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domingo, 23 de junio de 2024
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Los trazos de un corazón: Mariela Holgado se dibuja dibujando

Una charla con una artista y docente en tránsito continuo.

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¿Qué sos antes, dibujante o pintora?

Mariela Holgado: -Docente (sonríe).

Pero dibujabas y pintabas antes de ser docente, ¿o no?

-Sí. Sí sí.

¿Empezaste pintando? Me imagino que todo pintor es antes un dibujante, pero no todo dibujante es pintor. ¿Cómo fue tu caso?

-Yo empecé dibujando, en la infancia. No tenía acceso a comprar pinturas, pero sí a un lápiz y lapicera. Dibujaba sobre papel, o cartón, o rincón de lo que fuere.

¿Y qué dibujabas?

-Trataba de mirar lo que hacía mi viejo. Papá dibujaba todo con precisión: cosechadoras, tractores, las cosas del campo, y él a veces me hacía los dibujos en el cuaderno. Yo trataba de copiar eso. Tendría 6, 7, 8 años.

¿Y cómo fue evolucionando ese interés?

-No teníamos tele, entonces consumía libros. Atlas, geografías del mundo. Todo lo que fuera paisaje, naturaleza. Una vez recibimos una herencia de una tía de España: unas revistas, con el Golfo de Guipúzcoa, amaneceres había. Fueron las primeras cosas que traté de dibujar.

“Tener un montón de colores en la mano era sagrado”

¿Pintabas, o sólo dibujabas?

-Pintaba sobre madera, sobre objetos. Era muy chiquita. Usaba lápices de colores, y alguna que otra vez, témperas. Tener un montón de colores en la mano para mí era sagrado.

¿Alguien te enseñaba o guiaba?

-No, nunca hice cursos. Fui directamente al instituto de Arte de Tandil para formarme.

Antes, durante tu adolescencia, ¿qué pasó con esa pasión por dibujar? Se dice que de niños todos podemos dibujar, y que quien de adulto no lo hace es porque abandonó, pero podría seguir haciéndolo. Ese abandono comúnmente ocurre en la adolescencia. No fue tu caso.

-Ese abandono a veces sucede porque no nos lo permitimos, seguir dibujando, en este caso. Yo seguí. Lo que abandoné fue la copia.

No más mirar libros y paisajes.  

-Creo que cuando tratamos de hacer lo que hace otro, nos frustramos, porque no nos saldrá igual. Yo en algún momento decidí no copiar más. Miraba artistas, me interesaba, pero hacía mis dibujos, como yo podía.

¿Y qué dibujabas?

-Ahí empecé con el blanco-negro, los claroscuros, con lapicera. Muchos rostros, caras: mi familia, mis profes. Teníamos de profesor a Ismael Zantleifer, alguien a quien adoraba y adoré toda mi vida. Pero lo dibujé en la mesa, con lápiz. Por un lado me retaron, porque no estaba bien. No era una caricatura, sino un retrato, que es distinto. Por una parte me retó, porque no estaba bien dibujar ahí, pero por otra le gustó.

Y eso seguramente te animó. No estaba mal lo que hacías.

-Digamos que yo veía que tan mal no lo hacía. Porque cuando miraba los dibujos veía a las personas que quería retratar.

“Me gusta ver los ojos de la gente, en la mirada está todo”

Un cambio grande, pasar de la naturaleza, el paisaje, al retrato.

-Yo quería captar a la persona, no su estética… En el caso de Ismael (Zantleifer), fue su paso tranquilo, su andar, su forma, la posición de su cuerpo. Empecé desde lo más grande hacia la mirada. Me gusta mucho ver los ojos de la gente, dibujar ojos es lo que más me apasiona. La mirada es el espejo del ser. Ahí está todo. Y desde la mirada, empezar a meterme, digamos. Así comencé a componer. Porque una cosa es dibujar lo que veo, y otra componer el dibujo en base a lo que imagino, según lo que creo que esa persona está mirando, o le está sucediendo.

¿Nunca hiciste caricatura?

-No. No me siento cómoda. Hago dibujos con rasgos exagerados, pero no de personas conocidas, reales. He llegado a una composición de dibujo de alguien con los ojos exagerados, o la boca, los perfiles, pero no es nadie, es una creación mía.

Destino, ¿dónde estarás?

‘Destino, ¿dónde estarás? /que estés sonriendo’, dice le letra de una hermosa canción que Las Pelotas compuso pensando en su primer cantante, Alejandro Sokol. Más adelante, ese texto seguramente elaborado por Germán Daffunchio, cumpa y socio artístico del ‘Bocha’ desde los caóticamente encantadores tiempos de Sumo, aconseja que ‘De nada sirve bajar el telón /salirte de tu camino’. (Sokol se salió del camino demasiado temprano, si se lo piensa desde la perspectiva de todo lo que aún tenía para dar, humana y artísticamente; pero salirse quizá era ‘su’ camino; nunca lo sabremos.)

