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sábado, 05 de junio de 2021
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Luis Héctor Bazar (Nene), su fallecimiento

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Escribe Alejandra Córdoba.

Una tarde en La Mañana podía empezar a las 16 y terminar quién sabía cuándo. Posiblemente cuando la HP que cuenta Víctor se dignara a tirar la media página que después había que cortar sobre esas mesas vidriadas con focos debajo, usando un cúter y una regla de metal. Las “páginas pesadas” (con muchos logos, avisos, eran el karma). En esa espera nos mezclabamos periodistas, redactores, armadores, impresores. Así sabíamos el día que estaba Jesús sin verlo, porque era más silencioso, o el Vasco porque hablaba fuerte, Américo que pasaba apurado siempre, y hasta el querido Pedro Coronel.
 
La sala computación era la gloria, allí Luis te pegaba el grito con gesto serio “métele hermano, estamos enterrados! No hacemos un vespertino!”.
 
Detrás de los teclados Luis, Hilda, Víctor, Bachi y Claudio diseñaban y armaban el diario, transformados en algo así como los más tecnológicos del mundo, lo veo ahora que escribo desde este celular, entro a mi archivo en la nube, cambio la canción que reproduce un equipo desde el teléfono.
 
Mucho de lo que sé me lo enseñó Luis. A manejar el mouse por ejemplo, sí, así como se lee, porque en la página del Page (diseño) el mouse era todo cuando nunca jamás habías usado una PC. Fue un desafío allá por jóvenes noventa ser parte de eso.
 
Luis, “el Nene” Bazar siempre tenía una anécdota para contar, o algo para pelear un poco con el Negro Merlo. Historias las más insólitas. Militante peronista recordaba que una vez en los setenta un grupo de bolivarenses acudieron a un encuentro en Buenos Aires, adónde pensaban exponer su disconformidad con Montoneros (no recuerdo los detalles, alguien tiene que haber participado junto a Luis de esto y si puede, que sume). El viaje se hizo y previendo escasez de dinero, en un bolsito, con una muda de ropa talvez, llevaron unas naranjas. Al llegar a la reunión, lejos de lo que ellos pensaban, fueron palpados de armas por militantes de Montoneros, que muy compañeros pero la mano estaba dura. Luis recordaba con risa la inocencia de ellos, pibes del interior, y contaba que mientras los requisaban alguien tomó el bolsito y gritó: granadas!!! Se hizo un silencio de esos que imagino y se escucharon soltar los seguros de las armas largas, Luis decía que le temblaban las rodillas (como cuando iba al dentista) y pensaba qué manera más pava de terminar.
 
Alguien abrió el bolso con cuidado y las granadas resultaron ser unas naranjas, que para colmo se las quitaron. “Y nos volvimos! no sabíamos lo que era una granada! Y nos íbamos a quejar de Montoneros a Montoneros!” Repetía Luis, con un dejo de desilusión de jóvenes militantes.
 
Hacer el cierre con él era reírte de cualquier cosa, saber los dichos del barrio donde a un comerciante se le “cayó la vaca en la heladera”, que era en otras palabras un ternero en el pozo con agua donde refrescaba la bebida.
 
Las noches de La Mañana eran maravillosas, porque éramos jóvenes y la vida se nos abría al andar. Y por ahí en alguna silla había una guitarra y si cuadraba, Víctor, cantaba algo a viva voz. Luis ensayaba con el Chango Rodríguez, el Negro Amaral, el Negrito

Carabajal en “Las voces del viento” y nosotros sabíamos los arreglos de escuchar una y cien veces el cassette que reproduciamos en viejo equipo.
 
En tiempos de HomeWork y pandemia, los que vimos con sorpresa la primera conexión vía módem (lentiiiiisiiiima) no pensamos nunca que el e mail iba a reemplazar el correo que llegaba a la Mesa (Redacción) y desde Administración nos juntaban en una canasta de alambre. Esa misma que Cristina con inocencia total le dijo una vez a OCC (Oscar Cabreros) “estoy contenta doctor, me llenaron la canasta”, simple y literal Cristina, sin maldad, y Oscar con gesto de padre le explicó por qué le aconsejaba usar otra expresión ante el rubor inocente de Cristina.
 
Se fue Luis. Se fue uno de los que nos enseñó a todos los que hoy somos “viejos” de ese oficio (me cuento por puro amor a esa profesión). Seguro que discutirán alguna tipografía con Pedro, intercambiarán una broma con Jesús, Oscar quizás está preocupado por la política, Cristina tal vez lea algo que de pasado le dejó Manuel Mujica Laínez, Cacho pasará a contar algo que se enteró y se sentará en la punta de la silla. No me imagino que el cielo de los gráficos sea otra cosa que un cierre eterno, pariendo cada amanecer una nueva hoja de diario, con un mate lavadísimo, un pucho, mil anécdotas, dichos, juegos de palabras que formaban un universo único, un micro mundo exclusivo.
 
Se fueron muchos, otros se jubilaron y algunos nos cambiamos de profesión mientras varios siguen. Tuvimos una diferencia con Luis, una pavada que él no supo decir y yo no fui capaz de advertir. No lo ví nunca más después que dejó el diario.
 
Lamento sincera y profundamente su partida, abrazo a sus hijos y lo recuerdo siempre con el gusto del que te enseñaba sin mezquindad lo que sabía, te hacía reír, estaba listo para ayudarte y con quién fuimos grandes compañeros.
 
No sé cómo es el cierre en tiempos de pandemia. Ustedes no saben lo lindo que fue cuando éramos muchos y estabamos todos.
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