sabidas.

Ciertamente que a partir de hoy, Luisito será solamente un recuerdo. Pero dicen que es el único remedio existente contra la desaparición plena. Si es así, sumaré por siempre mi recuerdo al propio de sus hijos, nietos y amigos. Para no dejarlo morir en serio.  

Víctor Agustín Cabreros

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