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viernes, 24 de septiembre de 2021
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Los últimos días del Libertador. Por Julio César Ruiz

A 171 años de la muerte de José de San Martín.

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Colaboración Dr. Julio César Ruiz

José de San Martín, se instaló en Boulogne-surMer, el 16 de mayo de 1848, tras vender la casa de Grand Bourg donde nació su segunda nieta. Vivió en un hotel y luego se hospedó en la casa del abogado Alfredo A. Gerard, a cargo de la Biblioteca de Boulogne.

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Desde allì -el 11 de septiembre de 1848- le escribía al Mariscal Ramón Castilla, presidente del Perú “En el período de diez años de mi carrera pública, en diferentes mandos y estados, la política que me propuse seguir fue invariable en sólo dos puntos: a saber: no mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron en aquella época en Buenos Aires, a lo que contribuyó mi ausencia de aquella Capital, por el espacio de nueve años. El segundo punto fue el de mirar a todos los Estados americanos en que las fuerzas de mi mando penetraron, como Estados hermanos interesados en un santo y mismo fin”.

San Martín pertenecía al “partido americano”, y nada quería saber con aquellos que, desechando el ideal continental, pujaban por establecer aquí, en Chile o en Perú formas determinadas de gobierno para nacionalidades localizadas. El “primer punto invariable” de su conducta política consistió en el sistemático rechazo a mezclarse en los conflictos internos de la Argentina.

No fué insensibilidad por los problemas del país natal, como tampoco una “neutralidad” en el orden político: se trató de sostener un fin distinto del que perseguían las facciones rivales del Río de la Plata, Chile y Perú. Consideraba que todos y cada uno de los Estados sudamericanos eran miembros necesarios de una entidad política firme e indivisible, sea por centralización unitaria, sea por confederación, según conviniera a las posibilidades y urgencias del momento.

Por ese entonces, su hija Mercedes lo convenció de posar para un daguerrotipo, toda una novedad para la época. Esa es por lo tanto la única “fotografía” que existe de él, sentado y con cabello encanecido.

En 1849 recuperó parte de la visión con una cirugía que le practicaron en París. Ya no era satisfactorio el alivio que le daban los baños termales a los que acudía y desde donde había regresado el 6 de julio. Ya entonces debió ser ayudado al bajar del carruaje.

“A la hora del sol su hija solía llevarle a pasear en coche, hasta orillas del mar. Conversaba con el propietario de su casa; recibía a veces la visita de algunos íntimos, entre los cuales don Francisco Javier Rosales, encargado de negocios de Chile, a quien tocó el honor de asistir a su agonía. Y en su hogar, los suyos: Mercedes, lazarillo de su ruina física, el excelente Mariano Balcarce, yerno ejemplar, y las dos pequeñas nietas. …Semanas antes de su último viaje lo trasladaron a Enghien para una breve temporada de baños. Y durante su estada, alguien escuchó de sus labios una frase en que parece vibrar la potencia anímica que condujo su brazo, el secreto motor de su espíritu, y -¿por qué no decirlo?- la luz que guiara su estrella por los caminos del destino. Dijo, hablando de los estados americanos: “Abrigo una fe profunda en el porvenir de aquellos países”.

El final comenzó a intuírlo cuando perdió la visión casi totalmente por las cataratas y el famoso oculista Sichel le prohibió la lectura y la pintura. Luego la postración y el aneurisma que convirtió sus últimos movimientos “en prolongadas percusiones de agonía”.

Allí tomó conciencia cabal del fin…Un día, se levantó más sereno, más contento. Hizo que su hija le leyera los diarios y mandó poner un poco de rapé en su tabaquera, para ofrecerlo al doctor Jackson, su médico. Tomó luego algún alimento de la habitación de Mercedes. Poco después, sintió dolores de estómago. Se sentó en su sillón preferido a la espera del médico. El doctor lo revisó, decidió quedarse ante la gravedad del cuadro y le sugirió a Mercedes que llamara a una hermana de la caridad para asistir al general. El Libertador le dijo a su hija, “esta es la tormenta que lleva al puerto”, pidió al yerno que lo llevara a la cama. “Pusiéronle en la cama de su hija, a la que hicieron salir por indicación suya, para ahorrarle el dolor de su agonía. No habló más,”. La muerte no lo esperó más y se lo llevó a las tres de la tarde del el 17 de agosto de 1850.

Había escrito en su testamento prohibiendo que se le hiciera “ningún género de funerales, y desde el lugar en que falleciere, se conducirá directamente al cementerio, sin ningún acompañamiento; pero sí desearía que mi corazón fuera depositado en Buenos Aires”.

