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sábado, 13 de julio de 2024
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La poesía es nosotros

Maringer, Alabart y Peris nos envolvieron en su trama.

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La escena que Alabart y Maringer interpretaron de la capital Stéfano, de Armando Discépolo, puso al auditorio a levitar de emoción y fue el punto cúlmine de una noche rica en músicas y palabras, con la que los mencionados más Diego Peris celebraron el Día del Escritor. La efeméride es el 13 de junio, en homenaje a Leopoldo Lugones, “el mejor de todos” según Borges, a quien le gustaba provocar pero no mentir.

Vendrá la poesía y tendrá nuestra voz aconteció el sábado en el auditorio de la Biblioteca Rivadavia, un ámbito de atmósfera sensible si es esto posible, o será por la impronta de la gente que concurre en mancomunión con nuestros artistas, magia que volvió a florecer.

Después de esa escena de una pareja quebrada, sólo sostenida por las trizas de los vidrios rotos de lo que pudo ser y ya no será, los protagonistas del espectáculo cerraron con una suerte de candombe que Peris cocinó a partir del texto La casada infiel, de García Lorca, y que la compañía teatral La Barraca había estrenado en ocasión de su puesta de La Casa de Bernarda Alba, hace unos años. Aquí sumaron a la escena al elenco de aquella serie de presentaciones, vale decir Anneris Escalada, Mailén Escalada, Gabriel Silva, Carla Gentile, Andrea Gallo y Mélina Cardoso. Un contraste buscado entre la tensión teatral y la efervescencia casi catártica de la música, y un sello adecuado para una función pletórica en matices y colores puros.

Este encuentro tripartito constituyó la primera vez para el ‘Mono’, Ana y Diego solos en escena, y la solidez que transmitieron, junto a -o sostenida por- una aguda comunicación interna, convocan a pensar que habrá más, y a querer que suceda. Por de pronto, para julio el flamante trío tiene fecha en la dinámica Casanegra, con este mismo armado.

El otro pináculo emotivo también tuvo plafón en lo teatral. Ocurrió con la interpretación de un fragmento de El humillado, uno de los capítulos de Los siete locos, de Roberto Arlt. También en este segmento Alabart y Maringer picaron alto con su potencia interpretativa, en la ocasión con Peris en violín, ‘Chiqui’ Chávez en flauta y Leandro Galaz como relator, estos dos invitados especiales del trío.

Entre los/las escritoras/es cuyos textos fueron seleccionados para la ocasión, podemos mencionar a Safo (Poema de amor); Césare Pavese (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos); Silvia Plath (Una vida); Brecht (Hay muchas maneras de matar); Jacques Prevert (Antes del mediodía), y Martín Raninqueo a través de Haikus de guerra, un escrito que Peris musicalizó para convertir en una canción. No podían faltar y no faltaron Borges ni Rulfo, dos predilectos de José María Alabart, a la altura de uno al que esta vez no le hicieron lugar en la mesa de manjares: Juan Gelman. A la que sí convidaron fue a la talentosa y multifacética Lorena Marisol Mega, la representante bolivarense de la grilla, mediante su prosa poética Sin título. Como se ve, baluartes de acá y acullá.

En cuanto a las músicas que integraron la trama, citaré a Alfonso Meana, con Macorina; Violeta Parra, con La carta, y Cintia Trigo, con La 6,25, cantada con amor por Ana Laura Maringer, amiga de la autora, a quien ha visto crecer artística y humanamente y desplegar sus alas, desde sus tempranos seis años.

Cada cual se lució en lo suyo: el ‘Mono’ diciendo con teatralidad y poder; Anita también pero además cantando bonito, y el siempre sonrisal Diego Abel musicalizando y arreglando todo para que el maridaje resultara homogéneo, ni tan dulce ni tan salado, soso nunca, pero tampoco tan picante como para tener que pedir agua, imaginate una diáspora de coquetas señoras de pulcros peinados hacia la planta baja del egregio edificio recientemente modernizado, pechándose a garganta abierta cual en pleno Sahara. (Un sábado distinto, ja.) Esa cooperación incluyó la loopera, fiel aparato con el que, al modo de Pedro Aznar, el multiinstrumentista se graba mientras toca y va incorporando esos fragmentos, para dar cuerpo a algunas piezas, casi como si hubiera una banda. Tomá mate. Todo este despliegue individual y colectivo, con base en una cuidada selección que cada quien podría modificar a su gusto, sin dejar de reconocer la calidad del material escogido. Por lo demás, quienes estuvieron allí -una buena cantidad aunque no sala ‘sold out’- seguramente podrían dar fe de la pericia con la que el trío lo trabajó, modeló y sirvió.

Fue una función de una hora y cincuenta minutos, redondeando, lo que incluye una introducción quizá demasiado extensa de Alabart, en la que brindó datos biográficos acerca de Leopoldo Lugones.

El espectáculo estuvo dedicado a dos valiosas mujeres de la vida institucional de la Rivadavia que partieron de gira hace muy poco: Rosita Chorén y María Elena Izaguirre. Con particular emoción y a un tris de estallar en llanto, Alabart confesó que extrañará a María Elena, y aquellas entrañables tardecitas de vino tinto, salame, queso y sabrosa charla que compartieron.

Hubo además un agradecimiento especial: a Andrea ‘Tota’ Volpe, de la biblioteca anfitriona, una gran activista cultural que “siempre, en el lugar en el que esté, no cesa de tirar ideas, gestar y convocar”, en palabras del actor.   

Al finalizar la función, en la antesala del auditorio se obsequiaron libros, al modo de una suelta.

Chino Castro

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