Así fue que Mariela dibujó hasta verse dibujando. Eso quería para su vida. Sin embargo se fue a estudiar Veterinaria: la retórica, muchas veces bienintencionada, que alerta que no se puede vivir del amor, es decir del arte, calaba aún más hondo que hoy a fines de la década del ´90, cuando las evanescentes burbujas del champagne menemista se habían transformado en densas lágrimas de todo un pueblo que clamaba por laburo y comida, ¿te empieza a sonar? Se fue a Tandil, pero la epopeya le duró tres años, una eternidad o un soplo, según se vea. Hasta que apareció Estela, una suerte de milagro en medio de días grises. La madre de su compañera de estudio una tarde vio sus dibujos y le descerrajó la gran verdad que reencauzaría su vida: “¿¿Qué hacés estudiando Veterinaria?? ¡Vos tenés que dibujar!”. Entonces se buscó algo vinculado, con un ojo puesto en su vocación y el otro en la disciplinadora ‘salida laboral’, siempre emparentada con el utilitarismo y lo moral. Su nuevo puerto, y el definitivo, fue el Profesorado de Artes Visuales, que cursó en un instituto de la serrana ciudad bonaerense. Claro que antes de cambiarse, se consiguió un laburo y le dio a su vieja la noticia envuelta en un paquetito bien cerradito, que no podía rechazarle.

Mientras estudiabas Veterinaria seguías dibujando.

-Sí, claro. Y mi momento de estallido cuando me iba mal con las materias, o frente a cualquier problema que tenía, era dibujar y dibujar. Entonces tenía dibujos desparramados por toda la casa. Pero cuando elegí esa carrera no imaginaba ser docente, te confieso. Lo descubrí después. Me metí ahí porque era lo más parecido a lo que amaba. Y en ese momento no estaba la carrera de Ilustradora. Ese hubiese sido el nido más hermoso para mí, porque te formaban como artista, más que como docente.

Sin embargo, el camino no fue de rosas ni de colores luminosos: “Continuaban diciéndome que iba a morirme de hambre. Hice la carrera contra viento y marea. La sociedad te lo decía…”.

Después pasaron los años, y Mariela terminó “abrazando la docencia. Le tomé el gusto cuando estuve adentro del aula. Convivir con los nenes y las nenas me representó un fuerte cambio de mirada respecto de lo que es ser maestro”, el oficio de sus hermanas, revela. “Yo quería ser dibujante, pero adentro del salón descubrí que también tenía vocación docente. Hace ya veintiún años…”.

Hoy das clases en escuelas, mayormente primarias. Pero de dibujar nunca paraste.

-Sí. Sólo dejé un tiempo, cuando fui mamá. Tengo tres: uno de 17, uno de 15 y una de 11.

Pero volviste.

-Sí, volví a dibujar, de la mano de la necesidad de empezar a encontrarme, a recuperar la que había sido porque durante un tiempo dejé de ser yo.

Y si no dibujás no sos vos. Finalmente, dibujás para encontrarte.

-Sí, pienso que es así.

Tiene algo de terapéutico.

-En un punto pienso que sí. No sé si exactamente es una terapia, pero sí un refugio. Tiene mucho de refugio.

Ahí te sentís fuerte, incluso la persona más fuerte de mundo porque sos invulnerable. Ahí no se puede meter nadie.

-Es el lugar de encuentro conmigo misma. Soy yo.

“No dibujo para mañana”

Y sos siempre joven mientras dibujás, lo mismo que alguien que toca la guitarra o realiza una labor artística. Durante el hacer, esa persona no tiene edad, es joven, o niño.

-Es cuando no me veo para adelante.

Dicen que lo único que existe es el presente, y vos lo percibís cuando dibujás.

-Totalmente. Cuando me pongo a dibujar no dibujo para mañana. Puede ser que me busque hacia atrás, para encontrarme y rearmarme, pero no me miro hacia adelante.

Quién, el quiebre

Y se podría contar tu vida a través de tus dibujos, tal vez.

-Quizá, quizá. Creo que mi quiebre es a partir de una pintura que se va mudando conmigo adondequiera que voy. Un cuadro que se llama Quién. Es el quiebre porque ahí encontré la forma en la que me siento más cómoda para dibujar. Y ese dibujo representa lo que buscaba en ese momento: encontrarme. Lo hice cuando empecé a estudiar. Marcó un antes y un después.

¿Qué hay en Quién?

-Es un rostro desde distintos puntos de vista. Soy yo buscándome. Tiene ese movimiento estroboscópico del buscar.

“Cuando exponés no mostrás cuadros, te mostrás vos”

Mariela no vende sus cuadros, para ella dibujar “no es un trabajo o un emprendimiento, no lo encaro así. Los hago para mí”. Trabajó a pedido solo dos veces, la última como ilustradora de Olga, la guardiana mapuche, el libro sobre Olga Garay del colectivo Mujer Originaria, un laburo que realizó con enorme gusto. Fue algo nuevo para ella: lo hizo a pedido y con modelo, una mujer que caminó nuestras calles hasta hace unos pocos años. “Me sentí halagada porque me hayan invitado, y sobre todo, con una responsabilidad mayúscula”, remarca. De nuevo, la mirada fue la esencia de su composición, porque allí está todo. En particular, en los tres retratos que conducen gráficamente el relato: la Olga joven, la adulta y la anciana.

Tampoco realiza exposiciones, salvo eventualmente. “Porque cuando exponés, te estás mostrando. No mostrás los cuadros, estás mostrando quién sos vos”, diferencia.

Ahí siempre se está desnudo.

-Y sí, es así. Yo dibujo y lo que hago queda guardado.

Chino Castro

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