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martes, 20 de julio de 2021
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La última bala

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Hermoseemos.

Aunque feosomos.

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Hermosear, para salvarnos. Incluso desde el egoísmo y el desprecio al otro. Hasta desde el odio. Nos queda una sola bala.

No engendramos la maravilla sino la pesadilla, no lo hicimos con amor.

Aunque feosomos, seamoshermosos.

Podemos ser héroes, por una vez.

Hermoseemos nuestro mundito para salir al mundo. Con un humilde pincel de silencio, sin preguntar dónde está la ventanilla. Desde este agrio merengue en el que estamos revolcaos, que es el mismo para todos. Una mano lava la otra, y las dos lavan la Tierra, junto a todas las demás. Esta vez, dos manos solas no alcanzan a limpiar ni la mugre propia.

Hermoseemos, que podemos.

Seamos hermosos, por una vez.

De tanto mirar la vidriera irrespetuosa de los cambalaches a ver qué podíamos comprar, se nos voló la poesía.

La Madre Tierra, de la que apenas somos unos okupas con ego, vuelve a ofrecernos la chance de aprender. Para ello debemos desprendernos de todas las valijas de lo superfluo y concentrarnos en lo básico. Mudarnos a lo básico de un abrazo en casa y un café para levantarle la persiana a un día más. El edén a los pies de nuestra cama, mañana a mañana. Ojalá seamos inteligentes, ya probamos ser tontos con pretensiones y así nos va. Vanidad mata planeta, no hay tiempo de más. Ya probamos ser solos, ahora debemos ser muchos, para sencillamente ser. Aunque estos días no podamos abrazarnos, fundarnos botecitos en los ojos para remar juntos. Estamos frente a la nada, con el grito aturdido de intemperie. Entonces construir se hace preciso, con ladrillos sudorosos de esperanza. No se requiere inversión dineraria, sino en amor, empatía y paciencia. Es como tejer.

Con mucho dolor que muy pronto puede ser el de nuestro propio cuerpo, el de nuestra propia voz con la que aún gritar quiénes somos, con demasiado repentino adiós, lagrimones de ausencia y ese miedo que sólo provoca ‘ver’ que un día moriremos, ha llegado la hora de aceptar que así no podíamos seguir. Se han derrumbado dos mil Gemelas. El maravilloso globo de la globalización mundial, que curaba, alimentaba y educaba, tenía terrible pinchadura, ¡la grieta! Qué pedorro era, cualquier pelota de goma aguanta más. Era un pochoclo sin niños ni cine. Ese globo revienta en la cara de los rascacielos. (O capaz simplemente explota la humanidad y nace una nueva forma de vida. ¿Cuánto importamos, en realidad? ¿Cuántas y cuáles verdades deberíamos salvar, y para quién? ¿Quién quiere ser bronce con tanto barro alrededor? ¿Qué carajo es el progreso, en qué progresamos, o ese es el gran relato de la humanidad? ¿Cuánto más acumular, si un virus que no ves ni podés comprar te deja en bolas, igualándote con el último gorrita de la villa? ¿Cuántas más cabezas aplastar, ahora que la tuya pende de un hilito?) El paredón está muy cerca y perderemos todos, incluso los que vienen ganando por goleada y que son, aunque buscar culpables no sea el imperativo de esta agónica hora, los capataces de toda esta demolición que tratarán de socializar, como han hecho con todos sus desastres (pueden ser comunistas, por una vez, ¡ja!) Cuando el futuro se larga a llorar sobre el pecho del pasado, nadie como los malos pa’ capitalizar la ocasión de aparecer como buenos.

Se acabaron los chistes, ahora hablemos, aún sin perder el humor, en serio. En un mundo ya tan sofisticado tener que volver a lo básico para salvarnos… Es un negrito en Flechas picándosela a un arquero todo lookeado, tatuado, musculoso y con dispositivo de seguimiento electrónico, y un montón de vagos alrededor, de lúmpenes sin proyecto ni trabajo que perder, cagándose de risa. Esos lúmpenes sin proyecto que han quedado como los líderes del futuro, la vanguardia social, hoy que todos debemos descender de la loma de los proyectos personales en pos de uno no importa si superador, ya que es el único que nos queda: salvarnos como especie. En estos días angustiantes la calesita pasó por la vereda de los perdedores, y ellos, sin dientes, se nos cagan de risa.

