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miércoles, 25 de mayo de 2022
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La memoria como flecha

Reflexiones a propósito de un 24 de marzo de dientes apretados.

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El presidente afirmó el jueves que los 24 de marzo nos unimos todos los argentinos en el repudio a la última dictadura y sus atrocidades. Se equivoca, vuelve a ofrecerles figuritas a chicos que juegan a la guerra. Un rato después, un grupo vandalizó la estación Rodolfo Walsh del subte porteño. Se autoproclaman Jóvenes Libertarios y serían cercanos políticamente a Patricia Bullrich. Se trataría del grupo que hace meses arrojó muñecos en Plaza de Mayo simulando cadáveres, para poner el grito en el infierno por las restricciones durante la pandemia.

Son tan argentinos y argentinas como los que aborrecemos a los milicos y a sus titiriteros. Aunque algunes decidan no darles prensa, no están aislados, e incluso hoy ya tienen representación parlamentaria. Seguramente circula entre nosotres gente que se identificaría con ellos. A otros tantos les ha de parecer un exceso su accionar, romper lugares públicos, ay, qué horror, pero ponele la firma que consideran que ‘por algo será’, que ‘tal vez sea porque los derechos humanos han sido torcidos hacia un solo lado’, y eslóganes por el estilo. Acaso no lo digan, pero lo sientan. Quizá no matarían un mosquito, pero tampoco levantarían un dedo si al lado suyo la policía o los verdeoliva estuvieran moliendo a palos a un pibe. Con la sangre aún fresca en la vereda se pondrían a medirles la visera de la gorrita y la memoria de su nuevo celular, con la misma fruición con que pispean la profundidad del escote cuando hay una violación. Por algo será, viste, la gente anda muy loca…

Que no fueron 30 mil sigue siendo toda una muletilla, que ha vuelto a repercutir con fuerza quebrando capas de conciencia que al sentido común le llevó añares levantar, y que se quedaron cortos, otra, que suele envolverse en los dudosos celofanes del humor para inmiscuir su veneno en alguna mesa de café o cola de banco. El que no lo escuchó es porque justo estaba hablando, sin ganas de dudar. Bajo las amplias túnicas de la libertad, que no tiene contornos, cualquiera hace apología de delitos y hasta queda cool. La época invita, son los noventa recargados, con Fondo en la cocina de casa y todo. La cancelación es lo menos, cualquier cacatúa puede pintar Viva el cáncer o reivindicar monstruosidades por tv y guay con callarlo que se enoja la libertad, esa omnipresente paloma que, dicen, todo tolera sin necesidad de tafiroles.

La memoria debe ser una flecha filosa de futuro, o será lápida que tapiará de olvido a ya sabemos quiénes. Los derechos humanos deben ser para todos y todas, vaya perogrullada, pero esencialmente para los/las más débiles, o serán invicta y broncínea metáfora. En nuestra sociedad, al frente de ese colectivo de frágiles marchan las mujeres. Marcharon siempre, pero ahora las vemos, nos hablan e interpelan, hoy que hasta el más feminista de los hombres (y una mayoría de ellas) debería, con honestidad, someterse a una minuciosa, concienzuda y humilde deconstrucción. A estas bajuras, ya es una honestidad más importante que la económica. Callarnos, escuchar y tratar de aprender algo bueno que legarles a nuestros hijos.

Las víctimas de abusos prohijados por la sociedad patriarcal que se va a caer pero todavía no, deberían ocupar el primer renglón en la lista de preocupaciones de todo ciudadane embanderado con la defensa de los derechos humanos, la única bandera que rima con vivir. Y qué mejor que pensarlo en el contexto de un nuevo Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el 24 de marzo en que volvimos a abrazarnos pero con los dientes otra vez muy apretados. No se trata de que la justicia vire de machista a feminista, pero sí de inocularla, ahora que vacunar es moda, con suficientes dosis de feminismo que la tornen sensible, valiente y justa, todo eso que hoy no es, para que las víctimas de abusos no terminen tratadas judicialmente como victimarias, ridiculizadas por gritones con pantalla, estigmatizadas por cualquier patotero barato con patéticas justificaciones (peor aún si son pobres) mientras los violadores y asesinos ríen y reinciden, y, finalmente, obligadas a ese poco saludable y siempre vidrioso recurso popular que es el escrache. Lo otro es mirar la guerra y poner palomitas blancas en el Face.

Cada cual sabrá cuál es el grano de arena que puede aportar al terraplén de una Justicia humana que sería divina, que levante barricada contra tanto atropello institucionalizado. Acá no hay nadie con las manos vacías, pero debe suceder ya porque es el vientre de la sociedad el que está crujiendo de dolor, ese vientre que incuba la Vida pero no es inagotable.

O asumimos el desafío y nos animamos a ser, a romper la inercia propia y saltarnos, en palabras del poeta Luis, o cada 24 de marzo nos quedaremos en la cómoda, el ya fácil repudio a videla y sus socios políticos, civiles, eclesiásticos y últimamente periodísticos. Repudio ya fácil aunque bien que no unánime, mal que le pese a ese Roberto Carlos de la política, como lo califica Daniel Tognetti, que es el presidente Fernández. Si nuestro muro sigue siendo más alto que nuestra voluntad, nos estancaremos en la memoria-lápida, cuando lo que necesitamos es una memoria-flecha. A veces hay que ensuciarse un poco, porque los viejos fusiles cerraron su boca pero su legado económico y judicial pervive.

Ojalá las nuevas generaciones nos desborden y no se aburran con un relato que requiere una permanente actualización, para que no lo vean lejano y abandonen la antorcha por ahí.

Chino Castro.

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