Félix Frías, testigo privilegiado, nos dejó en su necrológica –publicada en varios periódicos- los pormenores de la histórica ceremonia: “El 20 a las 6 de la mañana, el carro fúnebre recibió el féretro, y fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo. Cuatro faroles cubiertos de crespón negro adornaban encendidos los ángulos superiores del carro. Seis hombres vestidos con capotes del mismo color marchaban de ambos lados. Detrás iban el señor Balcarce, llevando a su derecha al señor Darthez, antiguo amigo de general, y a la izquierda al señor Rosales, Encargado de Negocios de Chile. Marchaban enseguida don José Guerrico, un joven de Buenos Aires, el hijo de su hermano don Manuel, el doctor Gerard y el señor Saguier, vecinos ambos de Boulogne. El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las calidades morales y de los títulos gloriosos de aquel hombre eminente. El carro fúnebre se detuvo en la iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones religiosas en favor del alma del difunto. En aquel momento noté en una de las naves del templo la tumba dedicada a la memoria del almirante Bruix, padre de dos bizarros oficiales – Alejo y Eustaquio Bruix-, que murieron en América, sirviendo la causa de su independencia a las órdenes del mismo jefe que hoy venía a confundir sus restos con los del célebre almirante….”

Luego de la breve ceremonia en la iglesia de San Nicolás, el convoy fúnebre continuó hasta la Catedral de Notre Dame de Boulogne-sur-Mer, en donde el ataúd con los restos del Libertador fue depositado en la cripta de la Catedral, como estaba previsto, sin más ceremonias.

Mariano Balcarce, yerno de San Martin y miembro de la Legación Argentina en Francia, comunicó al Gobierno de Buenos Aires -que detentaba las relaciones exteriores de la Confederación- la infausta noticia del fallecimiento del primero de sus servidores.

A la vez escribía a Rosas, el 30 de agosto de 1850: ”como albacea suyo, y en cumplimiento a su última voluntad, me toca el penoso deber de comunicar a V.E. esta dolorosa noticia, y la honra de poner en conocimiento de V.E. la siguiente cláusula de su testamento: “3º. El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla”.

El yerno del Libertador, en carta del 7 de septiembre de 1850, dirigida a su amigo Manuel Guerrico, dedicó un párrafo a la Catedral de Boulogne como destino de los restos de su suegro: “Hasta el digno y respetable abate Haffreingue, nos ha manifestado el mayor interés y permitido que sean depositados en las bóvedas de dicha Catedral, los restos mortales de Padre, hasta que sea posible trasladarlos según sus deseos a Buenos Aires”.

Adolphe Gérard, último amigo de San Martín, no dejó detalle librado al azar; el mismo día del funeral envió a la Oficina de Beneficencia una donación de 400 francos para los pobres de la ciudad de parte de la familia del Gran Capitán y escribió la necrológica que fue publicada en el número 121 del periódico “L´Imparcial” de Boulogne Sur Mer, del 22 de agosto de 1850 y entre otras cosas decía: “El señor de San Martín era un bello anciano, de una alta estatura que ni la edad, ni las fatigas, ni los dolores físicos habían podido curvar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos; su mirada penetrante y viva; sus modales llenos de afabilidad; su instrucción, una de las más extendidas; sabía y hablaba con igual facilidad el francés, el inglés y el italiano, y había leído todo lo que se puede leer”.

El 27 de agosto de 1850, el “Journal des Débats” de París publicaba que había fallecido el eminente guerrero, agregando que “dominado siempre del noble deseo de sacrificarlo todo a la causa de la independencia, y para que su nombre no fuera una tea de discordia en la organización de los nuevos estados Sudamericanos, se alejó del teatro de sus hazañas y vino a Francia en 1824, donde ha permanecido alejado de las estériles convulsiones que los han dilacerado”.

Un decreto del 7 de noviembre de 1850, dado con motivo de su fallecimiento por el presidente del Perú -Ramón Castilla- dispuso que: “En el centro de la plazuela 7 de setiembre, se erigirá una columna de 20 pies de altura, sobre la cual se colocará la estatua del general San Martín”.

El General Urquiza, días después de su Pronunciamiento, contra Rosas, decidió homenajear al Padre de la Patria decretando el 16 de julio de 1851 los honores correspondientes en Entre Ríos y construyendo una columna alegórica en la Plaza de Paraná.

Mientras tanto, el país en que nació y al que ayudó a liberar, pagó sus servicios llamándolo cobarde, disolvió a los Granaderos para que desapareciera su memoria, no abonó nunca sus sueldos de general y sólo reconoció una pensión de cincuenta pesos para su hija.

El, que debió afrontar la pobreza con la ayuda de un español, un chileno, el gobierno peruano y el reconocimiento de ingleses, escoceses, irlandeses, belgas, franceses y uruguayos, amó esta tierra y le perdonó todas las afrentas, tanto que dispuso que – al morir – su corazón descansara en Buenos Aires.

Al venderse sus dos pobres propiedades en Mendoza, sus descendientes donaron el dinero para la fundación de un hospital para inválidos, en Buenos Aires como homenaje a su memoria

Adhesión De la Asociación Cultural Sanmartiniana de Bolívar, en el 171ª aniversario del paso a la inmortalidad del General José de San Martín.

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