El orden global ya no es un perro mordiéndose la cola, sino una pústula estallando. Entonces el proyecto es salvarse, mejor que con el otro, en el otro, o morir todes bajo la sutil dentellada invisible del innombrable, que va comiéndote de a poco, saboreando cada bocado de vos, para que te des cuenta de cuán poquita cosa sos, cascarita en una ciénaga de olvido. Salvarte y salvar. Salvando salvarte. Salvarnos salvándonos, juntos a la par. Codo a codo. Cuando veo a especímenes de los rubros habilitados para trabajar haciendo su agosto de patitas cortas y tratando de comerle el hígado al colega, compruebo que el mentado salvataje será remar en jalea, pero hay que seguir, incluso con ellos, piojos que aunque minúsculos fosforecen por su estulticia, ya que por mucho que lo intenten no lograrán resucitar. Con tal de sentarse sobre lo de ellos son capaces de clavarse una aguja, a un picnic llevarían el agua. (Oscilo de la decepción a la confianza, no sé qué te pasa a vos, amigo/a.)

El innombrable con nombre de cerveza picada lloviznando sobre el planeta es un trompadón al consumismo, a la frivolidad, al narcisismo, al egocentrismo más que al egoísmo, pero también a la libertad. Y si se llegan a apagar las redes sociales y no podemos postear selfies, agarráte, más muertes por suicidio que de ‘cerveza picada’. Este estofado es nuevo, y quedan muy lejos todas las cucharas donde treparse. No porque nos pase a nosotros, sino porque ocurre en tiempos de globalización e hiperconectivIdad (hartoconectividad, quizá no se necesite tanto; que no comunicación). Estamos todos en casa, la producción yace detenida, las finanzas, que siempre fueron invisibles, ahora se quieren hacer ver, buscan dónde refugiarse, fungen de buenas. Todes en casa salvo los sin techo, que no pueden elegir qué libro leer o qué peli mirar, si de la nouvelle vague o del cine argentino reciente, que sólo pueden escuchar las sirenas de la calle. Hablamos poco de ellos y su tragedia, no tienen facebook ni whatsApp, cero chance de romantizar la cuarentena. ¿Pensaste qué pasaría si el gobierno saliera a pedir que alojemos a alguien sin hogar? ¿Rehuiríamos por terror a contagiarnos, al menos de choriplanitis? ¿Y si la gestión Pisano convocara a hospedar a médicos venezolanos/cubanos que vienen a dar una mano? ¿Qué preferís, un médico venezolano/cubano o un perro con sarna?

Más que uno para todos, todos para uno, es Todos para Todos. No hay ‘pan y queso’ que valga, jugamos todos (lástima que por separado, acaso todo un símbolo de lo que vendrá). En un tiempo de pobres corazones salgamos a ofrecer el nuestro, pero sin ponerle precio, que dar es dar, aunque cueste no fijarse en ellos y su manera de votar. No es poner la otra mejilla, es ser inteligentes. Dar, vaya paradoja, que significa encerrarse, abroquelarse, cortarse solo a vivir con lo de uno para cuidar al otro. Incluso atrincherarse. Dar, ahora y aquí, es abrazarse a la tabla del pan propio y así compartir el gran pan de amasar un nuevo cielo desde el ojo de esta tempestad.

Mientras el planeta descansa, se limpia, se purga y seguro también se ríe, todes reflexionando a la fuerza, con todo el tiempo del mundo a favor (o en contra). Menos griterío, opinó[email protected] a previas, fabricantes de ‘verdades’ sin mercado donde colocar. A revisarnos de cabo a rabo, a hacernos una selfie del alma y que sea lo que sea. Algo bueno tiene que surgir, si sabemos esperar -sin desesperar- cooperando.

A hermosear, aunque feosomos. Es la tarea. ¡Hermoseemos, que podemos! Seamos el gran héroe colectivo, por una vez. Para salvarnos, que nos queda una sola bala.

O suicidémonos y chau.

Chino Castro

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